La Madre Perfecta 14 Confesión — Daniel
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14 Confesión — Daniel

Confesión — Daniel

Vale. Otra vez yo. Es de día. No sé si se nota en la voz, pero es otro día, es lunes, y queda poco para que esto se acabe y nos larguemos cada uno por su lado, así que voy a soltar lo que dije que a lo mejor soltaba.

Lo del padre.

Llevo desde anoche con esto atravesado, y si no lo digo aquí no lo digo en ningún sitio.

A Tomás no se lo puedo decir, ya habéis visto cómo se ha puesto esta mañana, vomitando en la pila como un crío.

Y a Marina menos. A Marina, de esto, ni media palabra.

Vais a entender por qué. O a lo mejor no.

A lo mejor estoy loco. Llevo tantos años solo con esto que ya no sé si es un recuerdo o una pesadilla que me conté tantas veces que se hizo de carne.

Empiezo por lo fácil. Yo me acuerdo de papá.

Eso ya nos separa a Tomás y a mí. Él no se acuerda de nada, ni de la cara, le borraron hasta la cara.

Yo sí. Esteban. Olía a serrín y a tabaco de liar.

Trabajaba en lo de la madera, abajo en el puerto, y volvía con las manos llenas de astillas y me dejaba ayudarle a sacárselas con unas pinzas, y eso es mío, ese rato de las pinzas es mío, nadie me lo ha tocado.

Mi padre no era tonto. Esa es la cosa que nadie dice.

En el pueblo dicen «buen hombre, trabajador, lástima», y se quedan ahí.

Pero mi padre, los últimos meses, no era el mismo.

Se había puesto a mirar. A mirar de verdad.

A Tomás, sobre todo. Yo lo oía por las noches discutiendo con mamá en la cocina, bajito, que no nos despertáramos, y siempre era por lo mismo: por Tomás.

Que por qué estaba siempre malo. Que ningún médico le encontraba nada.

Que él quería llevarlo a la capital, a uno que él conocía, y que esta vez iba a entrar él en la consulta, no ella.

Y mamá decía que él de cuidar niños no sabía, que se metiera en su madera y la dejara a ella con lo suyo.

Una vez —esto lo recuerdo entero, sin agujeros, qué raro, con lo que se me olvida a mí— una vez mi padre intentó abrir las puertas.

Las de mamá. Las cerradas. Cogió un destornillador y se puso a forzar la del armario de las mantas, la del pasillo, jurando que en esta casa no iba a haber un solo cuarto donde él no pudiera entrar, que era su casa también.

Y mamá no le gritó. Mamá nunca gritaba. Mamá se quedó en la puerta de la cocina, muy quieta, con un paño en la mano, mirándolo forzar la cerradura, y le dijo una sola cosa, bajito, que yo oí desde la escalera: «Ten cuidado, Esteban.

En esta casa la gente se hace daño cuando va donde no debe. »

Él se rió. Me acuerdo de que se rió.

Dos semanas después se cayó por la escalera del sótano.

Eso es lo que pasó. Oficialmente. Bajó al sótano a por algo, resbaló, se partió el cuello en los escalones esos que no tienen barandilla, los de piedra, los empinados.

Un accidente. Lo firmó un médico, vino la ambulancia, lo enterramos, y en esta casa no se volvió a nombrar.

Ni una foto. Ni una chaqueta. Lo borraron como me borraron a mí los recuerdos, con la misma mano.

Pero yo tenía trece años y estaba en casa esa tarde.

Y lo que recuerdo —y esto es lo que llevo treinta años sin poder decirle a nadie— es que cuando se oyó el golpe, el golpe ese, seco, abajo, yo bajé corriendo del piso de arriba, y mamá ya estaba allí.

Ya estaba abajo. Al pie de la escalera del sótano, de pie, tranquila, mirando a mi padre, y todavía tenía el paño en la mano.

El mismo paño. Y a su lado, agarrada a su falda, mirando también, callada, estaba Marina.

Que tenía nueve años. Y que se suponía que estaba en su cuarto.

Las dos. Abajo. Antes que nadie. Antes que yo, que bajé corriendo al oír el golpe y ya las encontré allí, mirando.

Nadie me preguntó nunca qué vi. Nadie me preguntó nada, yo era el del medio, el que sobraba. Y yo no dije nada, porque ¿qué iba a decir? ¿Qué vi? No vi nada. Vi a mi madre y a mi hermana al pie de una escalera mirando a un hombre muerto, y eso no es ver nada, eso es llegar tarde.

Anoche Tomás me enseñó una foto. La única que queda de papá, doblada para no verlo.

Y por detrás tenía una fecha y dos letras.

«D. y M.» Tomás me preguntó quiénes eran los dos.

Y yo le dije que no me acordaba, y le mentí, porque sí me acuerdo, me acuerdo de la fecha, esa fecha es el día que mi padre se cayó por la escalera.

Lo tengo grabado a fuego. Y las dos letras…

No lo voy a decir entero. No puedo. Pero pensadlo. ¿Quién estaba abajo, antes que nadie, mirando? Dos. Una D y una M. Y no era yo, la D no era yo, yo bajé después. Y desde luego no era Tomás, que andaría dormido en su cuarto con la persiana bajada, soñando que su madre lo quería.

A lo mejor me equivoco. Marina tenía nueve años.

¿Qué culpa tiene una cría de nueve años de estar donde su madre la pone?

Ninguna. Seguramente ninguna. Seguramente mamá la cogió de la mano y la bajó con ella y la niña no entendió nada.

Eso me digo. Llevo treinta años diciéndome eso para poder dormir, y casi me lo creo.

Pero hay una cosa que no me cuadra, y es la única que os pido que penséis cuando oigáis a Marina grabar lo suyo, dentro de un rato, con esa voz tan tranquila que tiene.

Marina, con nueve años, después de ver a su padre muerto al pie de la escalera, no lloró.

Yo lloré. Tomás, cuando se enteró, lloró, aunque ni se acuerde.

Marina no. Marina subió, se cambió el vestido que se le había manchado de no sé qué, y bajó a poner la mesa para la cena, porque mamá le dijo que había que cenar igual, que la vida sigue, y Marina puso la mesa.

Con nueve años. Sin una lágrima. Doblando las servilletas en triángulo como le había enseñado mamá.

Y desde entonces es la favorita. La que mejor entiende a mamá. La que hace las tartas que le salen a ella. La que ha venido aquí con su niña y su móvil a despedir «a la mejor madre del mundo».

Ya está. Ya lo he dicho. Casi todo. Lo que me faltaba por decir lo sabe ella, y a ella preguntádselo, si os atrevéis.

Yo me largué de esta casa en cuanto pude. ¿Y sabéis por qué volvía siempre, por qué no aguantaba fuera más de dos semanas? No era por la cucharadita. Eso es mentira que me cuento. Volvía para vigilar. Para estar cerca y vigilar, porque en el fondo lo sabía, lo supe siempre desde aquella tarde:

en esta casa, irse nunca salió bien.

Pregúntale a papá.