La luz del luto Capítulo 8
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Capítulo 8

E l cirujano era un hombre enérgico, de manos frías y mirada bondadosa. Manejaba palabras llanas como otros hombres manejaban consuelos.

—Un brazo roto, bien entablillado. Un cráneo fisurado, que está curando, aunque los cráneos se toman su tiempo para estas cosas. Tendrá dolores de cabeza. Dirá disparates unos días más, luego menos disparates, y luego hablará con sentido.

Miró por encima de las gafas.

—Su padre es un hombre fuerte, señorita Trent, con el cráneo duro, y lo digo como el mayor elogio en mi profesión. No corre peligro. Necesita semanas de cama y sosiego. Semanas, como poco, y puede alargarse meses. No días.

—Semanas —dijo Charlie.

—Puede quedarse con él hasta que suene la campana.

Señorita Trent. Casi había mirado por encima del hombro para ver quién era.

Había que pensarlo bien, como todo últimamente.

Un muchacho desconocido no podía sentarse junto a la cama de un hombre, hora tras hora, sosteniéndole la mano.

Un aprendiz no significaba nada para Nathaniel Trent a ojos de un hospital.

Una hija lo era todo y podía entrar y salir como hacen las familias.

Así que fue Charlotte quien avanzó por la larga sala bajo las altas ventanas. Charlotte con el vestido gris y el chal de su madre, en un día laborable, con el corazón golpeándole en los oídos a cada paso. Cama tras cama de hombres rotos y hombres que iban curando.

La enfermera de sala, sentada a su mesa, la miró de arriba abajo una vez y mojó la pluma.

—¿Qué parentesco tiene con el paciente?

—Hija, señora.

Hija, escribió la enfermera, con letra redonda y oficial, en el libro de visitas, junto al apellido Trent.

Y allí estaba, por fin, la verdad asentada en un registro, como todo lo demás en la vida de Charlie.

Era extraño el consuelo que podía dar una palabra escrita.

Solo más tarde aprendió cuánto podía costar una palabra escrita.

Su padre yacía en la octava cama, y su padre era un hombre viejo.

Eso fue lo primero que vio, antes de que sus ojos lo corrigieran.

El vendaje le bajaba sobre una ceja. La barba se le veía gris contra la almohada, y el brazo sano descansaba sobre la manta.

El brazo, sujeto en las tablillas, le cruzaba el cuerpo como un paquete enviado por correo.

Tenía la cara del color de las paredes de la sala.

Entonces abrió los ojos, y al fin era Papá, y algo en el pecho de Charlie se aquietó.

—Lottie —dijo.

No Charlie. Lottie. La voz le salía lenta y espesa por aquello que le habían dado. Tenía una mirada flotante, como si la mirara a través de la ventanilla de un coche de punto en movimiento.

—Estoy aquí, Papá.

Estuvo sentada con él una hora, y fue una hora extraña.

Él iba y venía. Preguntó por el bebé de los Henderson y por si el barniz ya había endurecido, y luego volvió a preguntar lo mismo.

Una vez la llamó por el nombre de su madre, suavemente.

Ella respondió, porque el cirujano había dicho que se le dejara tranquilo.

Entonces, en mitad de aquellas naderías apacibles, la mano buena de su padre le encontró la muñeca y la aferró. La mirada flotante desapareció por completo de sus ojos.

—Cierra el estudio —dijo.

—Papá...

—Ciérralo y déjalo en paz. ¿Me oyes? Fuera lo que fuese, ya está hecho, han conseguido lo que venían a buscar. Ya no queda en ese estudio nada que valga un cuarto para nadie. Deja que siga roto. Déjalo en paz, Lottie. Prométemelo.

Le apretaba la muñeca con mucha fuerza, y tenía los ojos muy claros. Charlie comprendió que, bajo el vendaje y la droga, su padre estaba enteramente presente y enteramente asustado. Había esperado su momento para decir aquella única cosa.

Le puso la mano libre sobre el pelo, que se le alzaba en mechones grises por encima del vendaje, y se lo alisó. Era como él había alisado con dos dedos el pelo de un niño muerto. Con cuidado, como si pudiera despertarlo.

—Descanse ahora —dijo—. Me ocupo de todo. No se preocupe ni un solo minuto. Se está haciendo todo exactamente como debe hacerse.

Todas y cada una de aquellas palabras eran verdad, y ninguna era una promesa. Vio cómo la mente cansada de su padre la tomaba por tal, se aflojaba y lo dejaba dormir.

Se quedó sentada mientras él dormía e hizo las cuentas.

No había remedio. Las cuentas acudían y se quedaban alrededor de la cama como acreedores ante una puerta, y no había manera de hacerlas marchar.

Primero, los gastos del hospital. Luego el alquiler del estudio y las habitaciones, con el vencimiento trimestral a menos de seis semanas.

La factura del boticario, firmada apenas el viernes.

Vidrio, estantes, botellas, una lámpara roja, el centenar de pequeñas herramientas del oficio.

Todo había que reponerlo antes de que el estudio pudiera ganar siquiera un chelín.

Y frente a todo eso, el libro de pedidos.

Vacío. Los Henderson pospuestos, y todos los que venían detrás, y la noticia corriendo calle arriba, calle abajo, con la leche.

Han cerrado lo de Trent. A Trent le han destrozado el estudio. Pobre Trent.

Los honorarios de los Breakwell cubrirían una parte. Si Belgravia pagaba.

Le dio vueltas a esa idea con cuidado, como a una placa que pudiera estar velada.

Les debían los honorarios. Eran generosos y provenían de la misma mano que había soltado a los hombres en la oscuridad.

Bien. El dinero no tenía memoria. Lo cobraría hasta el último penique y se mostraría cortés en la puerta.

El hombre de los ojos pálidos podía aprovecharse de la docilidad de los Trent cuanto quisiera.

Los comerciantes asustados son comerciantes callados. Que siguiera pensándolo.

Sin trabajo, estaban arruinados mucho antes de que su padre pudiera volver a andar. Esa era la verdad, simple y llana. El cirujano dijo semanas, y el dinero daba para días, y entre esas dos cifras solo había una cosa que poner.

Ella.

Charlie volvió a casa desde el hospital por el camino largo, con el vestido gris, pensando. Para cuando dobló la esquina, ya lo tenía decidido. Charlotte fue a parar al baúl, debajo de la cama. La gorra bajó de su gancho.

El cartel le llevó tres intentos aquella tarde, con su mejor letra de imprenta, en el reverso de un cartón estropeado.

ESTUDIO FOTOGRÁFICO TRENT. Estando el propietario indispuesto, el estudio se encarga entretanto de COPIAS y PEQUEÑAS SESIONES. Preguntar en el interior.

Lo apoyó en la ventana contra una pila de estantes remendados y encendió la lámpara detrás para que la calle pudiera leerlo. Luego se quedó un momento fuera, en la acera, bajo el frío, mirando su propia obra como una extraña.

Un muchacho de quince años, sacando adelante un negocio él solo.

No era imposible. En Camden había recaderos más jóvenes que mantenían a familias enteras.

A nadie le gustaría, y alguien murmuraría, y el trabajo llegaría de todos modos.

El luto no espera a una cabeza rota, y mitad de precio es mitad de precio.

Lo otro que decía el cartel, para un lector en concreto, si ese lector se molestaba en mirar, se obligó a afrontarlo.

Decía que el muchacho sigue aquí.

Pues que lo diga. Esconderse parecía culpa. Una tienda abierta, un cartel colgado, un chaval barriendo la entrada por la mañana. Eso parecía inocencia, y la inocencia era la mejor coraza que podía permitirse.

Aun así, aquella noche atrancó la puerta con la barra nueva que había colocado el carpintero y se llevó el atizador a la cama.

No durmió, o durmió como viajaba el cajón de las placas: a sacudidas; alerta.

La calle fue desfilando sus ruidos. Las últimas voces de la taberna.

Un perro. Carros, a largos intervalos, que surgían de la niebla y seguían de largo.

Y todos y cada uno de ellos, para sus huesos en vela, aminoraban la marcha al llegar al estudio, se detenían fuera y se quedaban allí, respirando.

Ninguno se detuvo. Todos se detuvieron. Ambas cosas fueron ciertas la noche entera, y la mañana llegó gris y sin descanso por las rendijas de los postigos.

Antes del alba, en el cuarto oscuro, a la luz de una vela, Charlie levantó la tercera baldosa de la pared por última vez.

Ya no era un buen lugar. Había sido un buen lugar mientras nadie vivo lo conocía salvo ella, y eso se había terminado.

Su padre había yacido a un metro de allí mientras unos hombres rajaban fundas en la oscuridad.

El escondite era sólido, pero el mundo a su alrededor se había desplazado, y un escondite solo es tan bueno como el mundo que lo rodea.

Bajo el estante del carbón, al otro lado del cuarto oscuro, las baldosas estaban encajadas con más firmeza.

Le llevó casi una hora con la espátula soltar una.

Las manos le temblaban mucho antes de que cediera, y no era del frío.

Escarbó el hueco más hondo. Lo forró con pizarra.

El paquete de hule entró, la baldosa bajó y el polvo de carbón volvió a cubrirlo.

Alisó, esparció y volvió a alisar a la luz de la vela, hasta que su propio ojo, que lo sabía, no pudo encontrar la línea de la junta.

Luego se sentó sobre los talones en el suelo del cuarto oscuro, negra hasta las muñecas. Se enfrentó a aquello de lo que llevaba tres días huyendo.

Tenía la placa. Había conservado la placa. Y no tenía la menor idea, ninguna, de qué iba a hacer con ella una chica con gorra.

Si la llevaba a la policía, sería la palabra de un muchacho y una mancha en una placa contra el certificado de un médico. El sargento suspiraría y lo archivaría sin más. Y los hombres en la oscuridad sabrían exactamente qué había sobrevivido, y dónde vivía, y quién.

Si la llevaba a Belgravia, le llevaba el último testigo a la puerta del asesino.

Si se lo decía a su padre, lo plantaba de nuevo en la puerta del cuarto oscuro, destrozado, para siempre.

Conservarla, esperar y aprender. Aprender quién sacaba provecho, y quién firmaba, y quién observaba. En algún lugar de ese mundo alto y silencioso había un hilo del que unos dedos pequeños y manchados podían tirar, si tan solo encontraba el cabo.

La vela agonizó. Calle abajo, el primer carro de la mañana surgió de la niebla y no se detuvo.

—Lo guardo —le dijo Charlie al polvo de carbón, y subió a abrir la tienda.