La Madre Perfecta 18 Confesión — Daniel
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18 Confesión — Daniel

Confesión — Daniel

Última vez. Lo prometo. Es martes por la mañana, en un rato viene Villar y nos vamos cada uno por su lado, y hay una cosa que no he dicho y que si no la suelto aquí me la llevo puesta otros treinta años, y no puedo. Con lo de papá ya cargo bastante. No me caben dos.

Esto es de la noche que se murió mamá. La del lunes pasado.

Yo estuve aquí esa noche.

Nadie lo sabe. No se lo he dicho a nadie, ni a la policía, que tampoco preguntó mucho, una vieja que se cae de noche en su cocina, qué van a preguntar.

Pero yo estuve. Vine. Como vengo siempre que estoy mal, y esa noche estaba mal, llevaba días mal, sin nada en el cuerpo, y a las tantas cogí el coche y subí la cuesta del puerto a por lo mío.

Tengo un sitio en esta casa, un escondrijo de toda la vida, donde guardo lo que guardo.

Vine a por eso. A las dos de la mañana, las dos y pico.

La luz de la cocina estaba encendida.

Pensé en mamá, que se levantaba de noche con sus cosas. Entré por el jardín, por la puerta de atrás, que nunca se cerró con llave, y me asomé a la cocina antes de subir a por lo mío, por no darme de bruces con ella.

Y no era ella.

Era Marina.

Marina, a las dos de la mañana, en la cocina, en delantal, tejiendo una tarta.

La celosía. Las tiras de masa cruzadas una sobre otra, con esa paciencia que tiene ella, los dedos limpios, el cuenco, el rojo de la cereza en el mármol.

Tejiendo. Tan tranquila. A las dos de la mañana, en casa de mamá, haciendo una tarta de celosía como si fuera domingo por la tarde.

Y en el salón, desde donde yo estaba, se veía el sofá. Y en el sofá estaba Tomás. Tumbado, vestido, ido. Como anda él, con su agujero, con lo que le daban. Ni se movía. Pensé que dormía.

Y en la cocina, en la silla del rincón, la de mimbre, la de mamá, estaba mamá.

Sentada. Quieta. Con la cabeza un poco caída hacia un lado y las manos en el regazo.

Yo pensé que se había dormido en la silla esperando a que saliera la tarta, que eso lo hacía, se dormía esperando.

Pensé eso porque era lo que quería pensar.

Porque lo otro no lo quería pensar. Y no me acerqué a mirar si respiraba, no me acerqué, eso es lo que tengo aquí dentro desde hace una semana: que tuve a mi madre a tres metros y no me acerqué a ver si respiraba.

Marina me vio en el cristal. No se sobresaltó. Levantó la vista del enrejado, me miró por encima del hombro, tranquila, y me dijo, bajito, para no despertar a nadie:

—Daniel. Has venido. —Y después, volviendo a la tarta, a las tiras de masa—: Coge lo tuyo y vete, anda. Esta noche no es noche. Mamá está descansando. Yo me ocupo.

Yo me ocupo. Eso dijo. Y siguió tejiendo.

Y yo… yo subí. Subí a por lo mío, lo cogí, las manos temblándome, y bajé, y crucé el jardín, y me metí en el coche, y me fui.

No pasé otra vez por la cocina. Salí por atrás.

No miré a mamá en la silla. No miré la tarta.

No miré a Tomás en el sofá. No miré nada.

Tenía lo mío en el bolsillo y eso era lo único que mi cuerpo sabía querer esa noche, y me lo llevé, y me largué, y conduje hasta una gasolinera y me metí lo que llevaba y dormí en el coche.

Al día siguiente llamó la del estanco. Que habían encontrado a mamá muerta en la cocina. Que la señora Pinto había entrado por el olor a tarta. Que llevaba muerta desde la noche anterior.

Desde la noche anterior. Desde las dos de la mañana en que yo la vi sentada en la silla de mimbre con la cabeza caída, y mi hermana tejiendo una celosía a su lado, y no me acerqué.

Pensadlo otra vez, lo que os dije ayer, lo de papá.

Mi madre y Marina al pie de la escalera del sótano, antes que nadie, quietas, mirando a un hombre muerto.

Treinta años después, mi hermana en la cocina, de madrugada, tejiendo una tarta, tan tranquila, con mamá quieta en la silla.

La misma calma. La misma cara de no pasar nada.

No estoy diciendo que Marina… No lo digo.

No vi nada. Vi a mi hermana hacer una tarta.

Hacer una tarta no es un delito. Yo no vi morir a nadie.

Yo estaba mal, llevaba días sin dormir, a lo mejor lo recuerdo torcido, a lo mejor mamá estaba viva y dormida y se murió después, sola, de un mal paso, y la tarta era una tarta y yo soy un yonqui que necesita culpar a su hermana para no ser él el que dejó morir a su madre sin acercarse.

Eso es lo que me digo. Otra vez. Como con papá.

Pero esta vez tengo cuarenta y tres años, no nueve, y ya no me lo creo.

Yo solo cogí las pastillas y me fui.

No miré la tarta.

No quise.