5
Marina hace la cena en la cocina de mi madre.
La oigo desde el salón: el aceite, el cuchillo contra la tabla, el armario de las especias que se abre con su chirrido de siempre.
Cocina sin dudar, sin buscar nada, la mano va sola al cajón donde están los paños y al estante donde está la sal, porque en esta cocina la sal lleva treinta años en el mismo estante y Marina lo lleva treinta años sabiendo.
Hace una tortilla. El olor sube por la casa y se mezcla con lo otro, con la lejía, con la cereza vieja de la tarta que sigue en la rejilla a dos palmos de donde ella casca los huevos.
Cenamos los tres en el comedor, en el mantel almidonado, con Lía dormida ya arriba.
Marina ha puesto la mesa con la vajilla buena.
Tenedores que pesan. Servilletas dobladas en triángulo.
Comemos en silencio una tortilla que está buena, que está muy buena, y eso también tiene algo de mal gusto, que la cena de la primera noche en la casa de nuestra madre muerta esté buena.
—Grabé esta tarde —digo, por decir algo—. La confesión.
Daniel levanta la vista del plato.
—¿Ya?
—Soy el primero. Como siempre.
—¿Y qué has contado?
—Lo que me acuerdo. No es mucho.
Daniel suelta el tenedor. No come, mueve la tortilla por el plato, la parte en trozos cada vez más pequeños.
—Yo no pienso grabar nada —dice.
—Pues te quedas sin parte —dice Marina, sin levantar la voz, limpiándose la comisura con la servilleta de triángulo.
—Me quedo sin parte. —Daniel se ríe por la nariz—. Como si esto fuera por el dinero. Esto es lo último que se le ocurrió para tenernos aquí tres días haciéndole compañía. Está muerta y todavía nos sienta a su mesa.
Marina dobla la servilleta. La vuelve a doblar.
—A mí no me molesta hacerle compañía —dice.
—Ya. A ti nunca te molestó.
Hay algo debajo de eso, un filo viejo, pero Daniel no lo desarrolla. Se levanta y empieza a recoger los platos con un estrépito que en esta casa es una herejía, los platos chocando, y se va a la cocina con ellos.
Marina y yo nos quedamos. Me mira comer. No queda nada en mi plato pero me mira igual, satisfecha, hasta que dejo el tenedor.
Desde la cocina, el ruido de Daniel abriendo armarios. No friega. Abre y cierra. Busca.
—¿Qué buscas? —Marina, alzando un poco la voz, sin volverse.
—Un vaso —dice Daniel.
—Segundo armario.
Silencio. Más puertas de armario. No es un vaso.
Voy yo. Lo encuentro de cuclillas delante del armario de debajo del fregadero, el de los productos de limpieza, sacando botes, leyendo etiquetas, dejándolos en el suelo sin orden, y eso en la cocina de mi madre es como profanar una tumba mientras la difunta mira.
Hay una caja de zapatos al fondo. La saca.
La abre. Frascos de pastillas, blísters, cajas de farmacia, las de mi madre, las que toma una mujer mayor, tensión, dormir, lo de siempre.
Daniel rebusca con dos dedos, lee los nombres, descarta.
—No tenía nada bueno —murmura, para sí—. La tía no se medicaba de verdad. Todo esto es agua.
—Daniel.
Pega un salto. Mete las cajas en la de zapatos de cualquier manera.
—Buscaba un ibuprofeno —dice—. Me duele la cabeza.
—Hay en el baño de arriba. En el armarito.
—Ya. Vale. —No se mueve. Se queda de cuclillas con la caja en las manos, mirando los botes, y por un momento parece muy pequeño, parece el de la sudadera subida hasta el cuello parado en la acera, sin decidirse a entrar—. ¿Tú te acuerdas de cuando éramos pequeños, Tomás?
—No mucho.
—Ya. Tú no. —Se levanta. Devuelve la caja al fondo del armario—. Suerte la tuya.
Marina aparece en la puerta de la cocina.
Mira la fila de botes que Daniel ha dejado en el suelo, los productos de limpieza fuera de su sitio, y sin decir nada se agacha y empieza a colocarlos, cada uno en su hueco, la lejía con la lejía, el amoniaco con el amoniaco, alineando las etiquetas hacia fuera.
Cuando termina, la puerta del armario queda cerrada y la cocina vuelve a ser de mi madre.
—Mañana repartimos —dice, levantándose, sacudiéndose las rodillas—. Las cosas. Para que no haya líos luego. Yo me quedo con la cocina.
—¿La cocina? —Daniel suelta una carcajada seca—. ¿Toda?
—Las cosas de la cocina. La vajilla buena, las fuentes.
—Las fuentes. —Daniel abre el cajón de abajo de golpe, donde están las fuentes de hornear, la pila de moldes de loza blanca que mi madre usaba para todo, ordenados por tamaño—.
Toma. Quédatelas. ¿Quieres también las cucharas de palo?
¿El rodillo? Llévatelo todo, total, lo vas a usar tú, ¿no?
Para tus vídeos. Para tu cocinita de revista.
—No empieces.
—El molde de la tarta. —Daniel lo saca de la pila, el molde de la celosía, el acanalado, el que sale en todas las fotos del pasillo año tras año, y lo sostiene en alto entre los dos—. Este lo quieres tú. Seguro. Las tartas siempre te salieron a ti.
—Daniel, deja el molde.
—Las tartas siempre te salieron a ti —repite, y ahora no se ríe—. ¿Sabes que hay una ahí mismo? —Señala con el molde hacia la rejilla, hacia la tarta dura, intacta, de tres días—. ¿Tú la hiciste?
Marina no se mueve.
—La hizo mamá —dice—. Esa la hizo mamá.
—¿La noche que se murió hizo una tarta?
—Eso parece.
—¿A las tantas? ¿Sola? ¿Una mujer de su edad se pone a hacer una tarta de celosía a las tantas de la noche y luego se cae muerta y la tarta sale perfecta? —Daniel deja el molde en la encimera, despacio ahora, y el ruido de la loza contra el mármol es lo único en la casa—. Vale. Lo que tú digas.
Marina coge el molde de la encimera. Lo guarda en la pila, en su sitio, por tamaño. Cierra el cajón.
—Estás cansado —le dice a Daniel, con la voz que no es la suya—. Vete a dormir. Mañana lo ves de otra manera.
Y Daniel, que mide una cabeza más que ella, que le saca quince años de rabia, baja los ojos y se va a dormir.
Subo yo detrás, más tarde. La casa cruje al enfriarse. Paso por delante del cuarto de Lía, entornado, la respiración pequeña de la niña dentro. El de Marina, con la luz aún encendida por debajo de la puerta. El cuarto de mi madre al fondo, cerrado, oliendo a perfume de pera de goma por la rendija.
Mi cuarto.
Empujo la puerta que cerré ayer. El vaso de agua sigue en la mesilla, lleno hasta el borde, con una capa de polvo encima que tiembla cuando piso la tabla suelta. La colcha estirada. Las esquinas metidas. Treinta y ocho años y la cama hecha esperándome.
Me siento en el borde. La cama no cede; el colchón está duro, nuevo, no es el mío, ella lo cambió en algún momento y siguió haciéndola igual de tensa para un hijo que no venía.
Y entonces lo oigo.
Un zumbido fino, eléctrico, bajo, de aparato encendido.
Viene del estante de encima del escritorio, donde de niño tenía los libros del colegio.
Me levanto. Aparto un par de cuadernos viejos, y detrás, contra la pared, hay una grabadora.
Pequeña, de las antiguas, de las de mi madre, de carrete.
La luz roja encendida. Y las dos bobinas girando.
Despacio. Una se llena, la otra se vacía. Llevan girando quién sabe cuánto, comiéndose la cinta en silencio, en este cuarto vacío donde no hay nadie a quien grabar.
Me grababan a mí entrando.