La Madre Perfecta 15
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Esta tarde he vuelto a poner la cinta de Daniel. La nueva. La del padre.

La oí entera, en el costurero, con la puerta cerrada para que Marina no entrara.

Lo del destornillador y las puertas. Lo de las discusiones por la noche en la cocina, por mí, siempre por mí, por qué estaba siempre malo.

Lo del golpe seco abajo y mi madre ya allí, de pie, con el paño en la mano, y Marina de nueve años agarrada a su falda, las dos al pie de la escalera del sótano, antes que nadie, mirando.

No me acuerdo de mi padre. No me acuerdo del sótano. No me acuerdo de casi nada. Pero un hombre del que no me acuerdo se cayó por una escalera que no he visto en cuarenta años, y necesito verla.

La puerta del sótano está debajo del hueco de la escalera grande, una puerta baja, de tablones, con un pestillo de hierro que cede a la primera.

No está cerrada. Esa nunca estuvo cerrada, esa la dejaba abierta, vaya cosa, las puertas de las mantas con llave y la del sitio donde murió un hombre abierta para cualquiera.

Bajo.

Los escalones son de piedra, gastados en el centro de tanto pisarlos, empinados, sin barandilla.

Voy pegado a la pared, con la mano en el yeso frío, contando.

Son catorce. Catorce escalones de piedra sin nada a lo que agarrarse.

Un hombre que resbala en el tercero o el cuarto no para hasta abajo.

Eso lo entiendo con el cuerpo, bajándolos, midiendo con los pies lo fácil que es caer aquí, lo limpio.

Abajo huele a tierra y a humedad y a manzanas viejas, a fruta guardada.

Hay una bombilla con una cadenita. Tiro.

Se enciende, amarilla, y la luz balancea las sombras de las cosas: estanterías, cajas, herramientas colgadas, botes de conserva con la fecha escrita en la tapa por su letra.

Su orden hasta aquí abajo. Su letra hasta en los tomates.

Y al fondo, una estantería distinta.

No es de conservas. Es de cajas de zapatos. Filas de cajas de zapatos, una encima de otra, ocupando la pared entera, del suelo hasta donde no llego. Y cada caja tiene un papel pegado en el lomo, escrito con su letra apretada y redonda, la misma de las recetas, la misma del reverso de la foto.

Bajo una. Pesa. La abro.

Cintas. De carrete, pequeñas, como la que encontré en mi cuarto. Decenas de cintas, cada una con su etiqueta. Y las etiquetas tienen nombres y años. Saco una al azar. «Tomás — 9 años — días flojos.» Otra. «Tomás — 11 — el verano del lago.» Otra. «Tomás — noches.»

Me quedo de cuclillas en el suelo de tierra del sótano con una caja de zapatos en las rodillas, leyendo las etiquetas de mi propia infancia escritas por la mano de mi madre.

El verano del lago. Mis noches. Mis días flojos, catalogados, por edades, guardados en cajas de zapatos en el sótano donde murió mi padre.

Hay cajas con el nombre de Daniel. «Daniel — nervios.» «Daniel — las rabietas.» «Daniel — se escapó (volvió).» Entre paréntesis. Volvió. Lo apuntó.

Hay cajas con el nombre de Marina. Solo dos, y más nuevas, la cartulina menos amarilla. No las abro. No quiero saber qué le grababa a Marina.

Y hay una caja sin nombre. Al final de la fila de abajo, un poco apartada, con el papel del lomo más blanco que los demás, reciente. La saco.

Dentro hay una sola cinta. Las demás cajas van llenas, apretadas; esta tiene una, en el centro, sola, como si la hubieran puesto ahí esta semana.

La etiqueta tiene una fecha. La leo, y la cuento, y la coloco, esta sí la coloco a la primera: es la noche del lunes pasado. La noche en que mi madre se murió en la cocina mientras una tarta se enfriaba a su lado.

Hay una cinta de esa noche.

Alguien grabó la noche en que mi madre no podía grabar nada, porque mi madre llevaba grabándonos a todos cuarenta años y esa noche le tocaba a ella estar muerta en el suelo, y aun así hay una cinta, hay catorce escalones de piedra y una cinta de esa noche metida sola en una caja de zapatos.

Le doy la vuelta a la etiqueta, busco más, busco la letra apretada y redonda de mi madre.

No es su letra.

La fecha de todas las cajas, de los cuarenta años, está escrita con la misma mano, apretada, redonda, la de las recetas. Esta no. Esta fecha la ha escrito otra persona. Letra más grande. Más nueva. Una mano que aprendió a escribir mucho después que la suya.

Y que escribe las eses igual que ella.