La Madre Perfecta 3
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La mano de Marina sigue en mi mejilla un segundo más de lo que dura un gesto. Luego la retira, despacio, y se mira la palma, y la limpia contra el vestido aunque no se la he ensuciado.

—Mamá —dice Lía, desde la silla—. La leche está caliente.

—Pues sóplala —dice Marina, y vuelve a ser ella, la voz otra vez la suya, y se levanta a soplarle la leche a la niña.

Daniel ha dejado de pasear. Está junto al aparador con un marco en la mano, uno de los tres niños y la tarta, y lo mira sin verlo. Lo devuelve a su sitio. No queda recto. Marina, sin levantar la vista de la leche de Lía, dice:

—Daniel, el marco.

Daniel lo endereza.

Me levanto. Necesito moverme, salir de este comedor con el mantel almidonado y las tres carpetas y la letra de mi madre escribiendo nuestros nombres desde dentro de la tierra. Digo que voy a abrir alguna ventana. Nadie contesta. Marina sopla la leche.

La casa se recorre sola, eso es lo que tiene.

Uno empieza a andar y la casa lo lleva, porque mi madre la organizó para que se anduviera en un orden, del recibidor al salón, del salón al comedor, del comedor al pasillo de los dormitorios, todo encadenado, sin un rincón muerto, sin un cuarto al que no se llegue. Salvo los que ella cerraba.

Porque siempre había puertas cerradas. De niño lo aprendí pronto: hay puertas que se abren y puertas que no, y las que no son las de mi madre.

El cuarto de la plancha. El armario del pasillo, el alto, el de las mantas.

Su dormitorio cuando ella no estaba dentro.

Probabas el picaporte, lo notabas trabado, y si preguntabas por qué, ella te ponía la mano en la nuca, caliente, y te decía lo mismo siempre, con la misma música:

—Para que no tengas frío, mi vida.

Nunca entendí qué tenía que ver una puerta cerrada con el frío. Lo entendí de otra manera, con el cuerpo, sin palabras: cerrado es seguro, cerrado es de mamá, cerrado es que ella sabe lo que hay dentro y tú no necesitas saberlo.

Subo al piso de arriba. El pasamanos está encerado. Mi mano resbala.

Arriba, el pasillo. Mi cuarto a la izquierda, con la puerta entornada, y por la rendija veo la colcha estirada y el borde de la mesilla y, encima, el vaso de agua.

Sigue lleno. Lleva ahí desde la última vez que dormí en esa cama, vaya uno a saber cuándo, y nadie lo ha vaciado, y el agua se habrá ido evaporando y rellenando con el polvo del aire, y no entro.

Cierro yo la puerta del todo para no verlo.

El cuarto de Daniel. El de Marina. Y al fondo, el de mi madre.

Pruebo el picaporte por costumbre, por el reflejo de cuarenta años. Trabado.

Empujo un poco. La puerta no cede. La cerradura es de las antiguas, de las que piden una llave pequeña, distinta de la de hierro que llevo en el bolsillo y que solo abre la puerta de la calle.

Pego la cara a la madera. Por debajo no sale luz.

Huele, eso sí. Sale por la rendija de abajo un olor a cerrado y a algo dulce por encima, el perfume que ella se ponía, el de siempre, el del frasco con el atomizador de pera de goma, y por un momento ese olor saliendo por debajo de la puerta me revuelve más que la tarta de la cocina, más que el vaso de agua, más que todo.

—Esa no se abre.

Marina, al pie de la escalera, mirándome hacia arriba. No la he oído subir. No ha subido: está abajo, con la cara vuelta hacia mí, y Lía colgada de su mano.

—¿Tienes la llave? —pregunto.

—No la tiene nadie. Villar dice que no estaba entre las cosas. Que mamá no la dejó.

—¿Y cómo entramos a hacer la cama, a…?

—No entramos. —Lo dice sin inflexión, como quien recita una norma de la casa que no admite porqués—. Baja. El té se te está enfriando.

Bajo.

El té me espera en el comedor donde lo dejé, en la taza de la cenefa azul, ya tibio, con una película fina arriba. Marina lo ha vuelto a poner en su sitio, en mi sitio, delante de mi silla. Daniel no está. Lo oigo en el jardín, fuera, un cigarro seguramente, el mechero, la tos.

—Bébetelo —dice Marina. Se sienta enfrente esta vez, con Lía en el regazo, y me mira beber con esa paciencia que tenía mi madre, la de quien tiene todo el tiempo del mundo porque ha decidido que lo tiene.

—No me gusta ese —digo—. El de hierbas. Nunca me gustó.

—Te sentaba bien.

—Me dormía.

—Te sentaba bien —repite, igual, sin subir la voz, y le acaricia el pelo a Lía, y espera.

Y yo lo cojo. No sé por qué lo cojo. Hay algo en estar sentado a esta mesa, con esta mujer enfrente que tiene los ojos de mi madre mirándome beber, que me devuelve a los nueve años, a los doce, a la cama con la persiana bajada, y a los nueve años uno se bebe lo que le ponen delante porque la mano que lo pone es la mano que te cuida, y no hay otra, y no quieres que no la haya.

Bebo.

Está tibio, amargo por debajo de la miel, con ese fondo de hierba machacada que reconocería entre mil. Lo trago. Y el sabor —

El sabor me abre algo.

No es un recuerdo. Es un fogonazo, un golpe de luz que dura lo que un parpadeo y se apaga: la cocina, esta cocina, de noche.

La bombilla encendida. La rejilla junto a la ventana.

El olor a cereza llenándolo todo, caliente, recién, y el grifo abierto, y mis manos debajo del grifo, mis manos bajo el chorro, frotándose una contra otra, y el agua bajando rosa por el desagüe, rosa primero y luego clara, y yo mirándomelas, mirándome las manos hasta dejarlas limpias, limpísimas, blancas —

Y se apaga.

La taza me tiembla en la mano. Un poco de té cae sobre el mantel almidonado y se abre en una mancha marrón con forma de nada.

Marina, enfrente, con Lía dormida ya contra su pecho, me mira la mano que tiembla y la mancha que crece, y no se levanta a limpiarla. No dice el marco, no dice cuidado. Solo me mira, tranquila, con los ojos de mi madre, y espera a que yo diga algo.

No digo nada.

—¿Ves? —dice ella, bajito, para no despertar a la niña—. Te sienta bien. Ya te está volviendo el color.