La Madre Perfecta 19
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—¿Qué señora, Lía?

Pero Lía ya no me escucha. Ha vuelto a su tazón, mete la cuchara, la saca, hace ruido. Cinco años. Lo ha soltado y se le ha olvidado, igual que se olvidan los niños de las bombas que sueltan en la mesa del desayuno.

Marina, en el fregadero, no se vuelve. Sigue lavando el cuenco de la masa. Pero me ha oído. Lo sé porque ha parado de fregar un segundo, las manos quietas bajo el chorro, y luego ha seguido como si nada.

—Marina. ¿De qué señora habla?

—De nadie. —Cierra el grifo. Se seca las manos en el delantal de la cenefa, el de mamá—. Tiene mucha imaginación. Echa de menos a la abuela, y se inventa que sigue ahí. Los niños hacen eso con los muertos. Es sano.

—Ha dicho que anoche hiciste una tarta para esa señora. Que duerme en el cuarto de mamá.

Marina se agacha a la altura de Lía, le limpia una gota de leche de la barbilla, le coloca el lazo. Le habla a la niña, no a mí.

—Tu tío hace muchas preguntas, ¿verdad que sí? —Y a mí, levantándose, sin perder la sonrisa—: Le dejo un trozo de tarta a mamá en su cuarto. ¿Y qué? Como antes le dejábamos flores. Es una forma de tenerla. Tú haz tu duelo a tu manera y déjame a mí hacer el mío.

—Quiero ver el cuarto.

—No.

Lo dice tranquila, secándose una mano que ya está seca.

Y yo dejo a Lía con su tazón y subo, deprisa, por el pasamanos encerado, y voy hasta el fondo del pasillo, hasta la puerta de mamá, y agarro el picaporte y empujo.

Trabado. La empujo con el hombro, una vez, dos.

La madera vieja ni cruje. Detrás de esa puerta está el cuarto de mi madre, su cama hecha, su perfume, y la cinta de la noche en que se murió, encerrada por mi hermana con la llave que mi madre llevó al cuello cuarenta años.

—No la fuerces. —Marina ha subido detrás de mí, sin ruido, nunca la oigo—. Te vas a hacer daño en el hombro.

—Dame la llave.

—No.

—Es la casa de los tres. La cinta es de los tres. Tú misma lo dijiste anoche, hasta que venga Villar y estemos los tres. Pues estamos. Daniel está abajo. Vamos a oírla ahora.

—Daniel está abajo vomitando lo que sea que se ha metido, y tú llevas tres días sin comer y vomitando lo que te doy, y los dos queréis abrir esa puerta a las ocho de la mañana sin haber dormido.

—Se lleva la mano al cuello, por encima de la cadena, sin sacarla, solo posando los dedos donde está la llave por dentro del camisón—.

La cinta se oye cuando venga Villar, con él delante, como mandó mamá.

No antes. No así. ¿Tú quieres oír esa cinta, Tomás?

¿De verdad? ¿Sabiendo lo que andas sin recordar de esa noche?

Y ahí me para. Ahí me para siempre. En el sitio donde yo no sé qué hice y ella sí parece saberlo.

Bajo del pasillo derrotado, como bajo siempre, y la sigo a la cocina porque no sé estar en una habitación de esta casa sin que ella me lleve a otra.

Y en la cocina Marina pone agua a calentar, saca el bote sin etiqueta, la cuchara de plata, la miel, y empieza a prepararme el té con los gestos de mamá, midiendo las hierbas en la palma, y yo la miro hacerlo, paso a paso, el ritual entero, y por una vez lo veo de fuera.

Veo a una mujer midiendo hierbas en una cuchara de plata para metérselas en el cuerpo a un hombre que no para de dormirse y de no acordarse de nada.

Me pone la taza delante. Humea. Huele a lo de siempre.

—No.

—Tómatelo. Estás temblando otra vez.

—No quiero.

—Tomás. —La voz baja un tono, se ablanda, se vuelve la de mamá del todo, la mano viene buscándome la nuca—. Es lo único que te calma. Lo sabes. Llevas calmándote con esto desde que eras un crío. ¿Por qué hoy no?

Le aparto la mano de mi nuca. Es lo primero que aparto de mi hermana en mi vida.

—Porque hoy lo veo —digo—. Lo que me das. Lo veo.

Marina se queda con la mano en el aire un segundo, donde estaba mi nuca.

Luego la baja. No se enfada. Marina no se enfada nunca, igual que mamá no gritaba nunca.

Coge mi taza de la mesa, la mía, la llena, y se acerca al fregadero, y la vacía despacio por el desagüe, mirándome, sin prisa, hasta la última gota, el té cayendo verde por el sumidero que ella friega hasta el brillo.

Deja la taza vacía en el escurridor. Boca abajo. En su sitio.

—Como quieras —dice.

Y vuelve a lo suyo, a recoger la cocina, a peinar a Lía, a ser mamá, y cuando ya casi he salido al pasillo, sin volverse, con esa dulzura que no se le quiebra nunca, añade:

—Pero vas a dormir mal.