La luz de Medina –V– #3
94%

–V– #3

–¡No te he obligado a nada! –estalló al-Mushafí–. ¡Yo ordenaba, y tú obedecías! ¡Así funcionan las cosas en las jerarquías! ¡No delegues tus responsabilidades en mí! ¡Reconoce tu propia ambición!

–... De todo lo que me has obligado a hacer...

–continuó, en tono contenido–, sólo hubo algo que fue bello y grande –suspiró–.

Mi primer hijo: Abderramán. ¿Puedes jurarme, mirándome a los ojos, que su muerte fue por la voluntad de Alá?

¿Puedes jurarme que no tuviste nada que ver en ello?

¿Puedes jurarme, con Dios como testigo, que su muerte, la muerte de un niño de ocho años, fue natural?

Al-Mushafí vaciló. ¿Sería capaz de mentir? ¿Debía hacerlo? Si estaba acusándolo de no asumir sus responsabilidades, ¿no debía dar ejemplo, como buen maestro? Miró hacia la noche, que se adivinaba ya tras la ventana, y comprendió que sería la última.

–¿Saldría de aquí si te dijera que no? No, no me contestes...

No me engaño. Sé que no volveré a ver la luz del sol.

Así que prefiero contarte la verdad, habibi.

Porque la verdad no es siempre justa. Ni limpia.

Ni bella. Sí, yo maté a Abderramán. –Abi Amir sintió cada una de sus palabras como un puñetazo en el estómago–.

No me enorgullezco de ello, pero yo maté a ese niño.

Te estaba envenenando, te estaba haciendo creer el omeya que nunca podías ser, que nunca serás...

Era peligroso. Lo mirabas como a un ídolo pagano, del mismo modo que mirabas a la madre.

¡Maldito estúpido! No sabías mantener tu orgullo de padre primerizo a raya, y eso nos condenaba a todos.

Ya había otro heredero de sangre omeya. Ya había nacido Hisham, alabado sea Dios.

Abderramán era ya un error innecesario. ¡Maté a ese niño para salvarte, habibi!

¡Para salvarte de tu propia ambición! –jadeó, como si la confesión lo hubiese dejado sin fuerzas, y asintió brevemente–. Debo reconocer que no tuve mucho éxito.

Abi Amir notaba la tensión en los músculos, las uñas clavadas en las palmas.

Bajó los brazos, y su mirada se deslizó hasta el suelo, aguantándose un sollozo tan hondo que ni siquiera le salía.

No sabía qué había esperado oír. Quizá sólo buscaba un resquicio para el perdón. O quizás una excusa más para matarlo.

–Cometiste un error –silabeó con rencor al fin–.

En tu perfecto plan de conseguir un heredero al trono...

Un error de estrategia. No contaste con variables como el deseo, menos con el amor, quizá.

Tus criaturas volaron solas. ¿Qué importaba una vez más y otra y otra si el pecado ya estaba cometido?

No todos los encuentros que tuve con Subh fueron forzados.

No todos los encuentros los controlaste tú.

No siempre pudiste observar nuestros cuerpos aterrados, como un viejo pervertido e impotente en un burdel.

Y así llegó el segundo: el pequeño. Hisham es hijo mío.

Creo que, hasta el califa, que Dios lo tenga en su gloria, lo sospechaba, y por ello buscó atarme a él.

Hisham es hijo mío –repitió con orgullo–.

Con tu empeño por salvar la dinastía, has sentado en el trono de Córdoba a un hijo de mi sangre.

Los ojos de al-Mushafí se abrieron desorbitadamente.

–¡Mientes! –exclamó conmocionado.

–¡No! No miento. Y en el fondo lo sabes –sonrió–. Como también sabes que no puedo dejar con vida a nadie que sospeche que el Príncipe de los Creyentes, la cabeza visible del califato de Córdoba, no tiene sangre omeya.

Sin prisa, con la solemnidad de un rito, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a desenrollarse el turbante. La larga tira de lino blanco, fina y fuerte, se deslizó en sus manos como una serpiente pálida.

Al-Mushafí lo miró sin decir nada. Ya no iba a suplicar. Una calma extraña, final, lo invadía.

–¿Así que es verdad? –preguntó de nuevo.

Abi Amir asintió con gesto grave.

–La única que nadie sabrá nunca.

Al-Mushafí alzó la mirada, valiente, para seguir sus movimientos. Abi Amir le extendió el turbante por los hombros con un cariño casi paternal. Luego, le dio una vuelta en el cuello y comenzó a enrollar ambos extremos en sus manos, con una lentitud deliberada.

–No es fácil estrangular a un hombre con tus propias manos, habibi.

Aunque no me resistiera... –le aconsejó al-Mushafí; sería su pupilo hasta el final–.

No tienes que demostrarme nada. Manda a uno de tus sicarios.

Con un veneno o con un hacha. Con una yanbia.

¿Qué más da? Alá me espera desde hace tiempo.

Si no fuera pecado, yo mismo habría acabado ya con mi vida.

–Lo haré yo –resolvió Abi Amir con tranquilidad–. He hecho cosas más duras. E imagino que aún me veré obligado a muchas más.

–Permite que mi familia me entierre en la rawda de Medina Azahara –suplicó, ahora ya con voz un tanto temblorosa.

–La rawda es el cementerio real. No descansarás junto a los Omeya. Tu tumba será un agujero polvoriento que no recordará nadie.

Al-Mushafí siempre había sido levemente más alto.

Cuando Abi Amir era muchacho, esa altura hacía patente su superioridad.

Ahora, el tiempo y el encierro parecían haber encogido el cuerpo del antiguo háyib.

Almanzor tiró de los extremos del turbante hasta que sus cuerpos se rozaron.

Sus poderosas manos, las mismas que empuñaban el destino de un imperio, se tensaron en los extremos del lino.

No hubo prisa. Fue una presión constante, implacable, casi íntima.

Como un abrazo mortal. Al-Mushafí enrojeció tras un jadeo, y él se forzó a mirarlo a los ojos.

No se resistía, pero el instinto de supervivencia lo hizo forcejear en un último y patético arranque de vida.

Sus dedos, débiles como garras de pájaro, arañaron los antebrazos de acero de Almanzor.

No encontraron ninguna rendija. Sólo músculo y voluntad.

Y él apretó. Apretó hasta que el lino se clavó con una presión dolorosa en las manos, hasta que le dolieron los músculos del cuello, hasta que sintió que se le salía el alma del cuerpo.

Y lanzó un grito descontrolado, feroz, que parecía quería dejar atrás cualquier vestigio de humanidad.

Apretó hasta que se quedó sin aliento. Hasta que oyó un crujido sordo.

Entonces, el forcejeo cesó. Abi Amir aspiró, falto de aire, y la última chispa de luz en los ojos de al-Mushafí se apagó.

El halcón no sólo le había sacado los ojos; lo había devorado.

Mantuvo la presión un instante más, y luego otro, observando con crudeza cómo la vida se apagaba en aquellos ojos que lo habían juzgado, guiado y condenado durante toda su vida. Se sorprendió. Pensó que sentiría algo más, no sólo un vacío inmenso.

Al fin, lo soltó con suavidad y dejó que se desplomara lentamente sobre el jergón.

Se arrodilló a su lado. Con movimientos precisos, casi tiernos, le enderezó la cabeza, le cerró los párpados y le alisó la sucia túnica.

Tras depositar un beso de hijo en su frente, recitó una plegaria.

Luego recogió su turbante. Sabía que nadie se atrevería a acusarlo.

Pero, aun así, prefería llevarlo consigo. Le recordaría su venganza. Y su pecado.

Así acababa todo.

La celda era un ataúd de piedra. El silencio, absoluto. Salió sin una mirada atrás. Cerró la puerta tras de sí. No había guardias, como había pedido. Aun así, se embozó para no ser reconocido.

Caminó por las calles que llevaban al puente como había hecho tantas veces con al-Muguira en otro tiempo más feliz.

La noche y Córdoba lo recibieron como si no supieran que le pertenecían.

Como si no supieran que se las había ganado.

Sólo el minarete de la mezquita, vigilante, parecía mirarlo con reproche.

Como si adivinara que acababa de volver del infierno.

Junto al río lo esperaba su montura. Hacia el este se alzaba su nueva ciudad.

Ahora, con todas las viejas cuentas saldadas, estaba preparado para afrontar el gobierno del califato.

Quedaba todo por hacer. Aún tenía que fundar la dinastía que heredara su gloria, pero había tiempo.

Ya estaba solo y al mando, como siempre había deseado.

Dejó atrás Córdoba en aquella noche afilada y silenciosa. El camino de Madinat al-Zahira era tan solitario y tan largo que le hubiera gustado tener otro caballo galopando a su lado.