–V–
Córdoba, 372 H. / 982 d. C.
Fue Lubna la que escribió esa historia.
La batalla de la Victoria, la llamaron.
La traición en Atienza, la sangrienta toma de Madinat Salim, la alianza de Galib con los reinos cristianos, la batalla de Torrevicente, en la que sólo uno de los dos pilares de al-Ándalus podía quedar vivo, y la incuestionable decisión de Dios, quien,
al decidirse por uno de los dos platos de la balanza, y en su sabiduría infinita, acababa de forjar una leyenda.
La leyenda de Almanzor, el Victorioso.
Lubna empleó las palabras más bellas, los adjetivos más precisos, la épica que permitiera soñar los movimientos de los combatientes, y todo con un ritmo feroz, latente, que lograba que los lectores llegaran a sentir hasta los temibles gritos de los guerreros venidos del desierto.
Tejió un relato donde se ensalzaban las viejas glorias con el honor que merecían, pero que también celebraba las nuevas, porque habían sido señaladas por un designio divino.
Una epopeya de fe, acero y sangre que removió las tripas de los cordobeses, para que todos miraran en la dirección adecuada.
Madinat al-Zahira.
Lubna no estuvo presente en la batalla. Jamás había estado en tierras de la Marca ni remotamente cerca de la frontera del norte, pero eso no tenía importancia.
Supo hacerse eco. Porque la única realidad era que Abi Amir sería ya para siempre al-Mansur bi-Allah, Almanzor el Victorioso, por gracia de Alá.
Y que su camino, desde ese instante, quedaba libre de todo escrúpulo, bañado en la luz fría de un designio que él mismo empezaba a creer.
Y, desde instante, para derrotarlo habría que desmentir a Dios.
La fractura en al-Ándalus se había cerrado. El general Galib, y con él quizá todo lo que representaba, estaba muerto.
Y, con todo ello, la realidad era que las calles de Córdoba, alfombradas de hierbas aromáticas y pétalos marchitos, vibraban con los gritos ensayados de la muchedumbre, coreando un solo nombre.
La realidad era una muchacha con el cabello del color del trigo quemado cuyos ojos verdes observaban la entrada gloriosa de los soldados con una lucidez gélida de superviviente.
Y la realidad era que el indiscutible vencedor de aquella contienda la había llevado consigo a Córdoba para desposarla, porque esa muchacha era la hija del rey Sancho de Navarra.
Más allá de un botín o una alianza, ella era la promesa de una estirpe, un linaje, una dinastía. Exactamente lo que a él le faltaba.
* * *
–Dicen que es muy bella
Abi Amir, Almanzor, sonrió levemente. ¿De verdad Subh intentaba que cayera en su trampa de enamorados? La besó levemente en los dedos, un gesto audaz que escandalizó a la sayyida. Se volvió un momento para asegurarse de que sus esclavas no habían visto nada.
–Es muy bella, sí –admitió él–. ¿Debería importarme que te importe?
–Hind dice que se parece un poco a mí cuando llegué al harén... –insistió ella.
–No –corrigió él con intención–. Tú eras mucho más hermosa a su edad...
«A su edad». Subh recibió aquellas palabras con frialdad contenida, porque no eran un halago, sino la constatación de un hecho.
Abda, como habían llamado a la princesa vascona, era veinte años más joven que ella.
Abi Amir ya no era aquel muchacho gallardo de los primeros encuentros forzados ni el apasionado amante de sus posteriores reuniones clandestinas, pero a ella seguía pareciéndole tan atractivo como aquel primer día,
cuando emergió entre las sombras de una trampa concebida para dar un heredero a un imperio.
Tenía más mujeres: legales, concubinas, e incluso, suponía, escarceos ocasionales.
Tenía dos hijos reconocidos: Abdalá y el pequeño Abdelmalik.
Ella trataba con una cortesía estudiada a Asma, la hija del difunto general Galib, con quien tenía que coincidir en eventos cortesanos y con quien suponía que el háyib tendría ciertos problemas de alcoba tras haber acabado con la vida de su padre.
Sabía incluso de la especie de relación intelectual y platónica que mantenía con Lubna.
Pero jamás, y mucho menos desde que ostentaba la regencia del califato, había sentido celos.
Ella era la sayyida, la mujer más poderosa del califato.
¿Quién no desearía estar con ella? ¿Quién no querría entregarse a ella?
La muerte de al-Hakam la había sumido en el luto por un tiempo, en el que no resultaba prudente significarse.
Eso había supuesto un paréntesis en su relación con Abi Amir.
Con posterioridad, en los primeros momentos, su aura de poder, unida a la efervescencia y ambición del háyib, habían hecho que sus encuentros furtivos, más frecuentes de lo que marcaba la prudencia y más escasos de lo que exigía el deseo, fueran apoteósicos; pero ahora,
bajo la responsabilidad del ejercicio del poder, tras las heridas, las batallas y el tiempo transcurrido, aquel afecto era el de un viejo matrimonio acostumbrado a la rutina.
Y tampoco le parecía mal. Al menos, hasta el momento en que había aparecido aquella bruja rubia desde el norte.
–¿Piensas tener hijos con ella?
–Sayyida –le susurró al oído; le gustaba usar su título en la intimidad–, ¿qué clase de pregunta es ésa? Todo hombre desea perpetuarse. Y ya tengo más hijos.
–Pero ella es de sangre real. Hija de un rey cristiano en el norte. Sería un vástago que uniría dos mundos.
–Inshallah... No provoques a Dios, Subh –la atajó con seriedad–. Es... herético hacer planes sin contar con su voluntad. Los niños nacen, pero también mueren. Tú lo sabes mejor que nadie.
Los dos callaron, la imagen del pequeño Abderramán en la memoria. «Si no hubiera muerto», pensó fugazmente Subh, «ahora gobernaría él». Él lo añoraba, aunque con distinta actitud: «Si no hubiera muerto, ahora no estaría gobernando yo...».
–Buscas tu propio linaje. Reconócelo.
–No sé qué temes, Subh –le dijo al fin, acercándose más a ella y bajando la voz hasta convertirla en un susurro–: Hisham es el califa.
Y lo seguirá siendo mientras yo viva. Abda y los hijos que pueda darme son...
el seguro. Para el día en que Dios me reclame –sonrió, con esa sonrisa de vendedor del zoco que tanto la divertía–.
Alguien de mi sangre debe seguir aquí, protegiendo la tuya.
Era lógica pura. Política pura. Y por eso mismo resultaba tan desgarrador.
Subh comprendió que no estaba siendo reemplazada por una mujer más joven, sino por una estrategia más amplia.
Ella era el pasado, el secreto fundacional.
Abda era el futuro, la legitimación pública.
Y ambas eran piezas en el tablero de su ambición.
–Podríamos haberla prometido a Hisham –murmuró ella–. Otra princesa vascona entregada a un califa. La historia se repetiría.
–Dudo que Hisham esté preparado para engendrar un hijo –advirtió él sin fisuras–. Conscientemente, al menos. No sé si es conveniente que la historia se repita.
Había un tono de... invalidación hacia la figura de Hisham, le pareció notar a Subh, que no estaba allí antes.
–Quería hablarte de él... –buscó su mirada, y su complicidad–, de nuestro hijo...
–Del califa...
–¿Omites deliberadamente que es tu hijo? –preguntó ella, dolida.
Abi Amir apretó la mano que tenía entre las suyas con una dureza inusitada.
–Sí –admitió él en voz baja, con aspereza–. Y, si tú olvidas la prudencia de años y te empeñas en proclamarlo abiertamente, ninguno de los tres valdremos nada. Córdoba nos haría pedazos, asqueada.
Ella apartó su mano en silencio. Lo miró a los ojos.
–Va a cumplir veinte años, Abi Amir.
–Lo sé.
–Ya es mayor de edad. No quise mencionarlo mientras estaba en curso la campaña contra Galib, pero ahora todo ha terminado. Ahora eres al-Mansur; Almanzor, el Victorioso... Ahora podríamos hacerlo: disolver la regencia y permitirle gobernar.
Abi Amir dejó escapar un suspiro y la miró con dulzura.
–Subh... –susurró suavemente–. Tú lo ves más a menudo que yo.
Ni siquiera el amor de una madre puede cegarte así.
Me ha pedido de regalo un caballo de madera, Subh.
De madera. Sigue sin saber montar. Le he pedido que desfile a mi lado, aunque me da pánico, para que Córdoba lo vea, y me ha dicho que sólo lo hará si puede llevar una espada.
¡Y me aterra que empuñe una espada! ¿No lo ves?
¿De verdad no lo ves? Que Dios me perdone, quizá sea un castigo por nuestro pecado, pero Hisham no está capacitado para gobernar.
No lo estaba a los once años. No lo está ahora. Y no lo estará nunca.
Subh se limpió las lágrimas que empezaban a deslizarse por sus mejillas.
–¿Y qué haremos? ¿Qué haremos cuando Córdoba reclame a su califa?
–Córdoba tiene a su califa –respondió él, de nuevo alegre–.
Tiene su sello. Firma las leyes. Acuña moneda.
Saluda desde el balcón en las fiestas principales.
Acude a la oración del viernes en la mezquita Aljama y reza por todas nuestras miserables existencias.
Y lo ven de lejos en la maqsura o saludando desde su litera.
¡Es como tiene que ser...! Ya está. El pueblo está contento así.
Él es el gobernador de los creyentes, un muchacho piadoso y entregado.
Él se dedica a Dios, y nosotros gobernamos.
–¿Nosotros? Tú gobiernas, Abi Amir.
–Vamos, Subh. Sabes que te lo consulto todo, lo firmas todo...
–¿Hasta cuándo? No tiene sentido que exista una regente si no hay un menor de edad. ¿Me eliminarás cuando ya no te valga? ¿Me recluirás como a al-Mushafí? ¿Me... matarás como a Galib?
Tomó sus manos y la atrajo hacia él, sin importarle las miradas indiscretas desde el patio.
–Vamos, Subh, te preocupas inútilmente. Sabes que jamás haría nada que os perjudicara, ni a ti ni a él.
¿Me oyes? Jamás. Aunque no se lo hubiera jurado al califa, aunque Hisham no fuera...
quien es. Es el heredero proclamado. Para Córdoba, es un omeya.
Y eso es sagrado. ¿Sabes lo que haremos?
Lo llevaré a al-Zahira conmigo. Tú puedes seguir aquí, en Medina Azahara.
Son tus dependencias, y aquí están tus amigas, tus sirvientas, toda tu vida.
Será la ciudad áulica. Él vivirá conmigo allí, en al-Zahira, donde trasladaremos el poder real, el significado de Dar el Mulk, la casa del poder.
Celebraremos sus veinte años con una enorme fiesta para que el pueblo participe de su recién estrenada... madurez.
Subh se estremeció.