La Madre Perfecta 16
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Subo del sótano con la cinta en la mano. Pequeña, liviana, una caja de plástico con un carrete dentro y un papel pegado con una fecha que no escribió mi madre. La noche del lunes pasado. La noche en que se murió.

La casa está a oscuras menos el costurero. Allí está la grabadora buena, la del sobre, la que sabe leer estos carretes. Entro. Cierro la puerta. La máquina de coser tapada, el secreter, el sol ya no, solo la lámpara de mesa que enciendo y que deja un círculo amarillo sobre el tablero.

Me tiemblan las manos al sacar el carrete del cajetín. He visto a Daniel hacerlo, sé cómo va: el eje, la cinta por la ranura, el otro carrete vacío esperando. La paso. La engancho. Pongo el dedo en la tecla.

No quiero oírla. Quiero oírla. Las dos cosas a la vez, igual que la casa huele a cereza y a lejía.

Aprieto.

Las bobinas empiezan a girar. Un siseo. El siseo de una cinta vieja, y por debajo, naciendo, el tono de un cuarto vacío de noche: el zumbido del frigorífico, el goteo de un grifo mal cerrado, el reloj de la cocina contando.

La cocina. Es la cocina, de noche, esa noche, y dentro de un segundo va a pasar algo, va a sonar algo, una voz, unos pasos, y yo voy a saber —

Una mano sobre la mía.

Caliente. En la tecla. La aprieta hacia arriba y las bobinas se paran y el siseo se corta y la cocina de esa noche se apaga en mitad de su goteo.

—No es el momento, mi amor.

Marina. En el umbral, no, ya no en el umbral, a mi lado, con la mano sobre la mía sobre la tecla, y no la he oído entrar, nunca la oigo entrar. Lleva el camisón y el pelo suelto y la cara lavada, y con esta luz, a esta hora, sin maquillaje, es ella y es mi madre y es las dos.

—Es de esa noche —digo—. ¿Lo sabías? Hay una cinta de la noche que se murió. La he encontrado abajo.

—Sé que la has encontrado. Te he oído bajar al sótano.

—Me retira los dedos de la tecla, uno a uno, sin prisa, y con la otra mano va sacando el carrete del eje—.

Y sé lo que hay dentro, y por eso no la vas a oír esta noche, Tomás.

No así. No solo, a oscuras, con lo flojo que andas y todo lo que llevas bebiendo y vomitando estos días. Te haría daño.

—Es mía también. Era mi madre.

—Era la madre de los tres. —Ya tiene el carrete en la mano. Lo guarda en su cajetín, lo cierra con un clic—. Y por eso lo guardo yo, hasta que estemos los tres y venga Villar y se haga como se tiene que hacer. ¿De acuerdo? Confía en mí. Yo sé lo que se puede oír y lo que no.

Y se da la vuelta y sale del costurero con la cinta, y yo voy detrás, por el pasillo a oscuras, descalzo en las baldosas frías, y no le quito el carrete de la mano porque no sé quitarle nada, nunca supe quitarle nada a una mujer con los ojos de mi madre.

Sube. La sigo. El pasamanos encerado, mi mano resbalando.

Pasamos el cuarto de Lía, la respiración pequeña.

Y al fondo del pasillo Marina se para delante de la puerta de mamá.

La del dormitorio. La cerrada. La que probé el sábado y estaba trabada, la que Villar dijo que no tenía llave, que mamá no la dejó, que no la tiene nadie.

Marina se lleva la mano al cuello.

Lleva una cadena fina, de las de toda la vida, metida por dentro del camisón. Tira de ella y saca lo que cuelga: una llave pequeña, antigua, de las de cerradura de dormitorio.

Esa llave la conozco.

Esa llave la llevó mi madre colgada del cuello cuarenta años.

La vi mil veces, asomando por encima del escote de sus vestidos, cuando se inclinaba sobre mi cama a darme la cuchara.

La llave que nunca se quitaba ni para dormir.

La que Villar buscó entre sus cosas y no encontró, porque no estaba entre sus cosas.

Estaba aquí. En el cuello de mi hermana.

Marina mete la llave en la cerradura del dormitorio de mamá.

La gira. La puerta se abre con un soplo de aire cerrado y perfume de pera de goma, y por la rendija, un segundo, veo el borde de una cama hecha, una colcha estirada, las esquinas metidas.

Marina entra con la cinta. Sale sin ella.

Cierra. Gira la llave. La devuelve a la cadena, al cuello, por dentro del camisón.

—Anda —me dice, y me pone la mano en la nuca, caliente, para llevarme a mi cuarto—. A dormir. Mañana se acaba esto y cada uno a su casa.

Me dejo llevar dos pasos. Luego me paro.

—¿Desde cuándo tienes tú esa llave?

Marina sonríe, con los ojos de mi madre, en el pasillo a oscuras.

—Desde siempre, Tomás.