30
Salgo del costurero con la voz de Marina todavía metida en los oídos. Al final, todos toman el té. Y por fin lo veo entero, de una pieza, lo que llevo tres días viendo a cachos y apartando cada vez que se me acercaba demasiado.
El padre tomó el té y se cayó por una escalera de catorce escalones sin barandilla.
A mí me llevan dando el té cuarenta años, primero ella, ahora Marina, y por eso tengo la cabeza llena de huecos y me despierto con barro en los zapatos sin saber de dónde vengo.
A mamá le dieron el té al final, en su silla de mimbre, y una mano firme la acompañó mientras se apagaba.
La cuchara. El bote sin etiqueta. La miel para que no amargue.
La taza acercándose a la boca y la boca abriéndose, agradecida, sin preguntar qué lleva dentro.
Es siempre la misma mano. Eso es lo que veo ahora, de golpe, en mitad del pasillo.
La misma mano que pesa la harina a ojo y cruza las tiras de la celosía y cierra las puertas para que no entre el frío.
Pasa de madre a hija como pasa el color de los ojos, sin que nadie firme nada, mirando, en una banqueta, durante años.
Marina es mamá otra vez. Mamá no se ha muerto del todo.
Mamá sigue de pie en esta casa, con cuarenta años menos, haciendo café, dándole cuerda a un despertador, tejiendo una tarta cada noche para una cama vacía.
Y hay una tercera.
Lía. Lía con su lazo de cuadros, sentada en su silla con las piernas colgando sin llegar al suelo, mirándole las manos a su madre igual que su madre se las miraba a la suya.
Lía que pone el plato sin que se lo manden.
Lía que dice «poquito, que mamá sabe lo que necesito».
Lía que esta semana, en esta casa, con cinco años, está aprendiendo lo que se aprende mirando y no se desaprende en toda la vida.
Ya hay una tercera. El hilo no se ha cortado con la muerte de mamá. Se ha tensado. Sigue.
Y entonces dejo de pensar y echo a andar, porque pensar en esta casa no sirve de nada, pensar es lo que llevo haciendo tres días mientras ellas hacen, y lo único que se me ocurre, lo único limpio que puedo hacer yo en toda mi vida de hombre roto, es sacar a esa niña de aquí antes de que sea tarde, antes de que aprenda a poner el plato del todo.
Subo de dos en dos. Las rodillas me fallan en el séptimo escalón, el mismo donde mamá se paraba a mirar un cuadro cuando ya se moría, y me agarro a la barandilla y sigo.
Lía no está en su cuarto. No está en el de Marina, donde la bolsa de viaje de su madre sigue medio hecha sobre la cama.
La puerta del fondo, la de mamá, está abierta, y dentro, en el suelo, sobre la alfombra de flores descoloridas, Lía juega.
Juega con el cepillo del pelo de la abuela, el de las hebras grises enredadas en las púas, y con el frasco del perfume del atomizador de pera de goma, apretándolo en el aire para oír el soplido.
En la mesilla sigue el plato con el trozo de tarta fresca para la otra señora.
Y la niña está de lo más tranquila, jugando en el cuarto donde se vela a una muerta como si fuera su cuarto de jugar, porque para ella lo es, porque su madre la trae aquí y le ha enseñado que aquí no pasa nada malo, que aquí solo duerme una señora.
—Lía. —Me agacho a su altura, junto a la cama hecha—. Ven conmigo.
—Estoy jugando. —No levanta la vista del frasco.
—Lo sé. Pero nos vamos a dar una vuelta tú y yo, ahora mismo. A ver el mar. Hay barcos. ¿Quieres ver los barcos?
Levanta la cabeza. Los ojos de su madre, que son los de la mía, que serán los suyos cuando le toque mirar a otro niño desde una silla.
Duda. Mira el frasco, mira la puerta, me mira a mí.
Y al final suelta el cepillo en la alfombra y me da la mano, la manita caliente, pequeña, confiada, y eso es lo que me parte por dentro más que ninguna cinta: que se fíe.
Que me dé la mano sin más, porque soy mayor y porque se lo pido con buena cara.
Así se la daba yo a mamá. Así de fácil es. Por eso funciona.
La cojo en brazos. Pesa poco, huele a colonia de niña y a cereza. Bajo con ella las escaleras deprisa, sujetándola contra el hombro, y cruzo el pasillo hacia la puerta de la calle.
Daniel sigue ahí. Sentado en el suelo, la espalda contra la pared, al lado de la puerta que esta mañana no abría, con la bolsa tirada de cualquier manera y las llaves del coche sueltas en el parqué, a su lado, como algo que ya no sirve.
No grita. Levanta la cara y me ve pasar con la niña en brazos, y dice, sin fuerzas, con la voz de quien lleva horas rendido:
—No abre, Tomás. Lo he probado todo, te lo juro. No abre.
—Tiene que abrir. Villar viene a las diez. Por algún sitio entrará.
Dejo a Lía en el suelo un momento, le digo que se quede quietecita ahí con el tío Daniel, que ahora vuelvo, y agarro el picaporte de la puerta de la calle.
Mi llave de hierro, la que nos dio Villar, sigue puesta.
La giro. La cerradura hace su clic obediente.
Tiro. Y por encima, el cerrojo viejo, el de hierro negro, el de mamá, aguanta echado por dentro, sin un ojo donde meter nada, sin nada que hacer con él si no se tiene la llave pequeña.
Empujo con el hombro. Le doy con la palma abierta.
La madera, gruesa, vieja, de las que se hacían para aguantar los temporales del puerto, ni cruje.
Voy a la ventana del salón. Echo el visillo a un lado.
Los postigos están cerrados por fuera, y atrancados, y de pronto me acuerdo de que los vi pintados de verde desde la calle el día que llegué y pensé qué bonitos, qué cuidados, y no se me pasó por la cabeza que un postigo cerrado por fuera, con su tranca, es exactamente una reja.
La ventana de la cocina, igual. La del costurero da al jardín, pero el jardín tiene su tapia, y la tapia su cancela, y la cancela su candado, y el candado, seguro, su llavecita en una cadena que cuelga de un cuello.
Toda la casa es una puerta cerrada. Siempre lo fue. Yo crecí aquí dentro y lo llamé hogar. «Para que no tengas frío.»
Lía me mira desde el suelo del pasillo, y ahora sí, ahora se le ha puesto la cara de susto, porque los niños notan, una niña nota esas cosas, nota cuándo el tío al que le ha dado la mano empuja una puerta con la cara que estoy poniendo y la puerta no se abre.
—¡Marina! —grito hacia el hueco de la escalera, hacia arriba, hacia la casa entera—. ¡Abre la puerta! ¡Me llevo a Lía a dar una vuelta y nada más, te lo juro por lo que quieras, pero abre la puerta!
No contesta desde arriba.
Contesta desde detrás de mí.
Está al final del pasillo, donde el corredor se abre a la cocina, y no la he oído bajar la escalera, ni cruzar la casa, claro que no, nunca la oigo, aparece donde un segundo antes no había nadie.
Se ha vestido. Se ha quitado el camisón y se ha puesto el vestido azul, el bueno, el de mamá, el de los entierros y las bodas, y encima el delantal de la cenefa, limpio, planchado, y se ha recogido el pelo.
Y en las manos, con un paño doblado debajo para no quemarse, trae la tarta.
La de celosía. Recién salida del horno, dorada, el vapor subiendo despacio por los rombos del enrejado, y el olor a cereza caliente llegando por el pasillo de golpe, llenándolo todo, ese olor que se cuela por debajo de las puertas cerradas y te hace pensar, contra toda razón, que alguien te quiere y te espera con algo dulce.
Lía, en el suelo, al ver a su madre con la tarta, se le va el susto de la cara. Se levanta. Da un paso hacia ella.
—Lía, no —digo—. Ven aquí conmigo, cariño.
La niña se para en mitad del pasillo, entre los dos.
Mira a su madre y la tarta caliente. Me mira a mí y la puerta que no abre.
Y se queda ahí parada, con cinco años, eligiendo, igual que elegí yo mil veces, igual que elegimos todos en esta casa, entre el que empuja puertas cerradas con mala cara y la que trae algo caliente y dulce en las manos y sonríe.
Marina avanza por el pasillo, despacio, sin prisa, con la tarta por delante como una ofrenda, y la deja en la mesita del recibidor, justo al lado de la puerta que no se abre, al alcance de todos.
Una tarta caliente esperando a que alguien tenga la sensatez de quedarse a comérsela en vez de andar empujando puertas.
Me pone la mano en la nuca. Caliente, de haber sostenido la bandeja. La misma mano. El mismo sitio.
—¿A dónde vas a ir, Tomás? —dice, bajito, dulce, mirando a Lía y mirándome a mí, a los dos a la vez, a sus dos niños—. Falta media hora para que venga Villar. Estamos a punto de terminar. Lo hemos hecho tan bien estos días, los tres juntos, como mamá quería. No lo estropees ahora, anda. Quédate.
Me aprieta la nuca, suave, despacio, hacia ella, hacia la tarta, hacia dentro.
—Quédate. Hace frío fuera.