La Madre Perfecta 32
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A las diez en punto suena el timbre.

Llevamos media hora alrededor de la tarta sin comérnosla.

Los tres, en el comedor, en los sitios de siempre, los que teníamos asignados de niños y que nadie nos ha dicho que ocupemos pero ocupamos, porque en esta casa el sitio de cada uno se hereda como el color de los ojos.

El mantel almidonado, planchado con la raya en cruz.

La vajilla de los domingos, la buena, la que solo salía cuando había que aparentar.

La luz plana de la mañana entrando por los visillos, sin una sombra.

Marina nos ha sentado. A Daniel a mi derecha, hundido en la silla, con las manos temblándole sobre el regazo y los ojos clavados en el mantel.

A mí enfrente de la ventana. A ella en la cabecera, en el sitio de mamá, con Lía colgada del brazo y un babero puesto a la niña para que no se manche el vestido bueno.

La tarta de celosía en el centro de la mesa.

Tibia ya. Perfecta. El enrejado dorado, sin una tira torcida, el rojo de la cereza asomando por los rombos.

Nadie la corta. Está ahí como estuvo la primera, la del día que llegué, caliente e intacta junto a un cadáver.

Marina ha sacado el cuchillo de servir y lo ha dejado al lado, sobre una servilleta doblada, con el mango hacia quien quiera cortar. Nadie quiere cortar.

Hemos estado así, media hora, en silencio, oyendo el reloj de pared contar los últimos minutos de las setenta y dos horas.

Tic. Tic. Tic. Daniel respirando por la boca.

Lía dando pataditas a la pata de la mesa, una, dos, hasta que Marina le pone la mano en la rodilla sin mirarla y la niña para.

Nadie ha dicho nada en media hora, porque ya está todo dicho, está dicho en tres cintas guardadas en tres cajetines, y la única que falta por hablar es la que no puede, la que lleva una semana en una cámara fría del tanatorio, y va a hablar igual.

Suena el timbre. Las diez en punto. Mamá calculó hasta esto: que Villar es de los que llaman al timbre a la hora exacta, ni un minuto antes ni uno después.

Marina se levanta a abrir. Le quita el babero a Lía primero, lo dobla, lo deja en el respaldo.

Sale al pasillo. Oigo sus pasos, y luego el cerrojo viejo descorrerse —su llave, su mano, el chirrido del hierro negro que lleva tres días encerrándonos— y la puerta de la calle abrirse de par en par.

Y entra la luz del día de verdad, la de fuera, y el aire del puerto, frío, con sal, con un grito de gaviota colgando lejos, y por un segundo el pasillo entero de esta casa cerrada respira, se llena de mundo, y Daniel levanta la cabeza del mantel y los dos miramos esa puerta abierta al fondo del corredor como dos perros que llevan tres días detrás de una verja.

Pero ya es tarde para irse. Aunque me levantara ahora, aunque cogiera a Lía y echara a correr por ese pasillo, no llegaría.

Y no es por la distancia. Es por mí. Llevo tres días midiendo esa puerta y nunca cruzo.

Villar ya está en el umbral, tapándola, con su carpeta bajo el brazo y su coche moderno aparcado detrás, en la cuesta, brillando entre las casas viejas.

—Buenos días —dice—. ¿Están los tres?

—Los tres —dice Marina—. Pase.

Villar entra. Se limpia los zapatos en el felpudo más de lo necesario, como quien retrasa el momento de pisar dentro.

Trae la carpeta, y encima de la carpeta, sujeto con una goma, un sobre.

Acolchado, abultado, cerrado, con un lacre de cera roja y la letra de mi madre por fuera: la apretada, la redonda, la de las etiquetas de las cajas del sótano y las fichas de las recetas, la de las eses con bucle.

Lo deja en la mesa, junto a la tarta, y se queda de pie, porque Marina no le ofrece una silla y porque él no quiere sentarse a esta mesa, lo noto, no quiere quedarse en esta casa ni un minuto más de lo que el procedimiento le obliga.

—Han cumplido —dice. Nos mira uno a uno, despacio, y se detiene un momento de más en Daniel, en sus ojos hundidos y sus manos, y luego en mí, en lo que sea que se me haya quedado en la cara después de oír morir a mi madre en un carrete hace una hora—.

Setenta y dos horas. Las tres grabaciones, según consta.

He recibido aviso de cada una. —Carraspea—.

Según las instrucciones que dejó su madre, lo que me toca ahora, antes de leer la última cláusula del testamento, es abrir esto delante de los tres y reproducir lo que contiene.

—Pone la mano plana sobre el sobre—. ¿Quieren que lo haga?

—Sí —dice Marina, que ya ha vuelto a sentarse en la cabecera, las manos cruzadas sobre el mantel.

—Le he preguntado a los tres. —Villar no la mira a ella. Es la primera persona en tres días que no hace lo que Marina dice en el momento en que lo dice—. Señor Marén. Daniel.

Daniel mira la puerta abierta. El rectángulo de luz al fondo del pasillo, el aire, la cuesta, el coche de Villar, la salida.

Tiene todavía las llaves de su propio coche en el puño, apretadas, los nudillos blancos.

Podría hacerlo ahora. La puerta está abierta.

El cerrojo, descorrido. Podría levantarse, decir que renuncia a su parte, cruzar el pasillo, salir a la calle, respirar, subirse al coche y no oír jamás lo que mi madre dejó grabado para nosotros.

Lo veo pensarlo. Le veo la cuenta en los ojos: lo que pesa el dinero contra lo que pesa oírla.

Y se queda. Vuelve a bajar la mirada al mantel. Porque Daniel siempre se queda donde está mamá, aunque mamá sea una cámara fría y un sobre con lacre. Toda la vida volviendo a la casa, no va a saber irse hoy, con ella esperándolo dentro de un carrete.

—Ábralo —dice, y la voz se le rompe por la mitad—. Acabemos de una vez.

Villar me mira a mí. El último.

—¿Señor Marén?

Lía, en el regazo de su madre, ha alargado la mano y ha pellizcado un trozo del borde de la tarta, la celosía dorada, y se lo está comiendo con los dedos, y tiene una mancha de cereza en la comisura, roja, y nos mira a los tres mayores con esa calma de quien ya ha aprendido a estarse quieta y callada mientras los adultos hacen sus cosas importantes.

Cinco años. La misma calma que tenía Marina a su edad, sentada en su banqueta, mirando manos.

Y pienso en lo que dijo Marina en su cinta, lo de que mamá lo dejó todo montado antes de morirse.

Y pienso en el cerrojo. Y en la llave que cuelga del cuello de mi hermana por dentro del vestido.

Y en que estamos los tres aquí sentados, a la mesa de una muerta, a punto de obedecer su última orden como obedecimos todas las anteriores.

Y en que esto, esta escena exacta —la tarta, el sobre, la luz plana, los tres en nuestros sitios, la niña con cereza en la boca— la pensó ella hace meses, sentada en su silla de mimbre con el pulso ya temblándole, sabiéndose enferma, sabiendo que estaríamos aquí, así, hoy, a las diez y pico de la mañana.

Nos vio. Nos vio desde antes de morirse, sentados, esperándola.

Quiero decir que no. Quiero levantarme, coger a Lía de ese regazo, y salir corriendo por la puerta abierta antes de que Villar enchufe nada. Sacarla de aquí. Que no oiga. Que no aprenda.

Pero llevo cuarenta años abriendo la boca cuando me acercan algo a los labios.

Cuarenta años de cuchara. Y mi madre lo sabía cuando grabó esto.

Contaba con eso. Contaba con que yo me quedaría sentado, con que todos nos quedaríamos en nuestros sitios, con la tarta delante, porque para esto nos hizo, a cada uno a su medida, las piezas justas de la escena que llevaba meses montando.

—Póngala —digo.

Villar quita la goma. Rompe el lacre rojo con la uña del pulgar, y la cera salta en dos pedazos sobre el mantel.

Abre el sobre acolchado. Dentro no hay papeles, no hay testamento escrito, no hay carta.

Hay un carrete. Pequeño, en su cajetín de plástico transparente, con una etiqueta pegada, y la etiqueta la escribió ella, la letra apretada y redonda, las eses con bucle, y dice una sola palabra:

«Hijos.»

Villar saca el carrete. Mira alrededor, no sabe dónde reproducirlo, y soy yo el que dice, con una voz que no reconozco, que en el costurero está la grabadora.

La buena. La de los carretes grandes. La que llevamos tres días llenando de confesiones, la que esta misma mañana me ha puesto a mi madre a morirse al oído.

Nos levantamos los tres. Y la niña. Y vamos en fila por el pasillo hacia el costurero, despacio, Villar delante con el carrete en la mano como quien lleva algo que quema, Marina detrás de él, luego Daniel arrastrando los pies, luego yo con Lía de la mano, que me la ha dado ella sola, sin que se la pida, la manita caliente y pegajosa de cereza.

Pasamos por delante de la puerta de la calle, abierta, con el aire del puerto entrando.

Ninguno de los tres se va. Ninguno mira siquiera.

En el costurero, Villar engancha el carrete en la grabadora, lo tensa entre las dos bobinas, comprueba con el dedo que la cinta corre.

Nos quedamos de pie alrededor de la máquina, los cuatro, en esta salita pequeña que da al jardín, con los postigos verdes y la luz tamizada.

La misma silla de enea. La misma mesa. El mismo aparato donde hace una hora oí el último aliento de mi madre subir y quedarse arriba y no bajar.

—Cuando quieran —dice Villar.

Nadie quiere. Pero todos asentimos, los tres, casi a la vez, como tres niños dando permiso para algo que no se puede no dar.

Villar aprieta la tecla.

Las bobinas empiezan a girar. Siseo. El roce de la cinta contra el cabezal. Y luego, llenando la salita, tibia, tranquila, con esa cadencia de receta que le conozco desde antes de saber andar, sin un temblor, intacta después de una semana muerta, la voz de mi madre.