2. Número 27
Capítulo dos
M i madre negocia como se negocia en las películas de mafiosos: trayendo el papel escrito de casa.
Llegó a las ocho y media con dos bollos suizos y un folio doblado en tres, y el folio tenía membrete.
No sé de dónde ha sacado mi madre un membrete.
Pone «A. Cifuentes» con una florecita debajo, y a continuación, en su letra de las cosas importantes, que es más pequeña que la de las listas de la compra, ponía CONDICIONES.
—Léelo tú, que yo ya lo sé.
—Mamá.
—Léelo.
Diez citas, elegidas por ella. Una encuesta después de cada una, obligatoria. Derecho de repesca sobre dos candidatos. Y al final, en la línea del borde porque no había calculado bien el espacio: «Si en diez no sale nada, la madre se retira».
—Ocho citas —dije.
—Doce.
—Diez, y sin primos.
—Diez, y los primos cuentan si son de segundo grado.
—Los primos no cuentan nunca.
—Eso decía tu tía Chelo, y mírala: un chalé en Rivas.
Ahí es donde una se cansa, y ella lo sabe, porque la jurisprudencia de mi tía Chelo no se rebate: se sufre. Cogí el bollo suizo, que era exactamente lo que ella estaba esperando que hiciera.
—¿Y esto de la encuesta?
—Es para depurar el sistema.
—¿Qué sistema?
—El mío.
—Mamá, no voy a rellenar un cuestionario.
—Son once preguntas.
—No.
—Diez, entonces.
—Tampoco.
—Once, pero la última la puedes dejar en blanco.
Y eso, que a mí en aquel momento me pareció una victoria, lo apuntó ella en el margen con una satisfacción que debería haberme dado que pensar.
Lo de la repesca lo perdí sin luchar, porque me estaba comiendo el bollo.
—Y nada de separados.
—Los separados son la mitad del país.
—Los separados vienen con obra hecha.
—¿Con obra hecha?
—Con obra hecha, hija. Uno se casa, hace la obra, y luego llega otra y disfruta la cocina.
—A lo mejor la cocina está muy bien.
—La cocina la eligió otra. —Se sirvió café sin ofrecerme—. Y las baldas están puestas a la altura de otra.
Anoté mentalmente que mi madre acababa de comparar el matrimonio con una reforma y no había pestañeado, y que en esa comparación yo era, en el mejor de los casos, una segunda propietaria.
Lo de hasta cuándo tampoco lo di por perdido.
—Y cuando terminen las diez, se acabó de verdad. Hasta los cuarenta.
—Hasta los treinta y ocho.
—Cuarenta.
—Treinta y ocho, y te congelo los óvulos yo misma, que tengo arcón.
Miré a mi madre por encima del bollo. Mi madre me sostuvo la mirada con la serenidad de una mujer que ha hecho una oferta razonable y espera respuesta.
—Cuarenta —dije.
—Cuarenta —concedió, y escribió el cuarenta encima del treinta y ocho sin tachar el treinta y ocho.
Firmé sobre el hule con un boli que escribía a medias, debajo de donde había firmado ella, que firma con rúbrica. Luego dobló el folio, se levantó, fue al mueble del pasillo y lo guardó dentro del misal.
—Anda, vete al mercado, que hoy abres tú a las diez y a las once ya no queda nada. —Me puso en la mano un papel arrancado del bloc del butano—. Y traéte lo de la lista.
Los martes hago la compra a primera hora, con la persiana de la farmacia todavía echada y el barrio despertándose despacio.
Es lo más parecido a estar sola que tengo.
A las nueve menos veinte el mercado es un sitio honrado: los del bar de dentro fregando el suelo, dos carniceros discutiendo de fútbol por encima del pasillo, las señoras que compran de verdad, sin postureo de bolsa de tela, empujando el carro con la lista en la mano.
Yo ahí soy la hija de Lorenzo Ribas, que es una identidad cómoda, porque no exige conversación: exige saludar a doce personas y seguir andando.
Cogí número en la pescadería y no llegué a usarlo.
Sonó el móvil cuando iban por el diecinueve.
La señora Puri, que tiene mi teléfono desde una noche de guardia de hace seis años y lo usa con una moderación admirable, dos veces al mes.
Que si el ibuprofeno con lo suyo. Le dije que lo suyo con ibuprofeno no, que se pasara y lo mirábamos.
Cuando colgué habían cantado el veinte y el veintiuno, y yo tenía el veinte en la mano.
—Pase usted —le dije a la señora de detrás.
Volvió a sonar en el veintidós. El mayorista, para decirme a las nueve menos veinte de la mañana que el pedido salía el jueves y no el miércoles, lo cual, en el vocabulario de un mayorista, es una atención personal.
Cuando colgué, Encarni estaba cantando el veintitrés al aire, con el cuchillo en alto.
—Pase, pase —dije otra vez, y esta vez la señora ni me dio las gracias, porque en el mercado el que cede la vez deja de existir un rato.
Encarni me señaló con el mango del cuchillo.
—Esta siempre deja pasar —le dijo a nadie, o a la pescadería entera, que para ella es lo mismo—. Desde chica. Su padre igual. Los Ribas es que despachan a todo el mundo menos a ellos.
Me guardé el veinte arrugado en el bolsillo, que ya no valía nada, y me puse a mirar el hielo calculando a qué hora tenía que estar de vuelta para abrir.
Entonces oí, a mi izquierda, a un hombre leer en voz alta.
—«Besugo o lubina, y que te miren los ojos».
Tendría treinta y pocos. Treinta y cinco. Chaqueta de entretiempo, dos bolsas de tela vacías colgando del brazo y un papel en la mano que no era una lista de la compra: era un papel viejo, cuadriculado, con las esquinas blandas de haber vivido dentro de un cajón. Y lo leía como se lee un examen.
—Perdone —me dijo, de usted—. ¿Esto lo entiende usted?
—¿El qué?
—Que me miren los ojos. Me miran todos. —Se acercó al mostrador y señaló el hielo con seriedad administrativa—. Llevo diez minutos aquí y no he sostenido ninguna mirada.
Encarni dejó el cuchillo.
—Que los tengan brillantes, hijo. Y saltones. Que no estén hundidos.
—Hundidos —repitió él, y revisó la bandeja como quien revisa un padrón—. ¿Hundidos respecto de qué?
—Hundidos de mustios.
—Ya. ¿Y si el pescado es mustio de carácter?
—El pescado no tiene carácter.
—Eso lo dice usted porque los ve el primer día.
Encarni se rio con la boca cerrada y se fue a atender el veinticuatro.
Él se quedó delante del hielo con las bolsas colgando, y yo, que ya había hecho mi compra mental y no tenía número, dije lo único que se me ocurrió que fuera útil.
—La lubina de arriba está bien.
—¿Los ojos?
—Los ojos y las agallas. Rojas.
—Aquí no pone nada de agallas.
—Pues su papel está incompleto.
Levantó la vista del pescado por primera vez. Tenía una cara tranquila y cansada, de esas que no se molestan en parecer nada.
—Es de mi abuela —dijo—. Todo lo que escribió mi abuela está incompleto. Daba por sabidas demasiadas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como esto. —Me enseñó el papel de lejos, sin soltarlo, y vi una letra apretada de posguerra y unas cuantas líneas más debajo—. Aquí abajo pone «se le echa lo suyo».
—¿Lo suyo de qué?
—Esa es la conversación que llevo teniendo yo solo desde el jueves.
Cantaron el veintiséis. Él miró su papelito, que llevaba en la misma mano que la lista de su abuela. Luego me miró a mí. Y luego miró mis manos, que estaban vacías, que es un sitio donde no mira nadie.
—Usted no tiene número.
—Lo he dejado pasar.
—Dos veces —dijo—. La he visto.
Y entonces hizo una cosa rarísima. Se acercó, me tendió el papelito entre dos dedos, como quien devuelve algo prestado, y volvió al dispensador a sacar otro, con lo cual se quedó el último de una cola que a esas alturas ya tenía siete señoras.
—Tenga. Estrénelo usted, que yo todavía estoy estudiando.
—No hace falta.
—Hace falta, sí. Yo tengo que decidir de qué humor está la lubina y eso lleva su tiempo.
—Le va a costar media mañana.
—Tengo toda la mañana. Tengo, de hecho, un exceso de mañanas.
En el papel ponía 27.
—Veintisiete —cantó Encarni.
Compré. Pedí que me la limpiaran. Encarni me envolvió sin mirarme a la cara, con una sonrisa que no pienso describir porque no me apetece dársela por escrito, y me puso el paquete en la bolsa con una palmada de esas suyas que valen por un editorial entero.
Y entonces, con el cuchillo ya en la tabla, bajó la voz cuatro tonos, que en Encarni sigue siendo un volumen perfectamente audible desde la frutería.
—¿Y ese quién es?
—No sé.
—Pues yo tampoco.
Conviene entender lo que eso significa. Encarni lleva veintiséis años detrás de ese mostrador.
Encarni sabe quién se ha divorciado antes de que se lo digan a la madre.
Encarni sabe qué señora ha empezado a comprar para uno en vez de para dos y no lo comenta nunca, que es lo que la hace grande.
Que Encarni no sepa quién es un hombre de treinta y cinco años que compra pescado a las nueve de la mañana un martes es, en este barrio, un fenómeno meteorológico.
—Será de fuera —dijo, ya volviendo a lo suyo.
—Será.
Cuando me iba, él seguía delante del hielo con las bolsas vacías y el papel de su abuela en la mano.
—Suerte con el carácter —dije.
—Gracias. Creo que me voy a llevar la mustia.
—¿Por qué?
—Porque lleva ahí desde que he llegado y nadie la quiere. —Se encogió de hombros, muy serio—. Es una cosa mía. No se lo diga a la señora.
Salí del mercado a las nueve y veinte con la lubina, dos kilos de naranjas y el resto de la lista de mi madre, que incluía «lo del pollo» sin más precisión, porque mi madre también da por sabidas demasiadas cosas y esa es una herencia que no elige nadie.
Por el camino pensé en lo que había firmado hacía cuarenta minutos encima de un hule.
Diez cenas. Diez veces la percha de detrás de la puerta, el pintalabios que se me seca en el bolso, la hora y cuarto de educación.
Diez veces contestando que sí, que la farmacia era de mi padre, que sí, que hay que llevar mucha gestión.
Y después, la paz. Ocho años de paz, hasta los cuarenta, que a los treinta y dos parecen una fortuna y son, hoy lo sé, exactamente lo que tarda una mujer en acostumbrarse a estar sola del todo.
Me pareció un buen negocio. Iba pensando en eso, no en otra cosa.
Abrí la farmacia a las diez menos cinco.
Susi ya estaba dentro, quejándose del proveedor de las medias de compresión, que es su tema.
Repuse, despaché, mandé una receta electrónica que no salía, discutí por teléfono con el mayorista lo del jueves, y a mediodía metí la mano en el bolsillo del abrigo buscando el móvil y saqué un papelito arrugado con un número.
Lo miré unos segundos.
Lo volví a meter.
Me lo había guardado. Por nada. Porque el abrigo tiene bolsillos y los bolsillos están para llenarlos. Por eso.