La madre que me parió
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1. Mamá dice que pidáis el entrecot
Capítulo uno
Mamá dice que pidáis el entrecot
T res días antes de que un desconocido me diera el número veintisiete, yo estaba cenando con un hombre que le mandaba audios a su madre entre plato y plato.
Se llamaba Borja, tenía treinta y seis años, llevaba una gestoría en Moratalaz y había llegado al asador con un táper.
No en una bolsa. En la mano, a la vista, en alto, como quien lleva flores.
—Es de mi madre —dijo—. Para la tuya.
Lo dejó en el centro de la mesa, entre el pan y el aceite, y ahí se quedó toda la cena. Tapa azul. Tercer comensal. Vigilándonos.
Yo había llegado con dos ventajas. La primera, saber que aquello no era una cita, porque las citas no las concierta la vecina del cuarto. La segunda, saber que iba a durar una hora y cuarto, que es lo que tardo yo en agotar la educación. Lo que no había previsto era el táper.
—¿Qué lleva?
—Croquetas.
—Ah.
—De puchero. Pero congela bien.
Teoría número uno sobre mi madre, elaborada a lo largo de tres años de trabajo de campo: mi madre no busca un hombre para mí.
Mi madre busca una interlocutora. En cada una de estas cenas hay siempre, en alguna cocina de Madrid, otra señora de sesenta y tantos esperando el parte, y lo que se está celebrando no es un encuentro entre dos personas de treinta y muchos, sino una cumbre bilateral entre dos potencias que se comunican por valija diplomática. Nosotros somos la valija.
Pedimos. Es decir: pidió él, después de sacar el móvil, apoyarlo en el vaso y grabar.
—Mamá, ya estamos aquí. Es la de la farmacia. Estamos mirando la carta.
Lo mandó. Dejó el móvil boca arriba, junto al táper, y me sonrió con la calma que solo tienen los hombres que no han estado solos en ningún sitio. El pin del audio de vuelta sonó antes de que llegara el agua.
—«Que pidáis el entrecot, hijo, que la merluza ahí la ponen a precio de mar y estamos a ochenta kilómetros de un río».
Lo escuchó con el altavoz al aire, sin bajarlo, como se escuchan estas cosas en mi barrio, y luego levantó la vista, esperanzado.
—¿Entrecot?
—Entrecot.
El camarero apuntó sin decir nada, pero lo miró. Yo también. Los dos éramos, en ese momento, dos profesionales asistiendo a algo.
Hay un instante exacto en el que una cena se convierte en otra cosa y yo intento localizarlo siempre, por deformación laboral: uno aprende a preguntar cuándo empezó, si fue de golpe o poco a poco, si va y viene.
Aquella fue de golpe y fue con el segundo audio, que llegó entre el entrecot y el postre y que Borja tuvo la delicadeza de reproducir dos veces por si no lo había cogido bien.
Antes había hecho una foto. Del plato, dijo. En la foto salía yo detrás del plato.
—«Ay, hijo, qué mona. Dile que tiene cara de buena. Pero de buena-buena, ¿eh?, no de tonta».
—Es que ella distingue —me explicó, guardando el móvil un momento, por respeto.
—Se agradece.
—Es un cumplido de los suyos. Los suyos hay que traducirlos.
—Lo estoy traduciendo.
Y aquí viene lo peor, que no son los audios: es que Borja me caía bien.
Preguntó por la farmacia y escuchó la respuesta entera.
Contó que llevaba dos años queriendo mudarse a un piso con más luz y que no encontraba el momento.
Se comió el entrecot con un apetito honrado.
En algún punto entre el pan y la tarta yo entendí que aquel hombre no estaba haciendo nada raro: estaba en su vida de siempre, y su vida de siempre tenía una madre dentro con derecho de admisión y llaves.
Que es exactamente lo que yo tengo. Con la diferencia de que la mía todavía no ha aprendido a mandar audios largos, y cuando lo haga, que lo hará, tendré que emigrar.
Pedí café. Él pidió tarta de queso y el tercer audio, que no pidió pero llegó igual, ya con un telediario de fondo.
—«Oye, y pregúntale si congela bien».
Esta vez no me miró a mí. Miró el táper.
Y el camarero, que estaba dejando el café y llevaba media hora conteniéndose como un hombre en misa, dijo, sin dirigirse a nadie:
—Las de puchero congelan de maravilla.
Me fui a las once y diez. Una hora y cuarto: dos minutos de más, y me los apunté, porque de esas cosas conviene llevar registro.
Mi madre estaba levantada.
Vive a cuatro portales de mí, que es la distancia que ella considera prudente y que en la práctica significa que oye mi persiana.
Estaba en la cocina con la bata buena, la de recibir, y encima del hule tenía una libreta cerrada con las gafas puestas por encima, que es como se dejan las cosas cuando quieres que se vean.
—¿Qué tal ha ido?
—Me ha mandado su madre croquetas.
—Qué detalle.
—Congelan bien.
—Eso es que son de puchero. —Se levantó a por dos vasos de agua que yo no había pedido—. ¿Y él?
Dejé el táper en la encimera. Hice el ruido justo al dejarlo.
—Mamá. Se acabó.
—Yo no he hecho nada.
—La vecina del cuarto no tiene mi número.
—La vecina del cuarto es una mujer muy activa.
—La vecina del cuarto no sabe ni cómo me llamo. Me llamó Laura en el ascensor en junio.
—Bueno, hija. Laura, Lola. Empiezan igual.
—Empiezan igual y acaban en que yo he cenado con un señor que me ha fotografiado para su madre.
—Pues mira qué bien, así ya te conoce.
Hay una parte de mí que sabe que en esta conversación no se gana. La otra parte lleva tres años presentándose voluntaria.
—Tres años, mamá.
—Dos y medio.
—Tres.
—Desde lo de Óscar, dos y medio.
Y ahí, como siempre, aparece Óscar en la cocina sin que nadie lo haya invitado.
Siete años. Se fue un domingo por la tarde, sin gritos y sin otra, que es la versión que más cuesta contar en el barrio, porque a la gente le tranquiliza que haya otra.
No me dejó por nadie. Me dejó por aburrimiento, que es peor: significa que estuvo mirando y no encontró motivos para quedarse.
—Óscar no tiene nada que ver.
—Yo no he dicho que tenga.
—Lo has fechado por él.
—Yo fecho por lo que pasa. —Puso los vasos sobre el hule, uno delante de cada una, con las dos manos, como se ponen las cosas cuando se quiere cambiar de tema sin que se note—. ¿Quieres agua o no?
Bebí agua. Es lo que hay.
—¿Por qué haces esto?
Y ahí mi madre hizo lo que hace siempre cuando la pregunta va derecha: contestó otra, más pequeña, en voz más baja, mientras recogía el trapo de la encimera. Y me la dejó en medio de la mesa, como el táper.
—Es que los sábados la casa suena mucho.
No lo recogí.
Tengo el título de farmacéutica, catorce años de mostrador y una capacidad probada para detectar en tres segundos si una señora ha venido a por ibuprofeno o a que alguien le pregunte cómo está.
A mi madre no le pregunté cómo estaba. Doblé el trapo que ella acababa de dejar mal doblado, que es mi manera de no decir nada, y volví a lo mío.
—Se acabó —repetí—. No más vecinas. No más croquetas. No más hombres que graban.
Mi madre asintió despacio. Se ajustó las gafas.
Y en vez de discutir hizo una cosa que no había hecho nunca delante de mí: abrió la libreta.
Vi papel cuadriculado. Vi columnas trazadas a mano con regla, de esas que solo hace la gente que aprendió a escribir cuando el papel costaba dinero.
Vi, en la esquina superior, algo pequeño y rectangular pegado con celo, que solo podía ser una foto.
Y vi, sobre todo, que la hoja por la que abrió no era la primera.
—El martes desayunamos —dijo—. Que mañana tengo novena.