La Madre Perfecta 1
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La Madre Perfecta

La Madre Perfecta

Por Enzo Della Cecilia

© inepub.com

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La casa huele a cereza y a lejía. Las dos cosas a la vez, peleándose, y eso lo sé antes de cruzar el umbral, antes incluso de que Villar baje del coche con la carpeta apretada contra el pecho como un escudo de papel.

—Lo he dejado todo igual —dice—. No hemos tocado nada. Su madre fue muy concreta en eso.

Concreta. Mi madre dejó instrucciones concretas para el día en que la encontraran muerta. Debería extrañarme. No me extraña.

El pueblo huele a marea baja, a algas y a sal vieja, y la casa de los Marén está donde ha estado siempre, en lo alto de la calle que sube desde el puerto, con las contraventanas pintadas de un verde que ya no se fabrica y los geranios en latas de tomate que mi madre repintaba cada primavera para que parecieran macetas de verdad.

Hay un coche moderno aparcado al lado del de Villar.

El móvil de Villar vibra en su bolsillo y él lo silencia con la mano sin mirarlo.

Lo demás —la casa, la calle, el aire— podría ser de hace setenta años.

Mi madre se ocupó de eso. Mi madre se ocupó de todo.

Subo los tres escalones del porche. Los conozco. El segundo cruje. Lo pisé miles de veces de niño y crujía, y sigue crujiendo, y eso me revuelve algo en el estómago que no quiero nombrar.

—¿Cuándo la encontraron? —pregunto.

—El martes. Por la mañana. La señora Pinto, la vecina. Tenían café los martes.

Hoy es viernes. La cuento hacia atrás: martes, lunes, domingo.

El domingo es un agujero. No sé dónde estuve el domingo.

Sé que recibí una llamada, que cogí el coche, que conduje hasta aquí por una carretera que he hecho mil veces, pero el trayecto se me deshace en cuanto intento mirarlo de frente.

Hay tramos. Hay un área de servicio con una máquina de café que escupía vasos vacíos.

Hay un peaje. Y entre el peaje y este porche no hay nada, un blanco liso, planchado.

Me pasa. Desde niño me pasa. Lo llamábamos «los días flojos», mi madre y yo, como si fuera una gripe que iba y venía. Tienes un día flojo, cariño. Échate. Y yo me echaba, y cuando despertaba el día se había gastado entero sin mí.

Villar abre la puerta. La llave es grande, de hierro, de las que ya nadie tiene, y entra en la cerradura con un sonido que reconozco en los dientes antes que en los oídos.

Dentro está todo en su sitio.

Eso es lo que más cuesta. Que esté todo en su sitio.

El recibidor con el perchero vacío —mi madre nunca dejaba un abrigo colgado, los abrigos se guardan, un abrigo a la vista es desorden—, el espejo ovalado con el marco de escayola que ella pintaba de dorado con un pincelito, el reloj de pared dando la hora exacta.

Alguien le ha dado cuerda. El reloj de una muerta no debería estar en hora.

Alguien sube cada pocos días a darle cuerda al reloj de mi madre muerta, y por la forma en que Villar evita mirarlo, sé que no es él.

—El testamento —empieza, y se aclara la garganta—. Sus hermanos llegan mañana. Su madre quería que se leyera con los tres presentes. Hay… condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Mañana. —Aprieta la carpeta—. Lo siento. Son instrucciones.

Otra vez la palabra. La dejo pasar.

Camino por el pasillo. No me invita; ya no hace falta que nadie me invite, esta casa es mía ahora, o de los tres, o de quien mi madre haya decidido en su carpeta que la merece más.

Las paredes están cubiertas de fotos enmarcadas, todas del mismo tamaño, todas a la misma altura, medidas con regla.

Nosotros tres de pequeños en la playa. Nosotros tres de pequeños en el porche.

Nosotros tres delante de la tarta de cumpleaños, siempre la misma tarta, la de celosía, la de cereza, año tras año, una hilera de niños sonrientes envejeciendo de marco en marco con la misma tarta debajo de la cara.

Hay un hueco. Un rectángulo más claro en la pintura, donde colgó algo durante años y ya no cuelga. Paso el dedo por el borde. Limpio. Aquí también ha limpiado alguien.

—La cocina —digo, y no es una pregunta.

Villar se queda en el pasillo.

—Yo le espero aquí, si no le importa.

La cocina de mi madre es lo más limpio que he visto nunca.

Lo era cuando ella vivía y lo sigue siendo ahora, y eso tiene algo de obsceno, una cocina donde murió una mujer hace tres días y que reluce como un anuncio.

El suelo de baldosa blanca y negra friegado hasta el brillo.

La encimera vacía. Los paños doblados en tercios sobre la barra del horno, los bordes alineados.

El olor a lejía sube del suelo, sube de las juntas, y por encima, flotando, dulzón, terco, el de la cereza.

Y en la rejilla, junto a la ventana, la tarta.

Sigue ahí. Nadie la ha movido. La celosía perfecta, las tiras de masa cruzadas una sobre otra con esa paciencia que yo nunca tuve y que a Marina le salía a la primera, el relleno oscuro asomando por los rombos, cuajado ya, mate.

Una tarta de cereza enfriándose en una cocina vacía. Lleva tres días enfriándose.

Me acerco. No sé por qué me acerco.

—La encontró así —digo, en voz alta, para que Villar lo oiga desde el pasillo—. La señora Pinto. ¿La tarta estaba aquí?

Un silencio. Luego su voz, cuidando las palabras:

—Sí. Estaba… recién hecha. Eso dijo. Que entró por el olor. Que olía a tarta recién horneada y que por eso entró, porque pensó que su madre estaba cocinando.

—El martes por la mañana.

—Sí.

—¿Y mi madre llevaba muerta…?

Villar tarda.

—El médico dijo que desde la noche anterior. Varias horas.

Toco la masa con la punta de un dedo. Está fría. Dura. Lleva días muerta, igual que ella. Lo que toco ahora es una tarta de tres días, una piedra dulce que nadie va a comerse.

Pero el martes por la mañana estaba caliente.

Olía a recién hecha. Una vecina entró a una casa pensando que mi madre cocinaba, y mi madre llevaba desde la noche anterior tirada en este suelo blanco y negro, y la tarta, encima de la rejilla, junto a su cuerpo, todavía soltaba ese olor que se cuela por debajo de las puertas y te hace pensar que alguien te quiere.

Las tartas no se hacen solas. No se quedan calientes ocho, diez, doce horas.

Alguien la metió en el horno. Alguien la sacó.

Alguien la dejó enfriando en la rejilla mientras mi madre se enfriaba en el suelo, y luego ese alguien apagó la luz y bajó los tres escalones del porche, y el segundo crujió, seguro que crujió, y nadie lo oyó porque ya no quedaba nadie vivo en la casa para oírlo.

Retiro el dedo. Me lo limpio en el pantalón, aunque no se me ha pegado nada.

Pienso en el domingo. En el agujero del domingo.

En la carretera que se me deshace, el área de servicio, el peaje, y después el blanco.

Intento meter la mano dentro de ese blanco y palpar, a ver qué hay, a ver si hay una cocina, un horno, un cuenco con cerezas, mis propias manos haciendo una celosía que nunca en mi vida he sabido hacer.

No hay nada. El blanco es liso. El blanco siempre ha sido liso, desde niño, esa es la cuestión, esa ha sido siempre la cuestión conmigo.

—¿Señor Marén? —Villar, desde el pasillo—. ¿Se encuentra bien?

—Sí.

No me encuentro de ninguna manera. Estoy de pie en la cocina de mi madre tocando una tarta que no debería existir, y la pregunta que no me voy a hacer en voz alta, la que me trago aquí mismo, sobre estas baldosas tan limpias, es muy sencilla, tan sencilla que da risa:

Si yo no sé dónde estuve el domingo, ni el lunes, ni la noche del lunes —

—Voy a cerrar ya —dice Villar—. Volveré mañana con sus hermanos. A las diez.

—Vale.

No se mueve. Lo noto en el pasillo, dudando, con la carpeta y el escudo de papel.

—Su madre lo quería mucho —dice al fin—. A los tres. Lo decía siempre. Que lo único que hizo bien en esta vida fueron ustedes tres.

Y ahí está. La frase que la gente de este pueblo lleva diciéndome desde que tengo memoria, la frase que se dice de las buenas madres, de las madres perfectas, de las madres que repintan latas de tomate para que parezcan macetas y miden con regla la altura de las fotos y te dan un té cuando tienes un día flojo y te quedas tan bien, tan flojo, tan suyo.

—Gracias —digo.

Oigo cómo recoge sus cosas. Oigo la puerta grande, la llave de hierro, el motor de su coche moderno arrancando y bajando hacia el puerto. Y luego la casa se queda como le gustaba a ella: en silencio, ordenada, oliendo a dos cosas a la vez.

Me quedo en la cocina más tiempo del que tiene sentido quedarse.

La tarta está fría. La encontraron caliente.

Entre esas dos cosas hay una noche entera y unas manos que la sacaron del horno, y yo no sé de quién eran esas manos, y lo único que sé, lo único de lo que estoy seguro en toda esta casa tan limpia, es que las mías, cuando me las miro ahora, bajo la luz blanca de la cocina de mi madre, están impecables.

Demasiado impecables.

Como si alguien me las hubiera lavado.