La Madre Perfecta 2
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No he dormido en mi cuarto. He dormido en el sofá del salón, vestido, con la chaqueta puesta y los zapatos en el suelo, y a las seis ya estaba con los ojos abiertos contando las molduras del techo que mi madre repintaba cada dos años con un rodillo pequeño para que no se notaran las pasadas.

Subir al piso de arriba me parecía mucho pedir.

Mi cuarto sigue siendo mi cuarto. Lo sé sin verlo: la colcha estirada, las esquinas metidas bajo el colchón con esa tensión de hospital, el vaso de agua en la mesilla por si me daba sed de noche.

Treinta y ocho años y mi madre seguía dejándome un vaso de agua.

No quiero entrar ahí. No quiero ver el vaso.

A las nueve y media bajo a la cocina y la tarta sigue en la rejilla.

Nadie la va a mover. Forma parte de lo que Villar llama dejarlo todo como estaba.

Me sirvo un café de una cafetera que no recordaba y que funciona, porque en esta casa todo funciona, el reloj de pared incluido, que esta mañana marca y otra vez está en hora, y yo no le he dado cuerda.

A las diez en punto oigo el primer coche.

Me asomo por el visillo de la cocina. Es Villar, con su carpeta. Aparca donde aparcó ayer. Detrás baja un segundo coche, uno gris con un golpe en la aleta sin reparar, y de él sale Daniel.

Hacía tres años que no veía a mi hermano.

Se ha quedado más flaco de lo que un hombre debería quedarse.

Lleva una sudadera con cremallera subida hasta el cuello aunque hace calor, las manos hundidas en los bolsillos, y se queda parado en la acera mirando la casa antes de decidirse, igual que de niño se quedaba parado en la puerta de la cocina antes de pedir permiso para entrar.

Sube los escalones. El segundo cruje. Daniel se para en seco al oírlo, como si el escalón le hubiera dicho algo, y luego sigue.

Abro yo la puerta antes de que llame.

—Hola —dice.

—Hola.

Nos quedamos así. Hay un abrazo que no nos damos. Huele a tabaco y a otra cosa por debajo, dulzona, medicinal. Mira por encima de mi hombro hacia el pasillo de las fotos y traga.

—Joder —dice—. Está igual.

—Está igual.

—¿Has dormido aquí?

—En el sofá.

Asiente como si eso lo explicara todo, lo cual a lo mejor es verdad.

Entra. Pasa por delante de las fotos sin mirarlas, la vista en el suelo, y al llegar al hueco —el rectángulo más claro donde colgó algo durante años y ya no cuelga— levanta la cabeza medio segundo, lo ve, y aprieta el paso. No dice nada. Yo tampoco.

El tercer coche llega cuando Villar ya está dentro montando su carpeta en la mesa del comedor.

Este no tiene golpes. Es nuevo, limpio, y aparca recto.

Marina baja del lado del conductor con unas gafas de sol grandes y un vestido claro sin una arruga, y del asiento de atrás saca a Lía, que tendrá cinco o seis años y lleva un lazo del mismo tono que el vestido de su madre.

Marina la coge de la mano. Antes de subir los escalones, se detiene en la acera, levanta el móvil y hace una foto a la fachada.

La gira para mirarla. Hace otra. Luego guarda el móvil, le dice algo a la niña, y suben.

El segundo escalón cruje. Marina baja la vista, lo mira, y lo pisa otra vez a propósito, despacio, para volver a oírlo. Sonríe. Sube.

—Tomás —dice desde la puerta, y se quita las gafas.

Tiene los ojos de mi madre. Siempre los ha tenido, pero hoy, con la luz de la mañana entrando de lado por el recibidor, es difícil mirarla mucho rato.

—Marina.

—Estás aquí. —Lo dice con una satisfacción tranquila, como quien confirma una reserva—. Sabía que serías el primero.

Lía me mira desde detrás de la pierna de su madre.

No la conozco. La he visto en pantallas, en las fotos que Marina cuelga, la niña del lazo en cocinas que parecen revistas, pero no la había tenido delante.

Tiene los ojos de Marina, que son los de mi madre, y eso en una cara tan pequeña cuesta un poco.

—Saluda a tu tío —dice Marina.

—Hola —dice Lía.

—Hola.

Pasamos al comedor. Villar nos coloca: Daniel y yo a un lado de la mesa, Marina enfrente con Lía en una silla a su lado, los pies de la niña colgando.

La mesa es la de siempre, la de las comidas de domingo, con el mantel de hilo que mi madre planchaba con almidón.

Hay tres carpetas pequeñas delante de nosotros, una por cabeza, con nuestros nombres escritos a mano. La letra es de mi madre.

—Antes de empezar —dice Villar—, quiero recordarles que yo soy solo el ejecutor. Yo no he redactado estas condiciones. Las redactó su madre, con un abogado de la capital, hace dos años, y las revisó hace cuatro meses. Mi trabajo es que se cumplan.

—Cuatro meses —dice Daniel.

—Sí.

—Hace cuatro meses no estaba enferma.

—Eso —dice Villar, y deja la frase ahí, recogiendo un papel que no necesita recoger.

Daniel se reclina. La silla cruje. Tiene la rodilla en marcha bajo la mesa, arriba y abajo, un motorcito.

Villar lee.

Lee que la casa, las cuentas y todo lo que contienen quedan en suspenso. Lee que para acceder a la herencia —y la palabra que usa es íntegra, la herencia íntegra— los tres hijos deben cumplir una condición. Lee despacio, con la entonación plana de quien ha decidido no opinar:

—«Mis tres hijos permanecerán juntos en la casa familiar durante setenta y dos horas, sin abandonarla.

Durante ese tiempo, cada uno grabará una confesión.

Una confesión sincera sobre mí, sobre quién fui como madre y qué hice por cada uno de ellos.

La herencia íntegra pasará a aquel cuya confesión resulte más sincera. »

Silencio. Lía balancea los pies. El reloj de pared, en el recibidor, da y media.

—¿Más sincera según quién? —pregunto.

Villar pasa la página.

—Hay un sobre —dice—. Sellado. Su madre dejó grabada una última… declaración. Yo no la he oído. Se abrirá y se reproducirá al término de las setenta y dos horas, delante de los tres. Ahí están sus instrucciones para decidir.

—O sea que decide ella —dice Marina.

—Decide ella —dice Villar.

Marina asiente despacio, una vez, y baja la mano para colocar bien el lazo de Lía aunque el lazo está bien.

Daniel suelta una risa por la nariz, corta, sin gracia.

—Esto es de locos. ¿Y si me voy? ¿Si cojo el coche ahora y me voy?

—Entonces renuncia a su parte —dice Villar—. Y su parte se reparte entre quienes se queden. Está escrito.

La rodilla de Daniel se para. La vuelve a poner en marcha.

—Las grabaciones se hacen aquí —sigue Villar, y señala con la barbilla hacia la sala pequeña que da al jardín, el costurero de mi madre—.

Su madre dejó preparado un equipo. Una grabadora.

Entran de uno en uno, cuando quieran, y graban.

Nadie obliga a nadie a contar nada. Pero el sobre lo va a juzgar, así que…

—Se encoge de hombros, y por una vez parece un hombre y no un ejecutor—. Yo que ustedes, contaría.

Reparte los juegos de llaves. A cada uno, una llave de hierro igual que la suya, grande, anticuada, la de la puerta de entrada. Cuando me pone la mía en la mano, pesa más de lo que debería pesar una llave.

—Volveré dentro de tres días —dice—. El martes a las diez. Para entonces tienen que haber grabado los tres. —Recoge la carpeta. Mira el hueco más claro de la pared del pasillo al salir, lo mira un segundo igual que ayer, y no dice nada. Cierra la puerta. El motor. El coche bajando hacia el puerto.

Y nos quedamos los tres. Y la niña.

Daniel se levanta enseguida y empieza a caminar por el comedor tocando cosas, el aparador, los marcos, abriendo el cajón de los cubiertos buenos y cerrándolo, buscando algo que no encuentra o que no sabe que busca.

Marina, en cambio, no se mueve durante un rato largo.

Mira la mesa, el mantel almidonado, las tres carpetas con la letra de nuestra madre.

Después se levanta, recoge las tazas que ni hemos usado, y se va a la cocina con ellas.

La oigo abrir el grifo. La oigo poner algo al fuego.

La oigo abrir y cerrar los armarios sabiendo dónde está cada cosa, sin dudar, porque en esta cocina nada se ha movido de sitio en treinta años y ella se mueve por la cocina de nuestra madre con la soltura de quien la tiene memorizada.

Vuelve con una bandeja. Té para todos, en las tazas de las visitas, las de la cenefa azul. Una para Daniel, una para mí, una para ella. Un vaso de leche para Lía.

—Bebe algo —me dice—. Estás blanco.

—No tengo sed.

—No te he preguntado si tienes sed.

Lo deja delante de mí. El té humea. Huele a hierbas, a la mezcla que mi madre guardaba en un bote sin etiqueta y que llamaba «el de los nervios».

Daniel se acerca, coge su taza, la huele, hace una mueca y la deja sin beber.

Vuelve a sus paseos. Marina se sienta a mi lado, no enfrente, a mi lado, donde estaba Daniel, y se queda mirándome con esos ojos.

Me pone una mano en la mejilla. Tiene la mano caliente del fuego, de la cocina, del agua que ha calentado.

Me gira la cara hacia la luz. Me mira las ojeras, el blanco de los ojos, la forma en que no termino de enfocar.

—Pobre —dice, bajito, solo para mí—. Otra vez los días flojos.

Y la voz con que lo dice no es la suya.

Es exacta. La melodía, la pausa antes de «pobre», la manera de cortar la palabra «flojos» por la mitad y dejarla caer.

No la oía desde hacía años. La oía cuando tenía nueve, doce, quince, tumbado en mi cama con la persiana bajada y una mano caliente en la mejilla girándome la cara hacia la luz para mirarme los ojos.

Marina me sostiene la cara un segundo más.

—No te preocupes —dice, con esa voz que no es la suya—. Ya estoy yo aquí.