10 Delia
Delia
Mi niño.
Para cuando alguien ponga esto, tú ya estarás otra vez en casa.
Lo sé. Siempre supe que serías el primero en volver y el primero en sentarte delante de la máquina, porque eres el que más miedo les tiene a las cosas y el que antes se las quita de encima.
Te conozco así desde que cabías en mis dos manos.
Habrás bajado al costurero. Habrás abierto el secreter, que te dije mil veces que no se tocaba, y habrás sacado la foto, y le habrás dado la vuelta, y te habrás quedado mirando dos letras que no entiendes.
Deja eso, mi vida. No es para ti. Hay cuartos que cerré con llave y cuartos que cerré dentro de tu cabeza, y los unos y los otros los cerré por lo mismo: para que no pasaras frío.
¿Te acuerdas del té? Claro que no. De eso se trataba.
Tú de pequeño te levantabas de noche. Andabas la casa dormido, con los ojos abiertos y nadie dentro.
Una vez te encontré en la cocina a las cuatro de la mañana, con las dos manos metidas en el cajón hasta el fondo.
Otra vez en el jardín, descalzo en el barro, mirando la verja con esa cara de no ser tú.
Yo te seguía. Siempre te seguía. Te lavaba el barro de los pies en la palangana del office y te subía en brazos, que pesabas, vaya si pesabas, y a la mañana siguiente no sabías nada y eras feliz.
Esa es la prueba, mi amor. Un niño que no recuerda lo que hace de noche amanece contento.
El recuerdo es lo que pesa. Yo te quité el peso porque te quería, y porque podía, y porque nadie más iba a hacerlo.
Los médicos querían mirarte por dentro. Ponerle un nombre a lo tuyo y colgártelo del cuello para toda la vida. No lo permití. Un nombre te habría hecho de cristal. Te traje a casa y te curé yo, con mis manos, todas las noches, sin una queja, durante años. Eso no se lo da cualquiera a un hijo.
Ahora dirán cosas de mí. Tu hermano, sobre todo. Déjalo. Daniel siempre necesitó un sitio donde dejar lo que no aguanta, y desde niño me eligió a mí, y yo lo cargo, hasta muerta lo cargo, que para eso está una madre. No lo creas del todo cuando hable. Daniel cuenta las cosas según le duelen.
Y tú no escarbes, Tomás. Te lo pido como entonces, con la mano en tu nuca. Bebe lo que te pongan. Duerme. Deja que tu hermana te cuide, que sabe.
Siempre supe exactamente lo que necesitabas.
Incluso cuando lo que necesitabas era no recordar.