La Madre Perfecta 25
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—Ahora —digo—. Quiero oírla ahora. Antes de que venga Villar.

Marina me mira. Calcula, igual que mamá calculaba, pesando lo que aguanto contra lo que conviene. Y al final asiente, con esa calma que ya sé de dónde le viene, de quién la copió.

—Está bien. Sube.

Subimos. La escalera cruje bajo los dos, catorce escalones, y a mitad de camino Daniel asoma desde su cuarto.

Tiene la bolsa de viaje medio hecha encima de la cama, una manga de camisa colgando por fuera de la cremallera, y los ojos hundidos de quien lleva tres días sin dormir y sin lo suyo.

Nos ve pasar hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta cerrada, y abre la boca, y la vuelve a cerrar.

Daniel siempre abre la boca y la vuelve a cerrar.

Vuelve a meter ropa en la bolsa, dándonos la espalda, como si no nos hubiera visto, como si no metiéramos los dos por una puerta a la que él no se atreve a acercarse.

Marina se planta delante de la puerta de mamá.

La última del pasillo, la que lleva cerrada desde que llegué, la que nadie ha abierto en estos tres días.

Se saca la cadena por encima del camisón —sigue en camisón a las nueve de la mañana, no se ha vestido, y eso tampoco es de ella, eso es nuevo de esta casa, como si dentro de estas paredes Marina dejara de ser la influencer de los vídeos perfectos y volviera a ser otra cosa más antigua— y mete la llave pequeña, la del ojo en forma de trébol, en la cerradura. La gira. Empuja.

El cuarto de mi madre por dentro.

No había entrado desde niño. Y está igual.

Está peor que igual: está vivo. La cama hecha con las esquinas metidas, tirante, sin una arruga, la colcha de ganchillo de siempre, la que tejió ella un invierno entero.

El tocador con el frasco del perfume, el del atomizador de pera de goma que llevo oliendo toda la semana sin saber de dónde salía, y el cepillo del pelo con hebras grises todavía enredadas en las púas.

Las zapatillas junto a la cama, las dos paralelas, las punteras hacia fuera, esperando unos pies que las calcen al levantarse.

La rebeca de lana colgada del respaldo de la silla por si refresca de madrugada.

El despertador de cuerda en la mesilla, dando la hora, en hora, lo que quiere decir que alguien le da cuerda cada noche.

El vaso de agua medio lleno. Las gafas de leer dobladas encima de una revista de pasatiempos abierta por un crucigrama a medias, con un boli al lado.

Huele a ella tanto que tengo que apoyar la mano en el marco de la puerta.

No al perfume solo. A ella. A la mezcla que era ella, el perfume y la lejía y el azúcar y algo por debajo, un olor de fondo que reconozco de cuando era niño y me metía en su cama las noches de tormenta, antes de que aprendiera que en esta casa no se entra en las camas de los demás.

Y en la mesilla, sobre una bandeja de mimbre, hay un plato. Y en el plato, un trozo de tarta de celosía. Recién cortado. Con un tenedor de postre al lado, limpio, y una servilleta de tela doblada en triángulo.

—¿Qué es esto? —pregunto, aunque ya lo sé, aunque una parte de mí ya lo sabe y se niega.

Marina entra delante de mí. Coge del suelo, de al lado de la mesilla, otra bandeja —porque hay otra, una de ayer, con un trozo de tarta reseco, encogido, sin tocar, con el tenedor igual de limpio— y la cambia por la fresca con un gesto de ama de casa repetido mil veces, el gesto de quien retira el plato de ayer y pone el de hoy sin pensarlo, como se cambia el agua de un florero.

—Le dejo un trozo —dice—. Recién hecho. A mamá le gusta recién hecha, no le gusta de un día para otro, lo nota enseguida, dice que la de ayer sabe a nevera. Por eso la hago cada noche, para que la tenga fresca por la mañana.

Lo dice en presente. Le gusta. Lo nota. Dice. Como si mi madre fuera a entrar por esa puerta en cualquier momento, a sentarse en su silla, a calzarse las zapatillas que la esperan y a comerse el trozo con su tenedor de postre mientras termina el crucigrama.

—Marina. —Tengo que decirlo, aunque me cueste decirlo en voz alta en este cuarto—. Mamá está muerta. La enterramos pasado mañana.

—Ya sé que está muerta, Tomás. No estoy loca.

—Alisa con la mano la colcha donde no hay nada que alisar, una arruga que no existe—.

Pero alguien tiene que cuidar su cuarto.

Alguien tiene que darle cuerda al despertador para que no se pare, y abrir la ventana media hora por las mañanas para que se ventile, y cambiarle el agua del vaso, y dejarle su tarta.

Porque si no se hace eso, esto se convierte en lo que tú quieres que sea, que es el cuarto de una muerta.

Una habitación cerrada con polvo y un colchón pelado.

Y yo no voy a permitir que el cuarto de mamá sea el cuarto de una muerta mientras yo viva y tenga manos para hacer una tarta.

Tú haz tu duelo a tu manera, llorando en los rincones y mirando fotos antiguas.

El mío es este. El mío tiene las manos ocupadas.

Y entonces lo entiendo. Lo de Lía. «La otra señora que duerme en el cuarto de la abuela.

La de la tarta de anoche.» Lo soltó el lunes en el desayuno y yo creí que era un cuento de niños, una de esas cosas que dicen los críos.

Pero una niña de cinco años entra en este cuarto detrás de su madre, ve la cama hecha y las zapatillas esperando y el plato servido y el agua en el vaso, y entiende lo único que se puede entender desde cinco años: que aquí vive alguien.

Una señora. Que duerme y se come su tarta.

La otra señora. La que no se ve pero está.

Y Marina la trae aquí. A su hija. A los cinco años. A ver cómo se cambia el plato, cómo se le da cuerda al despertador de los muertos, cómo se cuida a una señora que no está.

Tengo que sentarme. Me dejo caer en el borde de la silla, la del respaldo con la rebeca, y al apoyar la mano en el asiento noto debajo de la lana el tejido del asiento, y no es tela. Es mimbre.

Es la silla de la cocina. La silla de mimbre del rincón. La silla en la que Daniel vio a mamá sentada, quieta, la cabeza caída sobre el pecho, la noche que se murió. La silla en la que se le paró el corazón mientras una tarta se enfriaba a un metro.

Marina la ha subido aquí. Ha cargado con ella escaleras arriba y la ha puesto en el dormitorio, contra el tocador, y le ha echado la rebeca de mamá por el respaldo por si refresca. La silla en la que se murió mi madre, vestida de silla cualquiera, esperando.

Me levanto de ella como si quemara. Porque quema. Porque llevo el peso del cuerpo apoyado en la madera donde se apoyó el suyo al irse.

—La cinta —digo—. Dame la cinta. Vámonos de aquí.

Marina abre el cajón de la mesilla. Despacio.

Y ahí está, sola, en su cajetín de plástico transparente, con la fecha escrita en la etiqueta por una mano que hace las eses con el mismo bucle que las hacía mamá.

La saca. La sostiene un segundo entre dos dedos, mirándola a contraluz, las bobinas quietas, y luego me coge la mano, me la abre, me pone la cinta en la palma y me cierra los dedos por encima con las dos suyas, apretando, como mamá me cerraba la mano sobre una moneda antes de mandarme al quiosco, para que no la perdiera, para que supiera que era un encargo.

—Toma —dice—. Era tuya desde el principio.

Lo que pasa en esa cinta es tuyo, Tomás, te pertenece, por eso la guardé, para que no la oyera Daniel ni la oyera nadie antes que tú.

La guardé para que la oyeras cuando estuvieras listo.

No a oscuras, no roto, no de cualquier manera.

—Me sostiene la mano cerrada entre las suyas, calientes—. ¿Estás listo?

—No.

—Pues vamos a oírla igual, porque tú la has pedido, y yo siempre te doy lo que me pides cuando estás seguro de que lo quieres de verdad.

—Me suelta la mano, despacio, dedo a dedo—.

Como mamá. Abajo, en el costurero, está la grabadora buena.

Esta cinta lleva en este cajón desde el martes, hay que rebobinarla entera. Baja tú. Yo ahora voy.

Salgo del cuarto con la cinta en el puño, apretada, el plástico clavándoseme en la palma. En el umbral me vuelvo, no sé por qué, a mirarla una última vez antes de bajar a oír lo que sea que voy a oír.

Marina se ha quedado dentro. No me sigue.

Está de pie junto a la mesilla, de espaldas a mí, arreglando el trozo de tarta fresca en el plato, girándolo en la bandeja para que la celosía quede de cara a la cama, retirando con la yema del dedo una miga que ha caído en la servilleta.

Y habla. Bajito. No para mí. Hacia la cama hecha, hacia las zapatillas que esperan unos pies, con una voz que es la que usa con Lía cuando la mete en la cama, la que usa conmigo de noche cuando me lleva por el pasillo, una voz de arrullo, de todo va bien.

—Ya está, mamá —le dice al cuarto vacío—. Ya casi lo sabe. Tú tranquila, que yo me ocupo de todo. Como siempre.