9
Los vecinos se llevan su pena cuesta abajo y la casa se queda otra vez para nosotros. Marina recoge las tazas. Daniel vuelve del jardín oliendo a frío y a tabaco, se sirve un dedo de algo del aparador, lo apura, se sirve otro.
Llevo la foto en el bolsillo desde esta mañana. La noto contra la pierna cada vez que me siento. La frase de la señora Pinto también la llevo, en otro bolsillo, el de dentro.
Espero a que Marina suba a acostar a Lía. Cuando la oigo arriba, la nana baja por el hueco de la escalera, una nana que conozco, que nos cantaba a nosotros, y me acerco a Daniel.
—¿Tú te acuerdas de papá?
Daniel se queda con el vaso a medio camino.
—¿A qué viene eso ahora?
—Hoy lo ha nombrado el del bar. Esteban. Y Marina lo ha mandado callar y a casa en dos frases.
—Pues ya está. Asunto cerrado. —Bebe—. Marina hace bien. Para qué remover.
—Remover qué.
—Nada. No hay nada que remover. Se cayó por la escalera del sótano. Punto. —Pero el vaso le tiembla un poco al dejarlo, y se mete la mano en el bolsillo de la sudadera, la esconde.
Saco la foto. La despliego encima del aparador, entre los dos, con el doblez blanco partiendo al hombre por la mitad.
—La encontré en su secreter —digo—. Es la única que queda de él. Doblada para no verlo.
Daniel la mira. No la toca. Se queda mirando esa media cara, ese brazo, esa mano sobre el hombro de nuestra madre joven, y algo le pasa por la cara que no le había visto en tres años, algo de cuando era pequeño y se quedaba en la puerta sin atreverse a entrar.
—Dale la vuelta —digo.
—No.
—Dale la vuelta, Daniel.
Le doy yo la vuelta. La fecha. Las dos iniciales. «D. y M.»
—¿Qué quiere decir? —pregunto—. ¿La D eres tú? ¿La D es ella? ¿Quiénes son los dos?
Daniel mira las letras un rato largo, demasiado largo para dos letras. Luego coge la foto, la dobla otra vez por su línea blanca, me la devuelve doblada, y se aparta del aparador.
—No me acuerdo —dice.
—Tú te acuerdas de todo. Me lo dijiste anoche. Que tú te acuerdas de todo y yo no de nada. Suerte la mía, dijiste.
—Y es verdad. Suerte la tuya. —Se ríe, y la risa le sale rota—.
¿Sabes qué pasa, Tomás? Que hay cosas que es mejor no tener en la cabeza.
Tú no las tienes. Tú vives muy tranquilo con tus agujeros.
Yo no tengo agujeros. Yo lo tengo todo aquí dentro, todo, cada noche, y por eso necesito…
—Se calla. Se pasa la mano por la boca—. Por eso estoy como estoy.
—Cuéntamelo.
—No.—Va hacia la puerta del costurero, donde está la grabadora, la otra, la buena, la del sobre—. A ti no. A ti no te lo cuento, que se te va a olvidar igual y luego me toca a mí cargarlo solo otra vez.
—Daniel.
—Voy a grabar. —Se para en el umbral, de espaldas—.
Eso que me preguntas, lo del padre, lo de las dos letras…
eso solo lo digo a la máquina. A la cara no puedo.
A la máquina sí. —Y entra, y cierra la puerta del costurero, y al rato, por debajo, se ve la rayita de luz y se oye el clac de la grabadora y la voz de Daniel arrancando, baja, que no entiendo.
Me quedo en el salón con la foto doblada en la mano.
Marina baja. Lía ya duerme. Trae dos tazas en una bandeja, sin preguntar, y me pone una delante, en la mesa baja, la del té, humeando, con el olor de las hierbas y la miel.
—No —digo.
—Estás temblando.
Me miro la mano. Es verdad. La foto tiembla en mi mano.
—Es por lo del padre, ¿no? —Marina se sienta a mi lado, en el brazo del sofá, y me pone la mano en la nuca, caliente, igual, exacta—. Ya estamos otra vez. No tendrías que haber bajado al secreter, Tomás. Hay cosas de mamá que es mejor dejar donde ella las puso. Ella sabía por qué las cerraba.
—Para que no tenga frío —digo.
—Para que no tengas frío. —Y sonríe, con los ojos de mi madre, y me acerca la taza a la cara, y el vapor me sube, dulce, conocido—. Bebe. Mañana lo ves de otra manera. Mañana ni te acuerdas.
Y yo, con la mano en mi nuca, con esa voz que es la suya y la de mi madre y la de nadie, con cuarenta años de aprender que la mano que sostiene es la mano que cuida, bebo.
Está tibio. Amargo debajo de la miel. El fondo de hierba machacada.
Trago.
La sala se ablanda en los bordes. Marina dice algo.
Le contesto algo. Mi propia voz me llega de lejos, de detrás de una pared.
La taza pesa. La dejo. O la deja ella. El sofá me sostiene.
La nuca caliente. Bien. Esto está bien. El agujero abriéndose, blando, sin horas, el sitio donde el cuerpo no pesa y la cabeza por fin se calla, y caigo, caigo despacio, y
—
Frío.
Abro los ojos. Sigo en el sofá. La casa a oscuras, el reloj de pared dando una hora que no cuento, tres, las cuatro, lo que sea. Tengo una manta encima que no me puse yo. La foto ya no está en mi mano.
Y los pies me pesan distinto.
Me incorporo. Los zapatos. Los llevo puestos, como anoche, pero esta noche no están como anoche. Las suelas, los lados, las punteras: barro. Barro fresco, oscuro, húmedo todavía, con dos briznas de hierba mojada pegadas, y un reguero seco por el parqué hasta la puerta del jardín, ida y vuelta.
Me los quité antes de tumbarme. Me acuerdo de eso. De pocas cosas, pero de esa sí: me senté, me bebí el té que no quería, y me quité los zapatos y los dejé al lado del sofá, limpios.
Estaban limpios cuando me dormí.