31 Delia
Delia
Mis tres hijos. Juntos otra vez, bajo mi techo, donde tenéis que estar.
Falta poco ya. Lo noto desde aquí, desde donde quiera que esté una cuando deja de estar.
Habéis grabado los tres. Cada uno ha dicho lo que tenía que decir, a su manera, con su voz: Tomás lo poco que recuerda, que es lo poco que yo le dejé recordar; Daniel lo mucho que le pesa, que es la única forma que tiene de quererme; Marina lo único que de verdad importa, dicho sin que le tiemble, como le enseñé.
Os habéis pasado tres días dando vueltas por esta casa, abriendo mis cajones con esas manos vuestras que sigo reconociendo de cuando eran pequeñas, husmeando en el sótano, oyéndoos unos a otros a través de los tabiques, queriendo iros y sin poder iros.
Y yo os he tenido a los tres bajo el mismo techo, comiendo en mi mesa, durmiendo en vuestras camas de siempre, una última vez.
Eso es lo único que quería. Que conste. No el dinero, que el dinero me dio igual toda la vida. No la casa, que es solo ladrillos y recuerdos. A vosotros tres. Juntos. Una vez más. Antes de que cada uno se vuelva a su vida prestada y deje de ser, del todo, de los míos.
Una madre nota cuándo se le acaba el tiempo.
Lo nota igual que nota un día flojo dos días antes, o una recaída por cómo se cierra una puerta.
Y nota, sobre todo, lo que necesita cada hijo para soltarla sin hacerse pedazos, o para hacerse los pedazos que le toca hacerse.
A cada uno le he ido dejando lo suyo estos días, sin que os dierais cuenta, como os lo he dejado siempre.
A Tomás, una duda. Una duda con la que va a poder vivir tranquilo, porque la duda pesa menos que la certeza, y yo a mi Tomás siempre le quité peso de encima, desde que era un niño que no dormía. Que no sepa nunca del todo qué hizo. Es el último regalo. El más difícil de envolver.
A Daniel, una culpable. Yo. Para que tenga a quién echarle sus cosas el resto de su vida, que es lo que lo mantiene de una pieza, lo que le impide mirarse demasiado de cerca.
Y a Marina, la casa. La llave. El sitio. El oficio entero, que ya era suyo desde aquella tarde en la escalera, pero que ahora es suyo con papeles.
Falta una sola cosa. La última. La que dejé grabada para el final, para cuando estuvierais los tres sentados delante, y Villar pusiera el sobre encima del mantel almidonado, y se hiciera ese silencio que se hace cuando una familia espera a que hable un muerto.
Sentaos. Comeos la tarta, anda, que Marina la hace casi tan bien como yo, y se enfría. Poneos cómodos. Y escuchad bien, hasta el final, sin levantaros, como os enseñé a escuchar.
Ya casi estáis listos para oírme entera.