La Madre Perfecta 7 Confesión — Tomás
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7 Confesión — Tomás

Confesión — Tomás

Vuelvo a grabar. Ya conté lo mío ayer, lo de la madre del año, y todo era verdad.

Pero anoche encontré una cosa en su secreter y hoy no me la quito de encima, y he pensado que si me siento otra vez delante de la luz roja a lo mejor me sale algo más.

A lo mejor me acuerdo. Para eso he venido, ¿no? No por la casa. A acordarme.

Lo que encontré no lo voy a decir. No es para esta cinta. Hay cosas que son de uno y esta cinta no es mía, esta cinta es de ella, ella la dejó preparada, ella va a decidir quién fue más sincero, y yo no le voy a regalar lo que encontré para que lo use. Ya usó bastante.

Así que voy a hablar de lo que sé. De lo poco que sé.

He intentado, esta mañana, acordarme de un solo día.

Un día entero de cuando era niño, de principio a fin, el despertar, el desayuno, el colegio, la merienda, la cena, dormir.

Uno. Y no me sale. Me salen trozos sueltos, clavos en una pared vacía.

La persiana bajada. El borde de la cama.

El paño fresco. La cuchara. Pero un día seguido, con luz, con calle, con otros niños, con barro en las rodillas, no.

Eso no lo tengo. A lo mejor nadie lo tiene, a lo mejor la infancia es así para todos, trozos.

Pero yo, cuando junto mis trozos, siempre estoy dentro.

Dentro de la casa. Dentro del cuarto. Con la persiana bajada y ella al lado.

No tengo ni un recuerdo de estar sano.

Eso lo pensé esta mañana y me sentó raro. Tengo cuarenta recuerdos de estar malo y ninguno de estar bien. Estar bien no dejó huella. Solo se grabó lo otro. La gente recuerda el verano que aprendió a nadar, el día que se cayó de la bici, la primera vez que llegó tarde a casa. Yo recuerdo la cuchara.

La cuchara es lo más antiguo que tengo. Antes de la cuchara no hay nada, hay negro.

Mi primer recuerdo, el primero de todos, es estar en una trona o en una cama, no sé, ser muy pequeño, y tener una cuchara apretada contra los labios, y no querer abrir la boca.

Eso lo recuerdo con el cuerpo entero: apretar los labios, girar la cara, y una mano detrás de la cabeza que me la endereza, caliente, firme, sin enfado, con una paciencia que no se cansa nunca, y la cuchara que vuelve, y vuelve, y espera, hasta que abro.

Siempre acababa abriendo. Con ella siempre acababas abriendo.

No sé qué había en la cuchara. Algo dulce por encima. Algo amargo debajo.

Hubo una época, de más mayor, doce o trece, en que aprendí a fingir que tragaba.

Me lo guardaba en el carrillo, el jarabe, el té, lo que fuera, y luego iba al baño y lo escupía.

Lo hice unas cuantas veces. Y unas cuantas veces ella entró en el baño detrás de mí, sin llamar, y me sostuvo la frente mientras yo lo echaba en el lavabo, y no me riñó, nunca reñía, solo me llevaba otra vez a la cama y me preparaba la dosis de nuevo y se sentaba en el borde y me la daba otra vez, despacio, sin soltarme la nuca, hasta verme tragar de verdad.

Sabía cuándo fingía. Siempre lo sabía. Dejé de fingir porque fingir solo alargaba la cosa, y yo lo que quería era dormirme ya, irme al agujero blando donde el cuerpo no pesaba y la cabeza se callaba, y la única manera de llegar al agujero era tragar.

Llegué a quererlo, el agujero. Eso es lo que cuesta decir.

No me drogaba ella, que nadie piense mal, eran remedios de madre, hierbas, jarabes de farmacia, lo que daban entonces.

Pero el sitio donde me dejaban, ese sitio blando sin horas, llegué a esperarlo.

Llegué a portarme como si estuviera malo cuando no lo estaba, para que me llevara al sitio.

¿Eso lo hace ella o lo hago yo? No lo sé.

A estas alturas no sé qué cosas me hizo y qué cosas me hice yo solo por costumbre de que me las hicieran.

Una vez —esto sí lo recuerdo, tendría nueve, diez— me llevó a un médico de la capital, uno nuevo, y el médico me tuvo un buen rato, me miró, me hizo preguntas a mí, no a ella, y al final dijo que quería ingresarme unos días.

Para observación, dijo. Para ver qué pasaba sin tratamiento.

Esa palabra usó, observación, y yo no sabía lo que era pero a ella se le puso la cara distinta, una cara que solo vi esa vez, muy quieta, muy educada, y le dijo al médico que muchas gracias, que se lo pensaría, y me cogió de la mano y nos fuimos.

En el coche, de vuelta, no me apretó la rodilla como otras veces.

Conducía mirando la carretera y me dijo, sin volverse: «Ese hombre no sabe cuidarte.

Yo sí.» Y no volvimos. Ni a ese ni a ninguno. A partir de ahí me curaba ella en casa.

Lo cuento y suena mal. Lo sé. Suena a que me encerró, a que me apartó de quien podía mirarme de otra manera.

Pero hay que estar dentro para entenderlo.

Una madre que te quiere tanto que no se fía de nadie más para cuidarte, que prefiere hacerlo ella, sola, todas las noches, durante años, sin descanso, sin una queja…

eso no se lo da cualquiera a un hijo. Eso es entrega.

Daniel dirá otra cosa. Daniel dice otra cosa de todo.

Pero Daniel no pasaba las noches que pasaba yo, con la mano en la frente y la voz bajita diciéndome que mañana estaría mejor, que ella estaba ahí, que no me fuera a ningún lado que ella estaba ahí.

Y yo no me iba.

Nunca me fui. Ni de niño, con las fiebres que me daban justo el día de la excursión. Ni de mayor, que mírame, treinta y ocho años, y al primer aviso cojo el coche y vengo, y ni me acuerdo del camino.

Ahí está la luz roja, grabándolo todo. Que grabe.

Solo ella sabía qué necesitaba yo. Lo decía y era verdad. El problema, el único problema, lo que llevo toda la mañana intentando colocar y no me cabe, es que ahora ella no está, y yo sigo sin saberlo.

Sigo abriendo la boca.

Y ya no hay nadie sosteniéndome la nuca, pero la cuchara sigue ahí. La noto. Fría contra los dientes. Esperando a que abra.