La Madre Perfecta 12 Confesión — Daniel
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12 Confesión — Daniel

Confesión — Daniel

Vale. Estoy grabando. ¿Esto graba? La luz roja. Vale.

No quería hacer esto, que conste. Lo hago porque mi hermano acaba de acorralarme en el salón con una foto y dos letras, y porque lo que le voy a contar a esta máquina no se lo puedo contar a su cara, y porque —sí, también, para qué mentir a estas alturas— porque sin grabar me quedo sin mi parte, y yo mi parte la necesito.

No como ellos. Yo la necesito de verdad.

Así que aquí estoy. El bueno de Daniel. Otra vez haciendo lo que ella quiere, muerta y todo.

Voy a empezar por una cosa y a lo mejor luego llego a la otra, a lo del padre, a lo de las dos letras, ya veremos, depende de cómo me dé. Hay cosas que se dicen y cosas que se atragantan. Vamos a ver hasta dónde llego.

Mi hermano os habrá contado lo del campamento del lago.

Seguro. Es su gran recuerdo, el pobre. La semana más feliz de su vida, dice.

Mamá y él solos, el caldito, el paño en la frente, la persiana bajada.

Bonito. Muy bonito. Pero resulta que yo también vivía en esa casa, aunque en los recuerdos de Tomás no salga nunca nadie más que ella, y yo me acuerdo de otra película.

Me acuerdo de Tomás la víspera. Once años tenía, y estaba como una moto.

Sano. Sanísimo. Hacía y deshacía la mochila en el pasillo, me enseñaba la linterna, la navaja, me decía que iba a pescar, que iba a dormir en una cabaña con otros chavales.

Llevaba meses con eso. Y yo, que era el mediano, el que sobraba, lo miraba con una envidia que me comía, porque a mí nadie me dejaba ir a ningún lado, pero esa es otra historia.

Y luego cenamos. Y mamá sacó la tarta.

La de celosía. La de cereza. La de siempre.

Y le puso a Tomás el trozo más grande, lo recuerdo perfecto, le cortó el del centro, el bueno, y le dijo cómetelo todo, mi vida, que mañana vas a necesitar fuerzas.

Y Tomás se lo comió. Y yo quería más y no me dieron, que para mí siempre había menos, y me acuerdo de la rabia, una rabia de crío, tonta, por un trozo de tarta.

Esa noche Tomás se puso malo. Como un perro.

Lo oí desde mi cuarto, vomitando, y a mamá entrando y saliendo, y a la mañana siguiente, cuando pasó el coche del campamento por la calle, mi hermano estaba en su cama temblando y mamá a su lado, contenta.

Eso es lo que no se me olvida. Que estaba contenta. Le había salido bien la mañana.

Y yo entonces no até nada, tenía nueve años, qué iba a atar.

Pero pasó más veces. Esa es la cosa. No una.

Muchas. La excursión del cole: tarta la víspera, malo por la mañana.

La vez que lo invitaron a casa de un amigo a dormir, el único amigo que tuvo: tarta, y malo.

El dichoso partido de fútbol: tarta, y cuarenta de fiebre.

Siempre el mismo guion. Siempre que mi hermano iba a poner un pie fuera de esa casa, la víspera había tarta, y por la mañana había un Tomás reventado y una madre feliz cuidándolo.

A lo mejor me lo invento. ¿Eh? A lo mejor llevo treinta años montándome una película porque le tengo manía a una muerta.

Es posible. Yo no soy de fiar, eso ya os lo habrá dicho ella, que siempre supo venderse mejor que nadie.

Pero contestadme a una cosa, vosotros, los que vais a oír esto: ¿cuántas veces tiene que ponerse malo un niño justo la mañana de marcharse, justo después de comerse la tarta que le cortó su madre, para que deje de ser mala suerte y empiece a ser otra cosa?

No lo digo más claro. No hace falta. Y además no tengo pruebas, tengo recuerdos, y los recuerdos no valen en ningún sitio, y menos los míos.

Conmigo era distinto. A mí no me hacía falta enfermarme para no irme.

Yo me iba igual, y volvía igual, ese era mi truco, el de la cometa.

Porque mamá conmigo no cerraba la puerta, no.

A mí me daba cuerda. Toda la que quisiera.

Lárgate, Daniel, corre, vive tu vida. Y yo corría, me creía libre, me iba a la ciudad, juraba que no volvía, y a las dos semanas estaba otra vez subiendo la cuesta del puerto con la cara de perro mojado, porque resulta que fuera no sabía estar.

No sabía estar en ningún lado más que en su cocina.

Y eso tampoco es casualidad, ¿sabéis?

Yo de niño era un manojo de nervios. Me despertaba con el corazón a tope sin motivo, me roía las uñas, no aguantaba quieto en una silla.

Y mamá me calmaba. Tenía sus cositas. Una cucharadita de jarabe de los suyos.

Un caldo. Un té. La mano en la espalda. Y se me pasaba, claro que se me pasaba, me dejaba flojo y a gusto y tranquilo.

Tan a gusto que nunca, ni una vez, aprendí a tranquilizarme yo solo.

¿Para qué? Si estaba ella. Si siempre estaba ella con su cucharadita.

Y luego ella se murió. Bueno, no. Y luego yo crecí, y me fui de casa, y un día tuve un mal momento, de los de verdad, un ataque de esos en que crees que te mueres, y no estaba mamá con la cucharadita.

Y busqué la cucharadita por mi cuenta. Y la encontré.

Vaya si la encontré. Y desde entonces llevo veinte años buscándola, en pastillas, en lo que sea, lo que me deje flojo y a gusto y tranquilo como me dejaba ella, porque mi madre me enseñó que para estar en paz hace falta que alguien te dé algo, y no me enseñó a estar en paz de otra manera, no me enseñó a estar en paz solo, eso no me lo enseñó, eso se le olvidó.

Dirá que me hizo débil sin querer. Ahí, en su cinta, en su sobre, lo que sea que dejara grabado, dirá que las madres se equivocan, que ella solo me daba paz.

Ya me lo sé. Me lo sé de memoria. Pero hay una diferencia entre equivocarse y…

no sé cómo decirlo. Entre equivocarse y hacerlo todos los días durante quince años y que siempre, siempre, te salga el mismo niño que no puede vivir sin volver a casa.

Mirad cómo estoy. Miradme. Cuarenta y tres años y temblando delante de una grabadora en el costurero de mi madre muerta, sin nada en el cuerpo desde el viernes, contando lo del campamento del lago, que es lo más fácil de contar, lo que menos pesa, y ya estoy reventado.

Lo otro, lo del padre, lo de las dos letras de la foto, no sé si me va a salir.

A lo mejor lo dejo para mañana.

Lo único que tengo claro es esto, y con esto paro por hoy: mi madre nunca me echó de casa.

Para qué iba a echarme. Me soltaba con la cuerda larga, tan larga que yo me creía sin cuerda, y me dejaba correr por ahí años enteros, y el día que le hacía falta un hijo en casa daba el tirón, y yo volvía. Siempre volví.

Como ahora.

Mirad dónde estoy. Está muerta. Lleva muerta una semana. Y dio el tirón, y aquí estoy.