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Anoche paré las bobinas.
Fue lo primero que hice, antes de quitarme los zapatos: alargué la mano hasta el estante y apreté la tecla, y la grabadora hizo un clac y la luz roja se apagó y la casa volvió a quedarse en su silencio de costumbre, ese que no es silencio sino el zumbido del frigorífico abajo y el reloj de pared contando.
Saqué el carrete. Pequeño, lleno, la cinta tensa.
Lo tuve en la mano un rato largo, sentado en el borde de la cama nueva, y no fui capaz de volver a meterlo y darle al play.
No quería oír mi cuarto vacío. No quería oír cuánto rato llevaba grabándose a sí mismo antes de que yo entrara.
Lo metí en el cajón de la mesilla, debajo de unos calcetines doblados que no son míos.
Luego me dormí. O algo parecido. Hay un agujero entre que me tumbé y esta mañana, liso, sin sueños, el agujero de siempre, el que me deja el té.
Me he despertado vestido encima de la colcha, con los zapatos puestos, y el vaso de agua de la mesilla estaba medio vacío.
Yo no he bebido de ese vaso. Lleva polvo de años. Pero esta mañana le faltaba la mitad.
No le doy vueltas. He aprendido a no darle vueltas a las cosas que no encajan, porque conmigo casi nada encaja y darle vueltas no las encaja más.
Bajo. En la cocina, Marina le da el desayuno a Lía, cereales en un cuenco de la vajilla buena, y tiene puesto el móvil de pie contra el azucarero, grabando, y le habla a la niña con una voz dulce que no es la de antes, una voz nueva, de presentadora.
«Y esta era la cocina de la bisabuela, ¿a que es preciosa?
». Lía mastica. Cuando me ve en la puerta, Marina apaga el móvil sin disimulo, recoge el azucarero, y me pregunta si quiero café o té.
—Café —digo.
—Te pongo café.
Daniel no ha bajado. Lo oigo arriba, una arcada, el grifo del baño.
No quiero café. Quiero estar solo en una habitación de esta casa antes de que alguien me ponga la mano en la nuca y decida por mí lo que necesito. Cojo la taza y digo que voy al jardín, y no voy al jardín. Voy al costurero.
Es la salita que da al jardín, la de mi madre, donde ayer me senté delante de la grabadora a contarle al sobre que ella fue la mejor madre del pueblo.
De día es otra cosa. Entra el sol por el ventanal, bajo, dorado, y se ve el polvo flotando, y se ve todo lo suyo.
La máquina de coser tapada con su funda de hule.
El cesto de los hilos, ordenados por color, del claro al oscuro.
La grabadora oficial, la moderna, apagada, con su micrófono y su silla, esperando al siguiente que se atreva. Y el secreter.
El secreter de mi madre. De niños no se tocaba. Era de las cosas de ella, como las puertas cerradas, como el frasco del perfume. Tiene la tapa abatible y un montón de cajoncitos pequeños, y huele por dentro a madera vieja y a la goma de las gomas elásticas que guardaba para todo.
Lo abro.
Está ordenado con esa furia suya por el orden.
Sobres con sellos por años. Recibos pinchados en un alambre.
Una caja de latón de galletas danesas, de esas que todas las madres del mundo usan para los hilos, pero esta no tiene hilos: tiene fichas.
Fichas de cartulina, escritas a mano, su letra apretada y redonda, una receta por ficha.
Las hojeo. El cocido. Las natillas. El pollo de los domingos.
Y al fondo, más manoseada que las otras, los bordes blandos de tanto dedo, la de la tarta.
«Tarta de cereza de la casa», pone arriba. Y debajo, la lista, las cantidades, los tiempos, y una nota al pie, subrayada dos veces: «La celosía se hace con paciencia o no se hace. Que no te vean mientras la tejes.»
Que no te vean mientras la tejes. Leo eso tres veces. No sé qué quiere decir y a la vez lo entiendo con el cuerpo, igual que entendía las puertas cerradas.
La ficha tiene harina seca en una esquina. Reciente. Alguien ha usado esta receta hace poco, ha tenido esta cartulina en la encimera, con las manos enharinadas, tejiendo la celosía con paciencia para que no la vieran. Y mi madre lleva muerta desde el lunes.
Dejo la ficha donde estaba. No me tiembla la mano. Me la miro, a ver si me tiembla, y no.
Sigo abriendo cajoncitos. En uno hay botones.
En otro, llaves pequeñas, un manojo, las de las puertas de dentro a lo mejor, las del cuarto de la plancha, las del armario de las mantas; pruebo a coger el manojo y el cajón de al lado, el último, el de abajo a la derecha, está cerrado.
Tiene una cerradura diminuta, de secreter, y ninguna de las llavecitas del manojo le entra.
Lo fuerzo un poco con la uña. No cede. Otra puerta cerrada.
Hasta muerta sigue teniendo cuartos donde yo no entro.
Y encima del secreter, apoyada contra el espejito ovalado, hay una caja de fotos.
De las de antes, de papel, con el borde blanco dentado.
Las voy pasando. Nosotros tres en la playa, los mismos de las paredes, pero aquí hay más, las que no colgó.
Marina bebé en brazos de Daniel niño. Yo de comunión, flaco, con un brazalete y cara de no estar.
Cumpleaños y más cumpleaños, y en todos, debajo de las caras, la misma tarta de celosía, año tras año, una tarta que envejece con nosotros.
Y una que está doblada.
Una sola, doblada por la mitad, con el doblez tan repasado que el papel se ha puesto blanco y blando por la línea, de tanto abrirla y cerrarla, o de cerrarla y no abrirla nunca. La despliego.
Es la casa. El porche. Estamos los cinco.
Mi madre joven, con un vestido claro, sonriendo a la cámara con esa sonrisa de revista.
Daniel, Marina y yo, pequeños, en los escalones.
Y al otro lado, el que el doblez tapa, el que la línea blanca parte por la mitad, hay un hombre.
Un brazo, medio cuerpo, la mitad de una cara que el pliegue se come.
Un hombre alto con la mano en el hombro de mi madre.
Mi padre.
No me acuerdo de su cara. Nunca me acordé.
Murió cuando yo era crío, se cayó por la escalera del sótano, eso es lo que sé, lo que se dice, y de él no quedó en esta casa ni una foto colgada, ni una chaqueta en el perchero, ni un cuarto suyo, nada.
Como si no lo hubiéramos tenido. Y ahora lo tengo aquí, en la palma, partido por un doblez que alguien repasó con la uña mil veces para no verlo.
Le doy la vuelta.
En el reverso, en una esquina, la letra apretada y redonda de mi madre. Una fecha. Y debajo de la fecha, dos iniciales separadas por una «y».
«D. y M.»
Me quedo mirándolas. La D puede ser Delia. La D puede ser Daniel. La M puede ser Marina, o puede ser Marén, o puede ser otra cosa. La fecha no me dice nada y me dice todo, la cuento hacia atrás y hacia delante y no la coloco, no sé qué pasó ese día, no sé qué pasó casi ningún día de aquella casa.
Pero alguien sí. Alguien escribió dos letras en el reverso de la única foto de mi padre que sobrevivió, y luego la dobló por la mitad para borrarlo, y la guardó treinta años en el secreter cerrado.
Dos de nosotros. Solo dos.
Y yo no soy ninguno de los dos.