–VI– #2
Si hubiera sido un hombre, ya habría ordenado matarla en ese mismo momento.
Se adelantó un paso, para tratar de deshacer el instante, y puso un pergamino entre sus manos.
–He copiado para ti los versos que cantarán mañana tu última victoria en tierras leonesas –murmuró sin reproche, más bien con una tristeza infinita–.
Ya están transcritos para que las copistas los lancen en todas direcciones.
Éstos, para tu recuerdo, los he copiado en la mejor vitela, con oro en las iniciales.
Son versos perfectos, hábiles, que comparan tu espada con el rayo divino.
Son versos que... obedecen. Obedecen a su arquitecto para sustentar algo que no puede venirse abajo. Como los pilares de la mezquita.
Él respiró hondo. Pensó en los poetas a sueldo, en las odas que se escribían antes de que ocurrieran los hechos, en esa tentación –tan humana– de controlar el relato.
Y pensó, también, en lo que no podía controlar: la mirada ajena, la crónica del otro lado, la historia que los cristianos escribirían sobre él sin molestarse en pedirle audiencia. La otra orilla.
–Preferiría que te quedaras aquí –admitió–. Preferiría que me ayudaras a contar desde aquí la gloria del califato.
Lubna sonrió con tristeza. ¿De verdad no se daba cuenta? Nunca había habido tantos versos en la corte como ahora, cuando ya no había nada que decir.
–Tienes una legión de contadores. La adulación es rentable..., pero yo siempre he deseado contar lo que veo –dijo, honesta–. Quiero ser una voz, no parte de un coro.
El silencio cayó como una tela fina. Almanzor entendió entonces, no sin pesar, casi con dolor físico, que perderla era perder un espejo que no devolvía halagos.
–¿Quién me dirá la verdad si tú no estás? –preguntó, contrito–. Sin tu voz crítica, ¿cómo sabré si me equivoco?
Ella le dibujó una sonrisa franca y lo miró a los ojos.
–Tú no buscas la verdad –constató–. Si me quedo, mi silencio será complicidad. Y mi voz un sonido disonante que tendrías que mandar acallar. Quiero pensar que no querrías hacerlo. Que eso te haría daño, y que por ello acabaríamos destruyendo lo último que nos queda: el respeto.
«¿Es eso lo último que nos queda?», pensó él.
«¿Tan poco?». Sintió un impulso visceral, un huracán en el pecho que le ordenaba alargar la mano, agarrarla por el brazo, retenerla por la fuerza o por la súplica.
Su mano se movió, un temblor apenas contenido, y por un instante ambiguo y eterno pareció que iba a atravesar ese espacio invisible que siempre los había separado.
Pero se detuvo en el aire, a medio camino, y al final descendió hacia el sello que colgaba de su cinturón, ese que abría o cerraba fronteras.
–¿Un salvoconducto, entonces? –preguntó, con voz más áspera de la deseada, la de un hombre que concede una batalla para no perder la guerra de su propio recuerdo.
–Y una escolta hasta el límite de tus dominios. Después, seguiré sola.
Él asintió con lentitud. Sabía que no podía retenerla.
No a la niña que había viajado sola durante cuarenta jornadas sólo con la esperanza de ver al califa.
No a la mujer que había cruzado medio mundo para buscar un libro entre los anticuarios de Bagdad.
Sacó el sello, lo hundió en la cera caliente que un sirviente había traído sin hacer ruido, y estampó su firma; la misma firma que sembraba el terror entre sus súbditos.
Era el documento más contradictorio de su vida: un salvoconducto hacia la libertad, que garantizaba su paz, firmado por el arquitecto de la más férrea obediencia.
–Aquí tienes. –En su voz latía una generosidad que ya no era estratégica–.
Viajarás segura. Irás escoltada por dos de mis hombres, y pediré dos clérigos al obispo de Córdoba.
Mandaré mensajeros a las tierras de mi suegro, el rey Sancho.
Junto con la noticia del nacimiento de mi hijo con Abda, un nieto de su sangre, le pediré la merced de que algunos monjes cristianos te acompañen al país de los francos.
–Gracias, háyib... –murmuró ella.
Aquel documento era del papel más perfecto que Xatiba vendía al califato. Por un instante, como algo clandestino, sus dedos se rozaron, un contacto breve y eléctrico. Fue un adiós, una bendición; y también una herida llamada a no cerrarse nunca. Se miraron una última vez.
Lubna se inclinó, no como súbdita, sino como quien agradece una dádiva. Almanzor, Abi Amir, asintió de nuevo, triste, sabiendo sin saberlo que esa despedida ponía fin a una era.
Ella dio media vuelta y, escoltada por un guardia que obedeció a un leve movimiento del háyib, comenzó a caminar hacia la puerta, hacia el corredor que llevaba a los jardines, a la ciudad, al camino del norte, a la niebla de los países francos.
Y Almanzor supo, con una certeza que le heló la sangre, que nunca más volvería a sentirse tan completamente expuesto, tan vulnerablemente humano.
–¡Lubna! –la llamó.
Ella se volvió con un deje de inseguridad en el rostro.
–¿Mi señor?
–Volverás –le ordenó él, aunque sonaba a profecía–. Volverás, inshallah. Aquí siguen tus libros –le recordó.
Ella asintió en silencio. Él la miró, ahora seguro de sí mismo, y le dedicó la más bella de sus sonrisas; aquella con la que sabía desarmar al califa, con ese brillo fiero y tentador que latía en el fondo de sus ojos.
En ese momento, volvió a ser el hombre que había conquistado al harén, el que había hechizado a Subh, el que había convencido a Galib, el que había hecho naufragar a al-Mushafí...
Lubna bajó la mirada. Supo que, si se la sostenía un solo instante más, acabaría convertida en polvo, como ellos.
–Inshallah –aventuró.
Cuando el rumor de sus pasos se desvaneció, el todopoderoso háyib, Muhammad ibn Abi Amir, Almanzor el Victorioso, se quedó solo en la sala.
Se miró las manos, que habían segado vidas, firmado destinos y decretado destrucciones, y por primera vez no supo si lo que había construido valía el precio de lo que había perdido.
En el exterior, sonó un acorde de lira. Uno de los cantores de su corte comenzaba a ensayar uno de los poemas llamados a ensalzarlo. Sintió un escozor amargo en los ojos.
Eran versos precisos y perfectos. ¿Por qué, entonces, sonaban tan huecos?