La Madre Perfecta 23
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He oído la cinta de Marina. La he oído entera, de pie en el costurero, sin sentarme, con la grabadora en las rodillas dobladas y la frente apoyada en la estantería de los hilos, y cuando ha terminado la he rebobinado y la he vuelto a oír, el trozo del padre, el de la mano que no le tiembla, dos veces, tres, hasta aprendérmelo.

Y ahora, en mi cuarto, con la puerta cerrada y la mañana entrando gris por las rendijas de la persiana, las piezas empiezan a caerme encima una detrás de otra, y no las puedo parar, y cada una que cae arrastra a la siguiente, y no hay manera de levantarse de debajo.

La voz. La voz de Marina en esa cinta no es la suya.

Es la de mamá. No el parecido de hermana con madre, no la sangre que se nota: es la misma voz, las mismas pausas, el mismo subir y bajar, el «una madre nota esas cosas» colocado en el mismo sitio de la frase donde lo colocaba mamá, el «para que no tengas frío» con la misma caída al final.

Lo lleva haciendo desde que llegó, el sábado.

Cuando me cogió la cara entre las manos en el recibidor y me dijo «otra vez los días flojos» con la boca de mi madre, yo lo achaqué al cansancio, al parecido, a que llevaba años sin verla de cerca.

No es parecido. No es herencia de gestos.

Es la misma persona dos veces, una muerta y otra de pie en la cocina haciendo café.

El perdón. Esto lo tenía delante y no lo veía.

Marina no acusa a nadie, nunca, en toda la cinta.

Perdona. A mamá la perdona el envenenamiento, a Daniel le perdona las mentiras y el dinero robado, a mí me perdona por no acordarme de nada.

Y yo me crie viendo perdonar a mi madre con esa misma dulzura que te deja sin sitio donde defenderte, porque a una madre que te perdona antes de que te acuses no le puedes echar nada en cara: ya te ha quitado el arma de las manos.

Marina aprendió que un perdón ata más fuerte que un reproche.

Que el que te perdona se queda por encima de ti para siempre.

Lo dijo ella misma en la cinta, sin darse cuenta de lo que decía, o dándose cuenta del todo: aprendí mirando.

La llave. Esto es de ayer, de anteayer, lo tengo reciente.

La llave que mamá llevó al cuello cuarenta años, la pequeña, la antigua, la que Villar buscó por toda la casa el sábado y no encontró en ningún cajón ni en ningún bolso, la lleva Marina por dentro del camisón, contra el pecho, donde la llevaba mamá.

Se la vi el lunes cuando me quitó la cinta de las manos en el sótano.

«Desde siempre», dijo cuando le pregunté.

Desde siempre. Una hija no lleva al cuello la llave de su madre desde siempre a no ser que su madre se la pusiera ella misma, un día, en una ceremonia que nadie más vio, como quien pasa un cargo.

La tarta. Lía lo soltó en el desayuno del lunes, con la boca llena, sin malicia, como sueltan las cosas los niños: anoche también hizo una.

Y Daniel, en su confesión, vio a Marina tejiendo una celosía a las dos de la madrugada en esta cocina, la noche que se murió mamá, con mamá quieta en su silla de mimbre a un metro.

La misma tarta. Las mismas manos cruzando las tiras una sobre otra.

La misma hora muerta de la noche. Tejiendo sin que nadie la viera, que es la única regla de esa receta.

Y las lagunas.

Esto es lo que llevo tres días sin querer mirar de frente, lo que aparto cada vez que se me acerca, porque mirarlo es mirarme a mí.

Mis agujeros no son de cualquier noche. Mis agujeros vuelven cuando ella me da algo.

El sábado bebí su té de los nervios y esa noche se me abrió un hueco y dentro del hueco hay un fogonazo: la cocina a oscuras y mis manos rosas bajo el grifo.

El domingo bebí su té y desperté con barro seco en los zapatos y sin saber por dónde había andado.

El lunes, cuando empecé a tirar el té por el lavabo en vez de bebérmelo, dejé de irme.

Anoche tiré el té entero, lo vi bajar por el desagüe, y esta mañana me he despertado en mi cama y me acuerdo de haberme dormido.

Me acuerdo. Es la primera de estas tres noches que me acuerdo de cerrar los ojos, porque anoche no me metió en el cuerpo nada que me lo borrara.

No me fío de esto. No me fío de mi cabeza, no me he fiado nunca, mi cabeza es un colador desde que tengo memoria, y un hombre que no se fía de su cabeza necesita una cosa que no sea su cabeza, una cosa de fuera, que no dependa de lo que él recuerde o deje de recordar.

Una cosa que no mienta porque no sabe mentir.

La grabadora.

Está donde la dejé el sábado, en el estante de arriba del armario, detrás de los cuadernos del colegio que mamá guardó cuarenta años con mi nombre en la etiqueta.

La bajo. Pesa, es de las antiguas, de carrete, de las que ya no se fabrican.

El sábado por la noche la encontré encendida, grabándome, y la paré, y le saqué el carrete, y lo escondí en el cajón de la mesilla debajo de unos calcetines que no son míos.

Pero ahora tiene otro carrete puesto.

Lo veo sin tocarlo. El carrete que yo saqué el sábado sigue en el cajón, lo compruebo, debajo de los calcetines.

Y en la máquina hay otro distinto, más nuevo, a medio gastar, enganchado y tensado y listo.

Yo no lo he puesto. Yo no he vuelto a tocar esta grabadora desde el sábado.

Alguien la ha recargado. Alguien le ha puesto carrete limpio para el domingo, y otro para el lunes, y los ha ido cambiando, como se cambian las sábanas.

Saco el del cajón, el del sábado, el mío, el que escondí. Lo engancho. Rebobino hasta el principio con el dedo, despacio, porque las manos no me responden del todo. Le doy a la tecla.

Siseo. El cuarto de noche, grabado. Mi respiración, lenta, espesa, la de cuando me hundo en el agujero, la de un hombre al que han apagado.

Un buen rato así, solo eso, un minuto, dos, tres, un hombre durmiendo grabado por una máquina que él no encendió, y la cinta paciente registrándolo todo, el somier cuando me muevo, un coche que pasa lejos, el reloj de abajo dando una hora.

Y luego, en la cinta, el somier otra vez, distinto.

El crujido largo del somier cuando alguien se incorpora y se sienta en el borde.

Pies en el suelo. Pasos descalzos, los míos, por la tabla suelta que hay delante del armario, la que pisé de niño mil veces para que no me oyeran salir. La puerta de mi cuarto abriéndose.

Y por debajo de mis pasos, otros pasos. Más ligeros. Más seguros. Detrás de los míos, sin prisa. Y una voz, bajita, que no me habla a mí, que me conduce, que va marcando el camino igual que se le marca el camino a un sonámbulo para que no tropiece:

—Ven, Tomás. Anda. Que te llevo.

La voz de Marina. La de mamá. La misma.

Y la cinta sigue corriendo y yo la dejo correr aunque me esté haciendo daño: las escaleras crujiendo bajo dos pesos, el mío arrastrado y el suyo ligero detrás, abajo, el pasillo, la cocina, el interruptor, el grifo abriéndose.

El agua corriendo un rato largo, demasiado largo para lavar unas manos, y la voz murmurando todo el tiempo por encima del agua, «ya está, ya está, no pasa nada, mañana ni te acuerdas», y más agua, y el grifo cerrándose, y los pasos de vuelta, los míos otra vez arrastrados y los suyos detrás llevándome, y la escalera, y mi somier recibiéndome, y el roce de una manta que alguien sube hasta los hombros, y el silencio.

Y al final, un clic.

Ella apagó la grabadora. Esa noche la apagó ella, cuando terminó de meterme en la cama.

Yo creí que la había parado yo, por la mañana.

Le di a la tecla por la mañana, sí, pero a esa hora la máquina ya estaba apagada desde la noche, y yo le di a parar sobre una máquina parada y no me di ni cuenta, porque a esa hora yo era un colador con piernas.

Me siento en el suelo, con la espalda contra el somier de la cama nueva, la que han traído para mí estos días, y el carrete sigue girando en el vacío, frrr, frrr, frrr, sin nada que grabar, y yo me quedo mirándolo girar.

Mamá me grababa de niño. Lo sé desde el lunes, desde el sótano: las cajas de zapatos con mi nombre, «Tomás — noches», ordenadas por años, una hilera entera de mi infancia dormida y registrada.

Me grababa dormir, me grababa andar dormido, me seguía por la casa con su grabadora y me lavaba y me devolvía a la cama y lo guardaba todo, año tras año, como quien colecciona algo que va a necesitar más adelante.

Y ahora hay un carrete nuevo en mi grabadora que yo no he puesto, y hay una voz que me lleva de noche que es la de mamá saliendo de la boca de mi hermana, y hay una llave al cuello de Marina, y una tarta caliente en la rejilla cada mañana, y un cuarto cerrado al fondo del pasillo donde guarda la cinta de la noche en que mamá se murió mientras yo, abajo, me lavaba las manos en el grifo sin saber por qué.

No sé si maté a mi madre. Eso sigo sin saberlo, y a lo mejor no lo sé nunca.

A lo mejor bajé esa noche, dormido, con el té de Marina en el cuerpo, y mis manos hicieron algo a un metro de su silla, y por eso me las lavaba en el grifo hasta dejármelas blancas.

La cinta de mi cuarto no llega hasta ahí.

La cinta de mi cuarto solo me graba salir y volver.

Lo del medio está en otro carrete, en otro cuarto, detrás de una puerta que abre una llave que cuelga de un cuello que no es el mío.

Pero ahora sé una cosa que el sábado no sabía, y es esta, y es la que me deja en el suelo sin fuerzas para levantarme:

yo no encendí esta máquina. Ni el sábado, ni el domingo, ni anoche.

Alguien entra en mi cuarto todas las noches, mientras yo me hundo, y aprieta la tecla, y me graba dormir, y luego me lava y me devuelve a la cama y vuelve a apretar la tecla y se va.

Y no soy yo.