13
El reguero de barro no está.
Anoche, a las cuatro, había un reguero seco por el parqué del salón hasta la puerta del jardín, ida y vuelta, y mis zapatos llenos hasta los cordones.
Esta mañana el parqué brilla. Los zapatos, junto al sofá, limpios, secos, con los cordones metidos para dentro, doblados, igual que los doblaba ella.
Alguien ha fregado el suelo y me ha limpiado los zapatos mientras yo dormía el último tramo de la noche en el sofá. Alguien me ha borrado la noche entera, otra vez, y me ha dejado todo en orden para que despierte sin saber.
Marina está en la cocina. Cuando entro, no levanta la vista del fuego.
—Has dormido en el sofá —dice—. Te he tapado yo. Andabas otra vez por la casa de madrugada, Tomás. Te encontré en el jardín. —Lo dice sin drama, recolocando una sartén—. Como de pequeño. ¿No te acuerdas? Andabas dormido. Mamá te recogía. Ahora me toca a mí.
Me pone un plato delante. Tostada. Y la taza, la de la cenefa azul, con el té humeando, el de las hierbas, el de la miel.
—No tendrías que beber esto —digo, sin cogerlo.
—Te calma. Llevas tres días que no eres persona.
Y me siento, y me lo bebo. Igual que ayer.
Igual que con nueve años. La mano que lo pone es la mano que cuida, y yo abro la boca, siempre acabo abriendo.
Tibio, amargo, la hierba machacada por debajo de la miel.
Me lo bebo entero mientras Lía, en su silla, me mira con los ojos de su madre que son los ojos de la mía.
Daniel no ha bajado. Sigue arriba o sigue fuera, no sé.
Después del desayuno voy al costurero. Necesito saber qué grabó anoche. Lo oí entrar a las tantas, lo oí hablándole a la máquina horas, la rayita de luz por debajo de la puerta, y necesito saber qué le contó a esa cinta de mí, de mamá, de las dos letras.
La grabadora está sobre la mesa, rebobinada. Daniel ha dejado el carrete puesto. A lo mejor a propósito. Daniel hace las cosas a propósito y luego dice que no. Aprieto el play.
Su voz llena la salita, ronca, cansada, la de anoche.
«…la de celosía. La de cereza. La de siempre. Y le puso a Tomás el trozo más grande, le cortó el del centro, el bueno, y le dijo cómetelo todo, mi vida, que mañana vas a necesitar fuerzas…»
Paro. Rebobino un poco. Vuelvo a darle.
«…esa noche Tomás se puso malo. Como un perro. Y a la mañana siguiente, cuando pasó el coche del campamento, mi hermano estaba en su cama temblando y mamá a su lado, contenta…»
La tostada se me queda en el estómago, quieta.
Adelanto. La cinta corre, chirría.
«…contestadme a una cosa: ¿cuántas veces tiene que ponerse malo un niño justo la mañana de marcharse, justo después de comerse la tarta que le cortó su madre, para que deje de ser mala suerte y empiece a ser otra cosa?»
Apago.
La salita se queda en silencio, con el sol bajo de la mañana entrando de lado, el polvo flotando, la máquina de coser tapada, el secreter. Yo de pie delante de la grabadora con la mano todavía en la tecla.
Mi gran recuerdo. La semana más feliz de mi vida. La tarta del centro, el trozo bueno, cómetelo todo que vas a necesitar fuerzas. Y por la mañana temblando, y ella contenta.
—Te lo he dejado puesto a posta.
Daniel, en el umbral. Tiene la cara de quien no ha dormido, gris, los ojos hundidos, las manos en los bolsillos de la sudadera, temblándole un poco aunque las esconda.
—No es verdad —digo—. Lo que dices.
—No he dicho nada. He hecho una pregunta. La pregunta sigue ahí. —Da un paso dentro—. Tú te comías la tarta y te ponías malo. Una vez es mala suerte. Diez veces es una receta.
—Eran fiebres. Yo era enfermizo. Lo dicen todos. Tú mismo de niño…
—Yo de niño no sabía nada. Tenía nueve años. Pero he tenido treinta más para pensarlo, Tomás, treinta años despierto cada noche pensándolo, que es lo que tú no has tenido porque a ti se te borra todo, y eso también, ¿no te has parado a pensar por qué a ti se te borra todo y a mí no?
—Daniel.
—¿De verdad no te acuerdas de por qué te enfermabas?
Y lo dice acercándose, bajando la voz, casi con pena, la misma pregunta de la cinta pero a un palmo de mi cara, y el té me sube.
No es náusea, es el té. Lo noto subir, caliente, las hierbas, la miel, igual que bajó hace media hora, el mismo sabor pero al revés, trepándome por la garganta, y aparto a Daniel y salgo del costurero y cruzo el salón y llego a la cocina y me agarro al borde del fregadero, el de loza blanca, el del grifo, el de mis manos rosas en el fogonazo, y lo echo.
Lo echo todo. El té. La tostada. La hierba machacada.
Sale verde y amarillo y se va por el desagüe que ella fregaba hasta el brillo, y yo me quedo doblado sobre la pila, agarrado a los bordes fríos, con el sabor en la boca, ese sabor, el de toda mi infancia, el de la cuchara, el del agujero blando sin horas.
Por primera vez en cuarenta años mi cuerpo no lo quiere.
Lo escupo hasta que no queda nada, y luego escupo lo que no hay, y abro el grifo, y me lavo la boca, y me lavo las manos sin necesidad, una contra otra, bajo el chorro, hasta dejarlas limpias.
Limpísimas.
Y desde la puerta de la cocina, Marina, con el paño en la mano, me mira lavarme las manos y no dice nada.