La luz de Medina –V– #2
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–V– #2

Veinte años. Como en la historia de la diosa Mari.

Llevaba temiéndolo desde que nació. Lo había visto en sus peores pesadillas.

El momento había llegado.

Para eso había venido. Para llevárselo. Para recluirlo. Para controlarlo. Para robárselo.

Abi Amir había vuelto. Allí estaba, sonriente, seductor. El diablo mismo. ¿No era así como se referían a él en los reinos cristianos? Supo que había venido a quitarle a su hijo. Y con clarividencia absoluta entendió que no había nada, absolutamente nada, que ella pudiera hacer para evitarlo.

* * *

De al-Mushafí

Rabi al-Thani, 372 H. (noviembre, 982 d. C.)

A Lubna, la escriba:

El invierno se cuela entre las piedras de esta celda con más fuerza cada año.

Dicen que ha construido una ciudad nueva, al-Zahira.

Y que brilla. Me pregunto si brilla porque ha encerrado todo lo que era luminoso en ella.

Me pregunto si brilla lo suficiente como para iluminar los almacenes donde guarda lo que un día saqueó de la memoria del mundo.

¿No tiene ni un momento para charlar con un viejo amigo?

Que Alá guarde para ti el consuelo que a mí me niega.

Al-Mushafí

De Lubna

Rabi al-Thani, 372 H. (noviembre, 982 d. C.)

En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.

Al preso al-Mushafí:

Recibida tu carta. El frío es general este año, incluso en los salones.

Madinat al-Zahira se construye con la velocidad de quien teme no ver terminada su obra. Brilla con el polvo de la piedra, no con la luz de la sabiduría.

Te envío una ración adicional de aceite para tu lámpara y unas hojas de menta seca, para mitigar el frío de la piedra.

Atentamente,

Lubna

De al-Mushafí

Jumada al-Awnal, 372 H. (noviembre, 982 d. C.)

Lubna, habibta:

¿Te acuerdas del almizcle que usaba en las audiencias? Lo odiabas. Decías que enmascaraba el olor a miedo. Ahora sólo huelo a humedad y a mí mismo. A veces, en sueños, ese olor a almizcle me despierta, y por un instante creo estar otra vez en el salón, dando órdenes. Luego abro los ojos.

Ya nadie salvo yo lo llama Abi Amir, ¿no es cierto? Ahora es al-Mansur. Almanzor el Victorioso. Lo oigo en las calles. Un título que se ganó sobre mi espalda y sobre la de Galib.

Que Alá, en su justicia infinita, pese los títulos en la balanza del último día.

Al-Mushafí

De Lubna

Jumada al-Awnal, 372 H. (noviembre, 982 d. C.)

En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.

Al-Mushafí:

El almizcle era un aroma poderoso. Como todo poder, dejaba un rastro que algunos encontraban agobiante. La memoria de los olores es traicionera: evoca lo que fue, no lo que es.

Los títulos son para los vivos y para la historia. Los hombres se ganan o se otorgan. Él tiene ambos: el ganado en el campo de batalla y el otorgado por quienes necesitan creer en la victoria.

Te envío un trozo de jabón de aceite de oliva. El agua caliente y el jabón son un lujo pequeño contra el olvido.

Lubna

De al-Mushafí

Jumada al-Thani, 372 H. (diciembre, 982 d. C.)

Lubna:

Ya ni siquiera pido justicia. Pido sólo una razón.

¿Fue todo, desde el principio, sólo un cálculo?

A veces repaso cada conversación, cada gesto, buscando el momento en que la semilla de mi destrucción germinó en su mente.

Y no lo encuentro. Quizás estaba allí siempre, y yo sólo era el jardinero que la regaba.

¿Crees que alguna vez, en sus noches de insomnio, entre los planos de su ciudad de piedra, recuerda el sabor del primer poder que le di? ¿O eso también lo ha purgado, como tu biblioteca?

Que la misericordia de Alá sea más comprensiva que la de los hombres.

Al-Mushafí, el jardinero de su propia ruina

De Lubna

Rajab, 372 H. (diciembre, 982 d. C.)

Al-Mushafí:

Buscar la semilla única del mal es un ejercicio para teólogos.

Los hombres son jardines complejos, donde crecen juntos el árbol de la ambición y la enredadera de la gratitud.

A veces, uno ahoga al otro. Tú le diste la herramienta.

Él eligió el diseño de la obra que quería construir con ella.

El jardinero no es responsable del fruto del árbol.

No sé qué recuerda en sus noches. Me siento muy lejos de su mente. Sólo sé que los planos que revisa ahora son de murallas y cuarteles, no de bibliotecas.

Guarda fuerzas. Te llegará un visitante pronto.

Lubna

De al-Mushafí

Shaban, 372 H. (enero, 983 d. C.)

Lubna:

«Un visitante». Tus palabras, siempre medidas, esta vez tienen un peso distinto. No me engañas con falsas esperanzas. ¿Es él? ¿Abi Amir? El Victorioso viene a ver a su presa. ¿A qué? ¿A rematar la obra? ¿A burlarse?

Dile, si puedes, que no encontrará ni triunfo ni burla aquí. Sólo a un viejo cansado que ya se ha conformado con ser el prólogo de su leyenda.

Y a ti, Lubna, gracias. Por las hojas de menta, por el jabón, por no haberte convertido en un eco más de su silencio. Eres la última línea recta en el mundo torcido que él ha creado.

Que Alá te proteja de los visitantes inesperados.

Al-Mushafí

De Lubna

Ramadán, 372 H. (enero, 983 d. C.)

En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.

Al-Mushafí:

El visitante llegará mañana, al atardecer. No preguntes el porqué. Los motivos de los poderosos son como los cimientos de sus ciudades: a menudo ocultos, siempre profundos.

No sé qué busca. No me hace partícipe de sus pensamientos. Ya no.

No le he transmitido ningún mensaje especial. Sólo le he recordado que un hombre que fue grande merece ser visto con los ojos, no a través de los informes de los carceleros.

Y no te flageles. Incluso el prólogo es parte esencial del libro. Sin él, la historia no podría comenzar.

Que la luz del alba que entre por tu ventana mañana te encuentre en paz.

Cuídate,

Lubna

* * *

Córdoba, ramadán 372 H. (febrero, 983 d. C.)

La oración de al-Magrib gemía sobre Córdoba, anunciando la llegada de la noche, cuando la cerradura de la celda en Dar al-Qadi chirrió.

Al-Mushafí se irguió en la penumbra. No podía ser el guardia, no a esa hora.

Y sintió rabia. Rabia por su túnica sucia, por sus manos temblorosas.

Aquél iba a ser el último espectador de su ruina.

La puerta se abrió al fin, inundando la celda de la luz anaranjada del ocaso. Y él entró.

Almanzor no iba apropiadamente vestido para la ocasión.

Llevaba botas de montar polvorientas, una sencilla qumbaz de lana oscura manchada en un hombro, de barro seco o de sangre vieja.

Olía a caballo, a sudor frío y a la hierba amarga de la vega.

Como si, en mitad de una cabalgada, repentinamente se hubiese acordado de él.

O como si hubiese necesitado de aire libre para reposar sus sentimientos antes de ir a visitarlo.

Al-Mushafí prefirió pensar que era lo segundo.

Llevaban cuatro años sin verse, y él no tenía un espejo, pero intuyó que él tiempo no había pasado igual para los dos.

Abi Amir tenía cuarenta y cuatro años, cada uno de ellos tallado en su rostro como un golpe de cincel.

Pero sus ojos..., sus ojos eran los mismos.

Los mismos que lo miraban en el pasado desafiantes, los mismos que estudiaban cuentas a la luz de una lámpara, los mismos que había visto arder de ambición.

Pozos de hielo negro, en cuyo centro brillaba una llama de pura y terrible voluntad.

–Has venido –murmuró al-Mushafí. Más que a saludo sonaba a acusación.

–He venido –advirtió él, distraído, como si de repente no recordara muy bien a qué.

–No me merezco esto. –Al-Mushafí negó con la cabeza–. Este olvido calculado. Te di un sitio en la corte, Abi Amir. Te hice brillar.

–Soy el háyib para ti –le recordó él, inflexible.

–Eras una piedra sin pulir –insistió–. Yo te lo enseñé todo.

–Para que te sirviera. En cuerpo y alma, dijiste, ¿recuerdas?

–Te puse a Subh en bandeja de plata –le recordó al-Mushafí.

–Me obligaste a violarla... ¡A una mujer del libro! De la nobleza cristiana... ¡En público! ¡Ante tus ojos sucios! ¡Me hiciste parte de un secreto monstruoso!

–Yo te allané el camino a la regencia –siguió defendiéndose al-Mushafí–. ¿En qué lugar del mundo un advenedizo, un cadí investigado por malversación de fondos, hubiera soñado con estar en el centro de las decisiones tras la muerte del califa?

–¡Fui yo quien os lo allanó a todos! ¡Cobarde! ¡Yo, matando con mis propias manos a la única persona íntegra de toda la corte! ¡Me arrepiento de eso todos los días de mi vida, Yafar! No fueron tus sicarios, ni tus guardias. ¡Fui yo el único que se manchó las manos con sangre omeya!

–La política requiere de decisiones duras, habibi.

–¡No soy tu habibi! –Abi Amir parecía a punto de perder los estribos–. ¡Soy tu háyib!

–¡Lo eres todo! –gritó al-Mushafí a su vez–.

¡Lo eres todo ya! ¿No eres al-Mansur, el Victorioso?

¿No te ha elegido Dios? ¡Qué más da cómo te llame un pobre moribundo!

Necesitas el halago constante para saber quién eres, para olvidar que llegaste a Córdoba como un mendigo, un muerto de hambre sin apellidos ni linaje que no podía hacer otra cosa que medrar...

Abi Amir no quiso entrar en su juego de provocaciones.

–Y no lo he hecho mal, ¿no crees?

Al-Mushafí no podía discutirle eso. Sólo podía buscar el último reflejo de su propia gloria. Sonrió con dureza.

–¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser yo?

–No soy tú. –La sonrisa de Abi Amir se heló–. Soy mejor.

–No tienes emociones... –afirmó al-Mushafí con tristeza–. Es... es como si estuvieras mutilado. Yo te quise, Abi Amir. Quizás a mi manera, posesiva..., imperfecta. Siempre, incluso ahora, me he sentido orgulloso de ti. Eras mi... proyecto... Mi mejor pieza.

Él asintió levemente.

–Por eso denunciaste mi gestión en la ceca –enumeró los agravios–. Por eso me enviaste a morir a al-Magrib.

–Pruebas de Dios. ¿No han sido todas estas pruebas las que te han hecho llegar a donde estás?

Abi Amir sintió que se le agotaba la paciencia.

–No te voy a engañar, Yafar. Llevas aquí cuatro años. Ya es suficiente. No va a haber más juicio que el mío. Y sólo voy a hacerte una pregunta. –Inspiró hondo antes de enfrentarse a ese recuerdo de su pasado que aún le dolía–. De todo lo que me has obligado a hacer...