8
El domingo por la tarde empieza el desfile.
El primer timbrazo lo da la del estanco, con un táper de croquetas y los ojos ya rojos antes de que abramos.
Detrás vienen las demás. El pueblo entero sabe que la casa de los Marén tiene a los tres hijos dentro, y el pueblo entero sube la cuesta desde el puerto con sus tápers y sus ramos y su pena, a pasar por el recibidor, a tocarnos el brazo, a mirar de reojo el pasillo de las fotos.
Marina los recibe. Está hecha para esto.
Abre la puerta con la cara justa, ni demasiado rota ni demasiado entera, les coge el táper, les agradece, los hace pasar al salón, donde ha puesto café y las pastas en la bandeja de plata.
Se mueve por la casa de mi madre recibiendo a las amigas de mi madre con los gestos de mi madre, y las viejas la miran y se les ablanda la cara, y le dicen lo que han venido a decir.
—Eres clavada a ella, hija.
—Es verdad —dice otra—. Clavada.
Yo me quedo en un rincón, junto al aparador, con un café que no me bebo. Daniel ha desaparecido. Lo veo por la ventana, en el jardín, de espaldas, el humo subiéndole por encima del hombro.
Lo que dicen es lo de siempre. Lo que se dice de las madres muertas. Pero hoy, en esta casa, con lo que llevo dentro desde esta mañana, cada frase me entra distinta.
—Tu madre era una santa. —La del estanco, apretándome la mano—. Una santa. Se desvivía por vosotros.
—Lo daba todo —dice la de la farmacia—. Todo. No he conocido a otra igual.
—Y qué bien os crió. Tres hijos y ni un mal paso. Eso es mérito de la madre, que conste, mérito de ella.
—Sabía lo que necesitabais antes que vosotros —dice una muy mayor, desde el sofá, sin que nadie le pregunte—. Yo se lo decía. Delia, le decía, tú a esos críos los conoces por dentro. Y ella se reía y decía que una madre nota esas cosas.
Una madre nota esas cosas.
Dejo el café en el aparador. Necesito que paren y no van a parar, porque cada una llega con su frase guardada y no se va sin soltarla, y todas las frases son la misma frase, todas dicen lo mismo: qué suerte tuvisteis. Qué suerte de madre. Cuánto os quiso.
Marina, entre la cocina y el salón, ha dejado el móvil de pie en una balda, apoyado contra un jarrón, apuntando a la sala.
La luz pequeña encendida. Está grabando.
La pena del pueblo, las viejas llorando a mi madre, las pastas en la bandeja de plata: contenido.
Luego lo montará con una música suave y un texto encima, «despidiendo a la mejor madre del mundo», y la gente de las pantallas le pondrá corazones.
Lía va de regazo en regazo. Las viejas se la pasan, le tocan el lazo, dicen que es clavada también, que esta familia saca siempre la misma cara.
Marina la recoloca para el móvil, le aparta un mechón, le endereza el lazo, y la niña se deja, quieta, con esa quietud aprendida que tienen los niños a los que retratan mucho.
Hay un momento en que no estoy.
No sé explicarlo mejor. Estoy junto al aparador con el café frío, una vieja me está diciendo algo de cuando yo era pequeño y enfermizo y mi madre me sacaba al sol envuelto en una manta, y de repente la sala es otra.
Hay menos gente. La luz ha cruzado el suelo, está más baja, más naranja.
La del estanco ya no está. Tengo un trozo de pasta en la mano, mordido, y no me acuerdo de haberlo cogido.
He perdido un rato. Cuánto, no sé. El agujero de siempre, ahora, despierto, de pie, con la casa llena.
Vuelvo despacio. Nadie parece haberlo notado. Marina, desde la otra punta del salón, me mira un segundo —solo un segundo, por encima de las cabezas de las viejas— y luego sigue sirviendo café.
El que rompe la cosa es un viejo. Uno de los pocos hombres, el del bar de abajo, ya retirado, que se ha sentado en la butaca buena con el sombrero en las rodillas y lleva un rato callado. Cuando la conversación afloja, dice, hacia nadie:
—Yo conocí al padre. A Esteban. —Le da vueltas al sombrero—. Buen hombre era Esteban. Trabajador. Lástima lo de la escalera, tan joven, con los críos pequeños…
El salón se enfría dos grados.
Nadie le contesta. La del sofá mira su taza.
La de la farmacia se levanta a por más pastas que no hacen falta.
Y Marina, sin alzar la voz, sin dejar de sonreír, cruza la sala, se inclina sobre el viejo, le pone una mano en el hombro y le dice algo bajito al oído, una sola frase, y el viejo asiente, se calla, y al rato se levanta y se va.
Cuando pasa por delante de mí camino de la puerta, el viejo me mira. Abre la boca. La cierra. Aprieta el sombrero y sale.
A nadie en esta casa le gusta hablar de mi padre.
Llevo treinta años sin darme cuenta de eso y lo veo entero esta tarde, de golpe: que en este pueblo se puede llorar a Delia Marén durante horas, contar lo santa que era y lo mucho que nos quiso, y que en cambio el nombre del hombre que la quiso a ella enfría el salón y manda a los viejos a casa.
El desfile se va apagando con la luz. Una a una recogen los abrigos, dejan los tápers, prometen volver. Marina las despide en la puerta a todas igual, con el mismo abrazo medido.
La última en irse es la señora Pinto.
La conozco por la mañana del martes, por el café de los martes, por ser la que entró y la encontró.
Ha estado toda la tarde en una silla del rincón, callada, sin tocar las pastas, con el bolso en el regazo agarrado con las dos manos.
Cuando ya no queda nadie, se levanta, y en vez de ir hacia Marina viene hacia mí, despacio, con esos pasos cortos de las mujeres mayores, y se para muy cerca, tan cerca que le huelo el agua de colonia y el luto.
—Tú eres Tomás —dice—. El mayor. El que estaba malito siempre.
—Sí.
Mira hacia el pasillo de las fotos. Hacia el hueco más claro de la pared. Lo mira un buen rato, y cuando vuelve a mirarme a mí tiene los ojos llenos, pero no llora, los aguanta.
—Yo le tenía café los martes —dice—. Cuarenta años. Cuarenta años de cafés y nunca, ni una vez, me dejó subir al piso de arriba.
No sé qué decir. No digo nada.
La señora Pinto me da unas palmaditas en el brazo, de pésame, de las que se dan, y se cuelga el bolso, y se va hacia la puerta. La abre. El aire del puerto entra frío y huele a sal. Y antes de salir, sin volverse del todo, con media cara en la sombra del recibidor, dice:
—Tu padre también la quería demasiado.
Y baja los escalones. El segundo cruje.