4 Confesión — Tomás
Confesión — Tomás
Villar dijo que grabáramos cuando quisiéramos. Soy el primero. Siempre fui el primero en lo que daba miedo, me lo quitaba de encima antes que nadie y luego me quedaba mirando a los demás dudar.
No sé por dónde se empieza una cosa de estas. Una confesión, lo llamó ella. No tengo nada que confesar de mi madre, esa es la verdad, y a lo mejor por eso soy mal candidato para todo esto. No le guardo rencor. Hay quien sí. Yo no.
Mi madre fue la mejor madre que conocí, y conocí a las madres de medio pueblo, porque de niño me pasaba los días en su cocina mientras las vecinas venían a tomar café y a llorarle sus cosas.
Todas le contaban sus cosas. Tenía algo, mi madre, que hacía que la gente le abriera el pecho y le dejara hurgar dentro, y luego salía con la solución, siempre, una solución que nadie había pedido y que resultaba ser la buena.
Sabía lo que necesitabas antes que tú. Era su don.
Lo decía ella misma, sin presumir, recogiendo las tazas: una madre nota esas cosas.
Conmigo lo notó toda la vida.
Yo fui un niño enfermo. Eso lo sabe todo el mundo, no descubro nada.
Salí delicado, débil de salud, de esos críos que cogen lo que pasa por la calle y lo cogen peor que nadie.
Fiebres que subían de la nada, por la tarde, sin aviso.
Mareos. Días en que me despertaba y el cuerpo no me respondía, los brazos pesados, la lengua de trapo, y ella entraba en mi cuarto antes de que yo la llamara —antes de que yo supiera que iba a necesitar llamarla— y bajaba la persiana, y me ponía la mano en la frente, y decía: hoy tienes un día flojo, mi vida. Échate.
Y yo me echaba. Y ella se quedaba.
Los médicos no encontraban nada. Eso me lo contó ella, porque a las consultas íbamos los dos pero de las consultas no me acuerdo, se me borran, igual que se me borra tanto de aquellos años.
Me llevó a especialistas de la capital. Análisis, pruebas, máquinas.
Nada. Ningún médico supo nunca qué tenía.
Y ella, al volver en el coche, me apretaba la rodilla y me decía que daba igual, que los médicos eran unos inútiles, que ella sí sabía cuidarme aunque ellos no supieran nombrar lo que tenía.
Y era verdad. Conmigo nadie acertaba menos los médicos y nadie acertaba más que ella.
Tenía sus remedios. Un jarabe que preparaba ella, espeso, que sabía a regaliz por encima y a otra cosa por debajo.
El té de las hierbas, el del bote sin etiqueta, el que me daba caliente con una cucharadita de miel y que me dejaba blando y dormido en media hora.
La cuchara siempre la misma, una de plata pequeña que guardaba aparte.
Decía que el sabor era lo de menos, que lo importante era quién te lo daba.
Me daba el jarabe sentada en el borde de la cama, y mientras me lo tomaba me sostenía la nuca con la otra mano, caliente, y no me soltaba hasta que tragaba.
Esto que voy a contar no lo he contado nunca, y no sé si debería, porque suena a queja y no es una queja. Es lo contrario.
El verano que cumplí once años había un campamento.
En el lago, el de los pinos, una semana entera durmiendo en cabañas.
Llevaba meses pidiéndolo. Mi madre no quería —decía que yo no estaba para esos trotes, que el relente del lago me sentaría mal, que quién me iba a cuidar allí si me daba un día flojo—, pero al final, no sé cómo, dijo que sí.
Me ayudó a hacer la mochila. La recuerdo doblándome las camisetas en tercios encima de la cama, alineando los bordes, metiéndome una bolsa con mis cosas, el jarabe incluido, por si acaso.
La víspera cenamos tarta. La de cereza, la de siempre.
Me acuerdo de eso con una claridad que no tengo para casi nada de aquella época: la tarta de celosía, las tiras de masa cruzadas, el relleno oscuro, y ella sirviéndome el trozo más grande y diciéndome que me lo comiera todo, que iba a necesitar fuerzas.
Esa noche me puse malo. Como nunca. Vomité hasta echar bilis, una fiebre que me tenía temblando debajo de tres mantas, y a la mañana siguiente, cuando los demás niños subían al autobús del campamento, yo estaba en mi cama con la persiana bajada y mi madre a mi lado con el paño fresco y la cuchara de plata.
No fui al campamento. Estuve enfermo toda esa semana.
Y fue —y aquí está lo que no sé si debería decir— una de las mejores semanas de mi vida.
Los dos solos en la casa. El silencio. Ella subiendo cada poco con el caldo, con el té, con un libro para leerme.
La mano en la frente. Nadie más. Solo nosotros.
Cuando los demás volvieron del lago quemados por el sol y picados por los mosquitos y contando batallitas, yo no sentí que me hubiera perdido nada.
Sentí que ellos se habían perdido lo mío.
Pasó muchas veces, eso. No el campamento, otras cosas.
La excursión del colegio. La casa de un amigo.
Una vez un partido, que yo jugaba al fútbol de chaval, poco y mal, pero jugaba, y el día de no sé qué torneo amanecí con cuarenta de fiebre.
Siempre que iba a separarme un poco, el cuerpo me fallaba.
Y siempre estaba ella para recogerme. Llegué a pensar que mi cuerpo lo hacía por mí, que sabía antes que yo que fuera no había nada que mereciera dejarla a ella sola en casa.
Mi madre cerraba puertas. Eso también lo sabéis los que crecisteis en esa casa.
Había cuartos que no se abrían, el de la plancha, el armario de las mantas, el suyo.
Yo de niño le preguntaba por qué, y ella me ponía la mano en la nuca y me decía: para que no tengas frío, mi vida.
Nunca le encontré el sentido y nunca me hizo falta.
Una puerta cerrada por mi madre era una puerta que ella había decidido que yo no necesitaba cruzar, y si ella lo había decidido, estaba bien decidido.
Así de simple era vivir con ella. Te quitaba el trabajo de elegir.
No sabéis el descanso que es eso para un niño.
Para un niño enfermo, que no se fía de su propia cabeza, que se despierta y no sabe qué día es ni qué hizo ayer, que alguien decida por ti es lo más parecido a que te quieran que hay.
Porque eso es lo otro que tengo que decir, ya que estoy, ya que hay una luz roja grabándome y un sobre que me va a juzgar.
Yo no me acuerdo de mi infancia.
No como los demás. Daniel se acuerda de todo, lo bueno y lo malo, lo saca cuando quiere hacer daño.
Marina se acuerda distinto, a su manera.
Yo tengo manchas. Hay años enteros que son un borrón, una bruma con algún clavo suelto del que colgar una imagen: la tarta, la cuchara de plata, la persiana bajada, la mano en la frente.
Lo demás se fue. Los médicos decían que era por las fiebres, que las fiebres altas en un niño dejan agujeros.
Mi madre decía que mejor, que para qué quería yo acordarme de haber estado malo.
Que ella se acordaba por mí. Que ella guardaba mis recuerdos a buen recaudo, igual que guardaba todo lo demás detrás de sus puertas cerradas, y que el día que yo los necesitara me los daría.
Ese día no llegó. Se murió con mis recuerdos dentro.
A lo mejor por eso he venido. Más que por la casa, más que por el dinero, que falta no me hace. He venido a ver si en estas setenta y dos horas, en esta casa que huele a lo que olía, me vuelve algo. Un trozo. Lo que sea.
Esta mañana me ha pasado. Bebí el té que me preparó Marina, el de las hierbas, el del bote, y por un segundo vi —
No.Eso no lo grabo.
Eso no es de mi madre. Eso es mío y no sé todavía qué es.
Lo que sí puedo decir, lo único que tengo claro de toda mi infancia, lo único que no se me ha borrado y que no creo que se me borre nunca, es esto:
que estuve enfermo casi todo el tiempo, y que de estar enfermo solo me queda una cosa.
Que ella siempre estaba ahí.
Siempre.
Incluso cuando yo no quería que estuviera.