24
Bajo a la cocina con el carrete en el puño.
Marina friega el cuenco de la tarta de anoche.
Lía dibuja en la mesa con un lazo nuevo en el pelo, uno de cuadros, que ayer no llevaba y que sale de algún cajón de esta casa donde mi madre guardaba lazos para nietas que todavía no existían.
Hay café hecho. La luz entra plana por la ventana, sin sombras, esa luz de las mañanas nubladas del puerto que lo deja todo igual de gris.
Son las ocho y media. Dentro de hora y media vuelve Villar, y esto se acaba, y yo traigo en la mano la prueba de que mi hermana entra en mi cuarto todas las noches mientras yo me hundo.
—Lía. —Marina no se vuelve. Lo dice antes de que yo abra la boca, con el agua todavía corriendo—. Sube a tu cuarto a dibujar, mi amor. El tío y yo tenemos que hablar de cosas de mayores.
Lía recoge las pinturas, las mete en su estuche una a una, ordenadas por colores, sin que nadie se lo haya enseñado o sabiendo ya quién se lo enseña, y sube sin rechistar.
La oigo subir contando los escalones en voz baja, catorce, los mismos catorce de la escalera del sótano, los mismos de cualquier escalera de esta casa.
Marina cierra el grifo. Se seca las manos en el delantal de la cenefa, el de mamá, despacio, dedo por dedo, primero una mano y luego la otra, y se vuelve hacia mí con los ojos de mamá y espera.
No me pregunta qué quiero. Ya sabía que iba a bajar con esto.
Lo sabía igual que mamá sabía cuándo me iba a dar un día flojo dos días antes de que me diera, por cómo cerraba yo una puerta o dejaba un plato a medias.
Dejo el carrete en la encimera, entre los dos, junto a la ficha de la receta de la tarta que sigue ahí, manchada de grasa, con la letra de mamá.
—Entras en mi cuarto de noche —digo—. Aprietas la tecla.
Me grabas. Antes me das el té para que me hunda, y cuando estoy hundido y me levanto a andar dormido, me sigues por la casa, y me lavas, y me subes a la cama, y por la mañana yo no me acuerdo de nada.
Lo hacía mamá en las cintas viejas del sótano, las de «Tomás — noches».
Y lo haces tú ahora. Lo he oído esta mañana.
Es tu voz en la grabación. Tu voz haciendo de la suya.
Marina mira el carrete sobre la encimera. No lo coge. Asiente una vez, despacio, con la cabeza ladeada, igual que se asiente ante un dibujo de un niño que ha quedado mejor de lo esperado.
—Sí —dice.
Nada más. Sí. Sin un parpadeo, sin una excusa, sin la verborrea con que Daniel llena los silencios, sin que se le mueva un músculo de la cara. Sí. Y sigue de pie, tranquila, con el delantal puesto y las manos secas cruzadas por delante.
Yo había bajado preparado para una negación.
Para una pelea. Para que dijera que estoy loco, que son cosas mías, que el médico ya avisó de que con mis lagunas me invento cosas.
Tenía los argumentos listos, el carrete como prueba, la voz que iba a ponerle delante si lo negaba.
Y me ha dejado sin nada con una sola palabra, porque a un sí no se le puede discutir.
—¿Sí? —La voz me sale más aguda de lo que quería—. ¿Ya está? ¿Lo reconoces, así, sin más?
—¿Para qué te lo voy a negar, Tomás? Te quiero.
—Lo dice con la misma cara con que mamá decía que el azúcar me sentaba mal, una cara de pena por mí, de paciencia—.
Llevas tres noches en esta casa andando dormido.
Bajando a la cocina con las manos por delante, abriendo cajones, saliendo descalzo al jardín en febrero.
Igual que de pequeño. ¿Y qué querías que hiciera yo?
¿Dejarte? ¿Quedarme en mi cama oyéndote dar vueltas por una casa llena de escaleras y de cuchillos y de una balsa en el jardín, y esperar a que por la mañana te encontráramos con la cabeza abierta al pie de los catorce escalones?
Te seguí. Te cuidé. Te lavé los pies cuando volvías del jardín con barro hasta los tobillos y te metí en la cama.
Y sí, te grabé, porque mamá grababa, porque así, si una mañana amanecías mal, había constancia de a qué hora te habías levantado y por dónde habías andado y de que yo estaba a tu lado.
Eso no es hacerte daño, Tomás. Eso es lo contrario de hacerte daño.
—Me drogabas. El té. Me drogabas para que me hundiera.
—Te calmaba. —La palabra exacta de mamá.
La misma que tengo metida en el oído desde niño—.
Lo mismo que llevan calmándote toda la vida, y por eso sigues vivo y entero a los cuarenta y tantos.
Tú, solo, suelto por el mundo, sin nadie que te calme de noche, no llegas a viejo.
Lo sabes. En el fondo lo sabes, y por eso, en cuanto te llamaron para venir, lo dejaste todo y volviste corriendo a la única casa donde alguien sabe darte el té a la hora.
Fuera no sabes vivir, Tomás. Igual que Daniel.
La única diferencia entre vosotros dos es que Daniel lo sabe y se odia por eso, y tú ni te enteras, y vives más tranquilo.
Me apoyo en la encimera. El borde de mármol frío bajo las palmas.
La cocina se me mueve un poco, despacio, y no es el té, hoy no he bebido nada suyo, lo tiré entero anoche por el lavabo.
Es ella. Es oírla decir todo esto con la voz de mamá y la cara de mamá, y con razón encima, una razón torcida que me entra por debajo de la rabia y me deja sin un sitio firme donde poner el pie.
Porque lo peor de lo que dice es que es verdad.
Volví corriendo. Abro la boca cuando me acercan la cuchara.
No sé vivir solo. Cuarenta años de entrenamiento.
—Vale —digo, y me cuesta—. Me cuidas. Muy bien. Eres una santa, como mamá. ¿Y mamá?
Marina no se mueve.
—¿Qué pasa con mamá?
—¿La cuidaste a ella también? ¿Esa noche? Daniel te vio. Te vio aquí, en esta cocina, a las dos de la mañana, tejiendo una tarta, con mamá quieta en su silla de mimbre a un metro de ti. —Doy un paso hacia ella—. ¿Qué le hiciste a mamá, Marina?
Y entonces lo hace. Lo que mejor sabe hacer, lo que aprendió mirando, lo que no se enseña.
No se defiende. No llora. No levanta la voz ni un punto.
Da un paso hacia mí, me pone la mano en la mejilla, caliente, seca, la mano que acaba de fregar, y me mira con una pena tan suave, tan sin fondo, que durante un segundo —y esto es lo que no me perdono— durante un segundo me dan ganas de apoyar la cara en esa mano y dejarme.
—Tomás —dice, bajito, solo para mí, aunque no haya nadie más—. Cariño. ¿Tú te acuerdas de esa noche?
—No.
—No.Claro que no. —Me pasa el pulgar por el pómulo, una vez, como se le quita una pestaña a un niño—.
¿Y sabes por qué bajé yo a la cocina a las dos de la mañana?
Porque oí ruido en la casa. Ruido de alguien andando.
Bajé, y me encontré la luz de la cocina encendida, y a mamá en su silla, y a alguien de pie a su lado.
Alguien que andaba dormido. Con las manos por delante.
Como anda él. —Una pausa mínima—. Como andas tú, Tomás, todas las noches de tu vida.
Le aparto la mano de la cara. Esta vez me cuesta más que ayer, más que las otras veces, porque la mano tira de cuarenta años.
—Mientes.
—A lo mejor. —Lo dice sin ofenderse, suave, casi con cariño, como quien le sigue la corriente a un enfermo—.
A lo mejor miento. A lo mejor la maté yo, con mis manos, esa noche, y le tejí la tarta encima del cuerpo, y tú no tuviste nada que ver, y puedes irte de esta casa y dormir tranquilo el resto de tu vida convencido de que tu hermana es un monstruo y tú la víctima.
Es una versión bonita. Te la regalo, si la quieres.
Espera. Me deja oírla. Y sigue:
—O a lo mejor no miento. A lo mejor esa noche bajaste tú, dormido, con lo que mamá te había dado de pequeño todavía rondándote la cabeza y con lo que fuera que cenaste, e hiciste lo que hiciste a un metro de su silla, y yo bajé detrás, como bajaba mamá detrás de ti cuando eras niño, y limpié.
Te lavé las manos en ese grifo —señala el grifo con la barbilla, sin mirarlo— hasta dejártelas blancas.
Te subí a la cama. Y luego me quedé, y tejí una tarta, y la dejé enfriándose en la rejilla, porque una cocina con una tarta recién hecha en la rejilla parece una cocina.
Y una cocina sin tarta, con una madre muerta en una silla, parece otra cosa muy distinta.
—Recoge el paño, lo dobla en dos, lo cuelga del horno—.
Eso hago yo, Tomás. Eso me enseñó ella. Limpio detrás de la gente que quiero.
Para que puedan despertarse por la mañana sin tener que cargar con lo de la noche.
Las manos. Mis manos rosas bajo el grifo. El fogonazo del primer día, el único trozo de esa noche que tengo. El agua bajando rosa por el desagüe y luego clara. La tarta caliente e intacta cuando llegué, que nadie supo explicar quién la había hecho ni cuándo.
No puede ser. No bajé. No fui yo. Yo no le haría eso a mamá.
No me acuerdo.
Y ese es el agujero. El sitio donde ella me mete siempre, donde me ha metido toda la vida, el hueco negro donde yo no sé y ella parece saber, y desde el borde de ese hueco me maneja igual que me manejaba mamá, porque a un hombre que no recuerda lo que hace de noche le puedes contar la noche que tú quieras, y se la creerá, porque no tiene con qué desmentirte.
Me ha dado dos versiones. Las dos encajan.
En una soy la víctima de un monstruo. En la otra soy el monstruo al que un ángel limpió las manos.
Y no tengo manera de saber cuál es la verdadera, y ella lo sabe, y por eso me las ha dado las dos, para que elija, para que cargue yo con la elección el resto de mi vida.
—Quiero oír la cinta —digo, y me sale la voz rota por la mitad—. La de esa noche. La que tienes ahí arriba, en el cuarto de mamá. Quiero oírla. Quiero saber qué pasó de verdad.
Marina me mira un rato largo. Me calibra, igual que mamá me calibraba por las mañanas antes de decidir si yo estaba para levantarme o si me quedaba un día más en la cama «hasta que se me pasara». Pesa lo que aguanto. Mide.
Se lleva la mano al cuello. Saca la cadena por encima del camisón, despacio, eslabón a eslabón, y al final aparece la llave: pequeña, antigua, de hierro ennegrecido, con el ojo en forma de trébol. La llave de mamá. La que Villar buscó por toda la casa el sábado y no encontró.
—La tengo guardada para ti desde el martes —dice—.
En el cuarto de mamá. Con ella. —Cierra la mano sobre la llave, la tapa entera con la palma—.
Pero piénsatelo bien antes, cariño. Una vez la oigas, ya no vas a poder no haberla oído.
Lo que está en esa cinta se queda contigo para siempre.
Y a lo mejor, después de oírla, preferirías no saberlo. A lo mejor vivías mejor sin saber.
Sonríe. Con los ojos de mamá, con la boca de mamá, con la paciencia infinita de mamá.
—Como siempre.