20 Delia
Delia
Ya has oído a tu hermano. Casi todo. Lo de la escalera, lo de las dos letras, lo que cree que vio y lo que no se atreve a decir que vio.
No le hagas mucho caso, mi vida. A Daniel lo quiero, que conste, lo quiero como se quiere a un hijo que salió blando.
Pero Daniel cuenta las cosas según le pesan, y a Daniel le pesa todo, porque nunca aprendió a cargar nada.
Por eso se va. Toda la vida igual: se va para no cargar, y como fuera tampoco sabe, vuelve.
Daniel siempre necesitó irse para poder volver.
Es lo único que sabe hacer, irse y volver, irse y volver, y por el camino buscar una culpable.
La culpable soy yo. Lo he sido siempre. No me importa. Para eso está una madre.
Pero hay algo suyo que es verdad de toda la vida, y quiero que lo oigas de mi boca antes de que él te enrede con lo demás: tu hermano mira para otro lado.
Siempre miró para otro lado. Se fue del campamento del lago sin mirar atrás.
Se fue de esta casa en cuanto le crecieron las piernas.
Se va de todo. Así que lo que te cuente de haber visto algo, lo que sea, no lo creas del todo.
No porque mienta. Porque Daniel no mira lo que no quiere ver.
Él mismo te lo dirá, si es honrado: que no miró.
Ahora le toca a tu hermana.
Y tu hermana es harina de otro costal. Escúchala bien.
Daniel se iba; Marina nunca necesitó irse.
Se quedó. Desde chiquitita se quedó, a mi lado, en la cocina, mirándome las manos, aprendiendo lo que yo hacía sin que yo tuviera que enseñárselo.
No le hizo falta marcharse para volver, porque no se marchó nunca.
Y la que nunca se va, hijo, es la que de verdad se queda con la casa.
Escúchala.
Y no la juzgues por lo tranquila que la veas.
Yo también estuve siempre tranquila. Es lo que tiene saber exactamente lo que necesita cada uno:
que a una ya no le tiembla la mano.