17
Martes. Último día. A las diez vuelve Villar y esto se acaba.
He dormido poco, pero he dormido en mi cuarto, en la cama nueva, y anoche no me bebí lo que Marina me dejó en la mesilla.
Lo tiré por el lavabo y enjuagué la taza para que no quedara fondo.
Amanezco con la cabeza más despejada de lo que la he tenido en días, y con la cabeza despejada la casa asusta más, no menos.
Despejado veo cosas que el té me tapaba.
Bajo temprano. La cocina ya huele a cereza.
En la rejilla, junto a la ventana, hay una tarta.
Y no es la de siempre. La de siempre, la del lunes pasado, la que llevaba aquí desde que llegué, dura y mate, ha desaparecido.
Esta es otra. La celosía dorada, tierna, el relleno brillante todavía, el vapor saliendo apenas por los rombos.
Recién hecha. Hecha esta madrugada o anoche, mientras yo creía dormir.
Me acerco. Toco el borde de la rejilla. Está tibia.
Encima de la encimera, fuera de su caja de latón, está la ficha de la receta.
La de los bordes blandos. «La celosía se hace con paciencia o no se hace.
Que no te vean mientras la tejes.» Tiene harina fresca espolvoreada al lado, un cuenco en el fregadero con restos de masa, un trapo manchado de rojo cereza.
Alguien ha tejido una celosía esta noche en la cocina de mi madre muerta. Con paciencia. Sin que la vieran.
—Buenos días —dice Marina.
Está en la puerta de la cocina con Lía de la mano, las dos vestidas y peinadas a las siete y media de la mañana, la niña con un lazo, Marina con un delantal limpio que no sé de dónde ha sacado, planchado. El delantal de mamá. El de la cenefa.
—¿Has hecho una tarta —digo—, esta noche?
—Había que tirar la otra. Estaba dura, llevaba una semana ahí, daba pena. —Suelta a Lía, que va corriendo a la mesa—. Y mamá no tendría la cocina sin una tarta en la rejilla. Nunca la tuvo. Esta casa siempre olió a esto. —Aspira, satisfecha—. ¿A que sí?
Lía se sube a una silla. Coge el azucarero, lo inclina sobre su tazón, y se le va la mano: un chorro de azúcar cae fuera, sobre el mantel, una mancha blanca.
—Lía. —Marina no levanta la voz. Cruza la cocina, le quita el azucarero, recoge el azúcar derramado con el canto de la mano hasta el último grano, lo echa en el fregadero.
Luego se agacha a la altura de la niña, le coge la barbilla, le gira la cara hacia ella, despacio—. ¿Qué te tengo dicho del azúcar?
—Que poco —dice Lía.
—¿Y por qué poco?
—Porque…
—No es por castigarte, mi vida. —Le aparta un mechón, le coloca el lazo, le sostiene la barbilla—. Es para que no te pongas mala. Mamá sabe lo que necesitas mejor que tú. Una madre nota esas cosas. ¿A que sí?
—A que sí —dice Lía.
—Esa es mi niña.
Y le da un beso en la frente, y se levanta, y vuelve al fuego, y yo me quedo de pie junto a la rejilla con la tarta tibia detrás y el frío subiéndome por dentro, porque acabo de oír a mi madre.
La he oído enterita. La barbilla, el mechón, el «no es por castigarte, mi vida», el «una madre nota esas cosas», la música exacta, la cuchara invisible acercándose a una boca de cinco años.
Pero mi madre está muerta. Lleva una semana muerta.
La que acabo de oír es Marina.
Saca el móvil. Lo apoya contra el azucarero, la lucecita, y empieza a grabar la cocina, la tarta, a Lía desayunando con su lazo, y le habla a la pantalla con la voz nueva, la de presentadora: «Buenos días.
Hoy os enseño la receta de mi madre, la tarta que hacía cada domingo de mi infancia.
Una receta que viene de muy atrás y que pienso pasarle a mi hija, porque hay cosas que no se pueden perder.
» Sonríe a la cámara. Apaga. Vuelve a ser ella.
Lía come. Yo no puedo. Me siento enfrente de la niña, que mastica con los ojos de su madre que son los de la mía, y no sé qué decirle a una cría de cinco años, nunca he sabido, y al final le digo lo único que se me ocurre, por decir algo, por no quedarme callado oyendo a Marina trastear en la cocina de mamá como mamá.
—Está rica la tarta de tu madre, ¿eh?
Lía asiente, con la boca llena. Traga. Y entonces, contenta, orgullosa de su madre, me dice:
—Mamá hace la tarta como la abuela. Igual. La abuela le enseñó.
—Ya.
—Anoche también hizo una. —Mete la cuchara en el tazón—. Pero esa no era para comer.
—¿Cómo que no era para comer?
Lía se encoge de hombros, con esa naturalidad de los niños que repiten lo que han oído sin saber lo que pesa.
—La de anoche era para la otra señora. La que duerme en el cuarto de la abuela.