11 Delia
Delia
Daniel. Mi Daniel.
Tú no querías volver, y has vuelto. Como siempre.
Toda la vida igual: te ibas dando un portazo, jurando que esta era la última, y a las dos semanas estabas otra vez en mi cocina con esa cara de perro mojado, y yo te ponía un plato delante y no te preguntaba nada.
Volver es lo único que se te dio bien, hijo.
Lo aprendiste de mí. Yo te enseñé que aquí siempre habría un plato, y una cama, y una mano en la espalda, y que fuera hacía frío y dentro no.
Eras un niño que no se aguantaba a sí mismo.
Te despertabas llorando sin saber por qué.
Te roías las uñas hasta la sangre. Y no parabas, Daniel, nunca parabas quieto.
Yo te calmaba. Tenía mis maneras: una cucharadita de esto, un caldito de lo otro, y la mano en la espalda hasta que se te iba el temblor.
Te calmé tantas veces que nunca aprendiste a calmarte solo.
Eso me lo vas a echar en cara ahora, ahí dentro, a la máquina.
Que te hice débil. Que te dejé hecho de los que siempre necesitan algo de fuera para estar en paz.
A lo mejor tienes razón. Las madres nos equivocamos. Pero dime tú qué madre mira a un hijo temblando y no lo calma. Dímelo. Yo no supe hacer otra cosa que darte paz, y si te acostumbré a mi paz, fue por darte mucha, nunca por darte poca.
Ahora me vas a cargar a mí lo tuyo. Otra vez. Desde pequeño necesitaste una culpable para no ser tú el culpable, y me elegiste a mí, y yo me dejé elegir, que para eso está una madre: para llevar lo que el hijo no aguanta. Cárgamelo. Estoy muerta. Ya no me pesa.
Anda, ve. Cuéntale a la máquina lo que necesites contar.
Yo te perdono de antemano.
Como siempre.