Capítulo 12
S am Cooper iba a cobrar sus deudas como otros hombres iban a por el pan.
Lo hacía a pie, durante tres días, con Charlie pisándole los talones, con gorra y pana.
Llevaba una cartera sin nada en particular para que parecieran ir por asuntos del oficio.
Y Londres se abrió. No el Londres que Charlie conocía, la ciudad de escaparates, campanillas y mostradores, sino la ciudad que había detrás.
La que trataba con los muertos, verja a verja, camposanto a camposanto, hasta llegar al gran cementerio de Kensal Green.
El sepulturero de allí era un hombre largo y gris llamado Hobbes, que recibió a Sam con una expresión que Charlie vería una y otra vez aquella semana. Mitad bienvenida, mitad recelo, todo memoria.
—Creía que estabas muerto, Cooper.
—No por falta de práctica. Este es el muchacho de Trent, viene conmigo.
Sam se acomodó en el banco junto a la puerta de la caseta como si el banco y la caseta se hubieran construido a su alrededor. —Margaret Ives, enterrada desde Gloucester Place, en la primavera del sesenta y cuatro. Quiero su parroquia, el día, quién la siguió y quién pagó.
—Quieres. Veinte años, y todavía quieres.
Hobbes alzó la vista al cielo y nombró una deuda de taberna con cierta antigüedad. Sam nombró otra mayor en el otro sentido. Los dos guardaron juntos un breve silencio de honor.
Luego el sepulturero entró y fue a buscar el registro de enterramientos.
Esa fue la primera puerta, y todas las demás se abrieron igual.
No con dinero. El dinero, decía Sam, era para extraños.
Aquellas puertas se abrían a una moneda más antigua: los favores y los silencios de un oficio que llevaba cuarenta años enterrando los secretos de los demás.
Un sepulturero aquí, un secretario parroquial allá.
Un empleado de funeraria en Camberwell, un hombre tan habituado a la tristeza profesional que lloraba quedamente mientras hablaba.
Lloraba por costumbre mientras se lo contaba todo.
Los registros fueron soltando a los muertos, uno por uno.
Margaret Ives, enterrada en Kensal Green, el cuatro de abril de 1864.
Edward Carr, nueve años, enterrado en Highgate, el once de noviembre de 1862.
Honoria Carew, enterrada en Norwood, el dos de octubre de 1865.
Parroquia, parcela, oficiante, todo ello escrito con letra cuidada.
Todo ello tan público como el amanecer para cualquier alma a la que se le ocurriera mirar. Y ninguna lo había hecho.
Entre una puerta y otra, había caminata, milla tras milla, y Sam hablaba mientras andaban, con su voz de grava, pausada, de la ciudad de los muertos y de sus usos.
Cada parroquia guardaba sus registros, decía, y cada registro tenía su guardián, y cada guardián tenía su precio o su amabilidad.
La ley creía que vigilaba a los vivos. En verdad, eran los muertos quienes mejor quedaban registrados, desde la proclamación de amonestaciones hasta el pago de la lápida.
Un hombre capaz de leer ese registro podía seguir a cualquier familia de Inglaterra hasta su casa.
Y detrás de cada entrada, cuando las preguntas de Sam se ponían en marcha, la misma figura salía de la niebla.
El empleado de pompas fúnebres de Camberwell recordaba en particular el funeral de Carew y lloraba suavemente al evocarlo.
De categoría, dijo. Todo de lo mejor, roble y latón, cuatro caballos, plumas.
Y puntual. Los de pompas fúnebres —explicó, secándose los ojos— vivían y morían de que las cuentas se saldaran a tiempo, siendo el duelo lo que era y las familias lo que eran.
Esta cuenta quedó saldada en el día exacto.
—No la pagó la familia, ojo. La pagó el procurador de la familia. Vino él mismo al patio con la letra, toda redactada como es debido.
El empleado sonrió entre brumas.
—Un caballero discreto. De labios finos. No lo distinguiría uno en una multitud de dos personas.
Charlie mantuvo la cara de muchacho, tomó nota en la cabeza y no dijo nada.
Un caballero discreto. Pagaba sin regatear.
Era otra vez el vestíbulo de Eaton Place, la lista en aquellas manos pálidas, el luto dirigido artículo por artículo, sin sentir nada.
La misma figura, quieta al otro lado del pago, funeral tras funeral, año tras año.
Un hombre que acudía a la misma cita con distintos abrigos.
—Ahora, los testamentos —dijo Sam la tercera tarde—. Y esa puerta, muchacha, puede cruzarla cualquier súbdito de la Reina por un chelín. Se llama Somerset House.
Había pasado ante aquel lugar toda su vida y ni una sola vez se había preguntado qué albergaba.
Se alzaba en el Strand como un palacio que hubiera renunciado a seguir esperando que lo habitaran, hectáreas de piedra gris en torno a un patio.
Dentro, en una sala alargada con suelo de tablero de ajedrez, aguardaban por millares los testamentos ya legalizados de Inglaterra, al alcance de cualquiera.
Un chelín por búsqueda. El escribiente cogió la moneda de Charlie sin alzar la vista.
Había esperado sentirse pequeña allí. En cambio, de pie ante los pupitres de índices, con los grandes libros de registro abiertos ante ella, sintió lo contrario.
Tardó un momento en poner nombre a la sensación.
Todo el mundo en aquella sala era igual ante el papel.
Los índices no distinguían Belgravia de Camden.
Sam había dicho que el dinero tenía que vivir a la vista, con sus mejores galas.
Allí estaba lo abierto. Y un muchacho con gorra plana tenía tanto derecho a mirar como un duque.
Los encontró igual que encontraba las placas en los estantes. Por año, por nombre, según el método de su padre: pequeños círculos, sin prisa.
Ives. Legalización del testamento, 1864.
Copió a lápiz en el cuaderno rojo los pormenores que daba el índice, y luego la copia registrada dio más.
La herencia de Margaret Ives, pupila, con su fortuna mantenida en fideicomiso por el difunto comandante Ives.
Herencia liquidada, fideicomiso extinguido.
Albacea y fideicomisario, el señor Christian Sawkins, procurador, de Carey Court.
El lápiz se detuvo en el nombre y siguió.
Carr. Legalización del testamento, 1863; los asuntos del muchacho tardaron más, por ser menor de edad y estar el fideicomiso embrollado.
La herencia de Edward Carr, mantenida en fideicomiso procedente de su abuelo.
Fideicomiso extinguido. Albacea y fideicomisario, el señor Christian Sawkins, procurador.
Carew. Legalización del testamento, 1866. La herencia de Honoria Carew, viuda, su renta de viudedad y sus bienes vinculados. Herencia liquidada. Albacea y fideicomisario, el señor Christian Sawkins, procurador.
Tres legalizaciones. Tres años. Tres muertos.
Un nombre solo, cumpliendo su cita en cada página.
Charlie se echó hacia atrás en la silla dura, en la larga habitación de tablero de ajedrez, con el lápiz entre los dedos manchados. Dejó que la suma cuajara sola. Llevaba toda la semana sumando y solo quería su última línea.
Unwin daba con ellos y firmaba por ellos.
Fiebre, y ninguna pregunta. Sawkins guardaba su dinero, liquidaba sus herencias y pagaba sus funerales y sus fotografías, con puntualidad, sin regatear, con aquella caligrafía impecable de domingo.
Y cuando cada fideicomiso se extinguía, todo cuanto había dentro pasaba por aquellas manos pálidas y calladas.
Nadie había mirado nunca. Todo, en todas partes, estaba en orden, y el dolor no lleva libros de cuentas.
C. Sawkins. La firma pulcra al pie de una carta con ribete negro. Firmado por el procurador de la familia.
Les había escrito él mismo. Había estado de pie en aquel vestíbulo y había convenido los honorarios de su padre sin pestañear. Partida: un fotógrafo. Había observado la tienda, la caja de placas y al muchacho, inventariándolo todo. Había preguntado, con suavidad, dónde se guardaba el negativo.
Al día siguiente pasó por delante de sus oficinas.
Había sido idea suya, y Sam estaba en contra, y aun así lo hizo.
Aquella noche tuvieron su primera pelea por eso.
Sam ganó para el futuro perdiendo para el pasado.
Carey Court era un patio adoquinado y silencioso junto a Chancery Lane, lleno de placas de latón y persianas echadas, uno de esos lugares donde hasta las palomas caminaban.
La placa del número cuatro decía, en letras que alguien mantenía bruñidas, señor C. Sawkins, procurador.
Un recadero cruzaba patios así todo el santo día. Charlie lo cruzó a trote de recadero, con la gorra calada, la cartera balanceándose, los ojos en ninguna parte.
A través de la ventana de la planta baja, entre la persiana y el alféizar, una lámpara ardía en un escritorio, y ante él una figura escribía.
Boca fina. Gris de oficinista. La pluma corría con constancia y él no levantó la vista.
No había nada que ver, nada en absoluto, solo un hombre de negocios ocupado en sus asuntos.
Y eso era exactamente lo que una persona prudente había venido a ver y dar por visto.
No miró dos veces. Mirar dos veces era cosa de imprudentes.
Pero una bastó. Una vez bastó. Una vez lo dejó fijado.
Esa es la mano, pensó mientras mantenía su trote, pasando junto a la placa y saliendo del patio y metiéndose ya en la multitud de Chancery Lane.
Esa mano de ahí, sujetando la pluma. Y un escalofrío la recorrió, que no era miedo; o no era solo miedo.
Por fin, después de todas aquellas semanas, aquello tenía forma y dirección postal.
Una cosa con forma y con dirección se puede cazar.
Aquella noche, en el mostrador, a la luz de la lámpara, Charlie rayó una página nueva del cuaderno rojo.
Las trazó despacio y con trazo fino, y arriba escribió la fecha.
Luego se quedó un rato con la pluma suspendida, buscando las palabras más llanas.
La regla de su padre. Un registro era una red.
Escríbelo de modo que un extraño pueda leerlo y entenderlo, porque puede llegar el día en que un extraño tenga que hacerlo.
Entonces escribió su trazado, con claridad y con su mejor letra.
El doctor Unwin los atiende, y mueren de fiebre, que es mentira. La marca en las cuatro gargantas es la de un solo pulgar.
El señor Sawkins, de Carey Court, guarda su dinero en fideicomiso. Se encarga de todo y lo paga todo, con prontitud. Cuando han muerto, liquida él mismo las herencias. Todo el dinero pasa por sus manos.
Unwin firma las defunciones. Sawkins liquida el dinero.
Lo leyó una vez de principio a fin, hundió la pluma en el tintero y añadió la última línea. Era aquella hacia la que toda la semana se había encaminado. Hizo que Sam, al leer por encima de su hombro, dejase la pipa despacio sobre el mostrador.
Los muertos siempre acaban en sus manos.