La luz de Medina –VI–
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–VI–

Madinat al-Zahira, Córdoba, 374 H. / 984 d. C.

Córdoba seguía siendo hermosa, sus fuentes, sus mármoles y la respiración verde de sus jardines, pero el aire parecía haberse enrarecido: una obediencia nueva, compacta, que no dejaba rendijas a la duda.

La purga en la administración había sido discreta y eficaz, como en la biblioteca.

Nada ardió en un fuego visible, pero todo se recolocó en un orden nuevo.

Fue ahí cuando Lubna comprendió que quedarse sería aceptar una melodía con una sola nota.

Madinat al-Zahira no era un lugar diseñado para asombrar al mundo, sino el cuartel general que pretendía dominarlo.

Impecablemente trazada, funcional, eficiente.

Mientras caminaba hacia la residencia del háyib, Lubna tuvo esa sensación de la que Fátima le había hablado, la de que allí flotaba el eco impersonal de lo que aún no tiene alma.

Al entrar en el frescor del patio, no pudo evitar preguntarse bajo qué estancias, en qué lugar de aquel entramado perfecto, dormirían los libros prohibidos que allí se custodiaban.

Almanzor tuvo la galantería de ponerse en pie para recibirla en su despacho. Se miraron con ese afecto contenido que sólo existe entre quienes han aprendido a respetar la distancia.

–He venido a pedirte permiso para marcharme. Y lo pido por fidelidad a lo que Córdoba me ha enseñado a amar.

La frase, larga y firme, no tembló en sus labios. Quería pensar, muchas veces se lo había planteado, que la innecesariamente larga agonía de Yafar al-Mushafí no había tenido nada que ver en su decisión. Pero, si él se lo preguntaba, tampoco iba a negarlo.

Él no respondió de inmediato. En su memoria se amontonaron escenas que no necesitaban palabras.

La tarde en que ella llegó a Córdoba con una identidad fingida y un descubrimiento para exportar al mundo la palabra del califato; los jardines de Medina Azahara, próspera y feliz; aquellas clases en las que se miraban furtivamente; el laberinto vivo del harén,

entre la eficacia de Muzna y la astucia de Hind.

También su consuelo en un mundo de secretos de Estado, sus fábulas, sus historias, las moralejas que habían recorrido millas para regalarle un consejo, su eficaz trabajo en la cancillería, su oposición violenta, su fuerza el día de la purga de la biblioteca...

Pese a todo, Almanzor sentía que aquella mujer siempre había sido su faro en la tormenta.

–¿Qué clase de marino abandona la nave cuando aún está bregando entre las olas? –quiso saber.

–El que sabe que la autoridad de su capitán no alcanza todas las orillas del mundo.

–Podría acusarte de desafección a Córdoba –insinuó él.

–Podrías acusarme de lo que quisieras –le recordó ella con tranquilidad–. Y tendrías razones. Yo también tengo las mías. Mi biblioteca ya no es la que fue. Las ideas se miden, se pesan y se ordenan como fruta en el zoco. Y yo ya no quiero ser cómplice de un orden que llama paz al silencio.

Él la estudió una vez más, con curiosidad.

Como el viejo al-Mushafí, había aprendido a valorar el discurso sincero y suicida de quienes se atrevían a oponérsele.

La integridad desaparece cuando el miedo gobierna.

Bajó entonces la mirada hacia el pulcro documento con el que le había solicitado audiencia y le explicaba los motivos de su viaje.

–Una solicitud refrendada por Juan de Córdoba, el obispo –no ocultó su sorpresa–. ¿Te vas ver a tu... monja?

–Llevo un tiempo intercambiando correspondencia con ella, como bien sabes –admitió–. Y no es una monja, sino una canonesa. Es distinto. No se trata de un convento, sino...

–Ahórrame los detalles –la interrumpió–. No me interesa cómo organizan sus templos los cristianos...

–Es la abadía de Gandersheim, más al norte del país de los francos.

Hoswitha es su abadesa. Ella escribe –explicó con entusiasmo–, y escribe en latín.

Dicen que vuelve a levantar la voz de las mujeres, que estudia, que compone, que discute...

Que su scriptorium copia a los padres de la Iglesia, pero también a los antiguos que quizá nosotros ahora hemos...

descuidado. Deseo ver aquello, háyib. Quiero nutrirme de los textos que se trabajan en otras partes de Europa, leer lo que se piensa.

Quiero aprender sin tener que pedir perdón.

Almanzor frunció el ceño, algo sorprendido, quizás herido en su interior por una idea que no esperaba. En aquel despacho, envuelta en un izar sencillo de lino, sin joyas, Lubna no parecía una escriba, sino la embajadora de un reino que se desvanecía.

–Mandé investigar a esa mujer –replicó al fin con una calma tensa–.

Se hace eco de las mentiras de ese a quien los cristianos cordobeses consideran su mártir, el niño Pelayo.

Mientras yo hago temblar los cimientos de sus iglesias, tu Hoswitha exporta al mundo falacias contra al-Ándalus –simplificó el relato–.

¿Y tú quieres nutrirte de «eso», del saber de los cristianos?

–Del saber, sin adjetivos –respondió ella con una dulzura firme–.

Ella escribe sobre muchas cosas, también sobre la muerte de aquel niño.

Yo no sé si ocurrió, pero también los musarabat de Balansiya lo contaban, e incluso lo escribieron desde aquí los obispos.

Ni siquiera el califa Abderramán, que Dios lo tenga en su gloria, intentó censurar los textos que lo pintaban como a un sátiro devorador de niños infieles...

Ahora los odias. Arremetes contra sus reinos aceifa tras aceifa, pero, un día –le recordó, en una crítica velada–, acogiste a un niño cristiano recién llegado a Córdoba. Y lo ayudaste, sin importarte su credo.

Almanzor suspiró levemente.

–No odio a los cristianos –refutó sin levantar el tono, con lástima casi–.

Me atribuyes emociones que no siento. Ellos rompieron el pacto de vasallaje tras la muerte de al-Hakam, y nos atacaron.

Luego, se aliaron con Galib para acabar conmigo.

Tomaron sus propias decisiones, y ahora pagan las consecuencias.

No es nada personal. Tú, que me conoces, deberías saberlo.

¿Las aceifas? La yihad es el precio que cuesta mi legitimación.

Son un tributo. Un tributo de sangre en el que la suya reemplaza la sangre omeya que no tengo.

Lubna se revolvió, incómoda.

–En cualquier caso –concluyó–, soy libre ya. Como sabes, el califa al-Hakam, que Alá lo haya recibido en el paraíso, me manumitió en su testamento. No tengo familia que me ate ni linaje que me reclame.

–¿Y la biblioteca...? ¿Y la recopilación de la historia de al-Ándalus?

–La biblioteca era mi mundo, háyib, pero...

su volumen ahora mismo es tan pequeño que ya no necesita tantas manos.

Puedes contar con Fátima para sostenerla, y tienes espléndidos escritores para narrar la crónica oficial.

Prueba con al-Razi o con los Hayyan. –Se retorció las manos con nerviosismo–.

Lo que me encargó el califa al-Hakam era distinto; era una recopilación de las historias de las que bebe todo el Occidente, de todo su imaginario.

Aquí... esos libros... ya no están disponibles.

Me veo en la obligación de buscar otras fuentes.

–Tu lealtad no puede morir con al-Hakam –le hizo ver con seriedad–. Se extiende a su hijo, al nuevo gobierno...

–Mi lealtad es a los libros y a las verdades que aún no conocemos, háyib.

El nuevo gobierno... –dejó la frase en el aire–.

Los dos somos conscientes de las bases en las que se asienta el nuevo gobierno.

Jamás hablaré, jamás pondré en peligro tu nuevo orden, pero no puedes pedirme que sea cómplice de una usurpación de facto.

Has encerrado a Hisham, neutralizado a Subh y acabado con Galib y al-Mushafí.

No quiero quedarme para que un día descubras que te pesa la memoria del pasado, que no quieres mirarte en los ojos de quienes te conocimos...

Almanzor sólo pudo asentir. La miraba fijamente, y Lubna hubiera jurado que veía admiración en sus ojos.

Cuando al fin bajó la mirada, comenzó a jugar casi inconscientemente con el lujoso misbaha con que se envolvía la muñeca, como si recitara para sí mismo los nombres de Dios, acariciando las cuentas de piedra negra, brillante, pulida.

Sólo los más cercanos sabían que estaban hechas con la misma roca que envolvía la Kaaba en La Meca, en al-Higaz.

Sólo ella sabía que había sido un regalo que el príncipe al-Muguira le había hecho traer desde la ciudad sagrada mucho tiempo atrás.

Y que cada uno de esos mínimos movimientos era una batalla contra la culpa. Contra el olvido.

–Galib me lo dijo un día, en aquella campaña de al-Magrib: «Ojalá mis hombres fueran la mitad de valientes que tú». –En el rostro de Abi Amir había un resquicio de nostalgia–. Y yo te lo digo ahora... Ojalá mis visires y mis administradores sepan decirme, como tú, las verdades a la cara.

–Elígelos bien, entonces –lo retó–. Y, si consideras que una pobre escriba pone en riesgo tus planes para el califato, haz lo que consideres oportuno.

–Lubna..., no se trata de mis planes para el califato –se vio obligado a admitir, con una sinceridad que le dolía–.

Hisham no puede gobernar. Nunca. El empeño de Subh porque lo haga sólo desprestigiaría a la dinastía omeya: persigue a las esclavas, juega con espadas de madera, babea en el sermón de los viernes...

–bajó la voz, ahora endurecida–. Es mejor que el pueblo lo admire en su litera, velado, a través de una celosía.

Es mejor un ser etéreo e inalcanzable que un incapaz.

No hago esto por mí, lo hago por Córdoba.

Señálame a un hombre capaz y lo pondré en mi gobierno.

Galib era un anciano; al-Mushafí se volvió inoperativo, a la sayyida la ciega el peso de la sangre...

¿Sabes lo que es darte cuenta, con una lucidez que duele, de que eres el único hombre en toda la administración cordobesa que ve la solución a un problema?

¿Que ve oportunidades donde otros ven obstáculos?

No hago esto por mí. ¿Qué clase de monstruo ambicioso crees que soy?

¡Dime! –la increpó–. ¡Dímelo tú! ¿Quién más podría haber gobernado?

–¿Quizás al-Muguira...? ¿Un auténtico heredero de esa sangre que aseguras custodiar como un perro pastor?

Al-Muguira. Demasiados recuerdos. Su nombre se quedó flotando entre ambos como un fantasma turbio y oscuro.

La metáfora del animal, eficaz pero impuro, despertó un destello de advertencia en los ojos del háyib.

Lubna la leyó y comprendió que había ido demasiado lejos.