–IV– #2
El viento transportó por el campo de batalla los gritos de desafío, el relinchar de los caballos, el choque metálico de miles de armas preparándose. No hubo parlamentos. Sólo odio, cristalizado en el silencio tenso antes del choque.
Galib, alzado en su montura, recorrió con la mirada las líneas enemigas.
Vio la ausencia de lealtad, la presencia de una fuerza brutal y amorfa.
Y, por primera vez en su vida, el viejo León sintió la certeza sombría de la derrota.
Por primera vez no luchaba por un califa o por una idea de al-Ándalus.
Aquella batalla era para detener a una fuerza de la naturaleza, un torrente de ambición que él mismo había ayudado a desatar.
Y notó el miedo. Entonces alzó la vista al cielo y susurró, para sí mismo, hacia el cielo plomizo:
–¡Ya, Alá, tú que ves los corazones! Éste no es ya un campo de batalla, es una balanza.
En un plato, el orden viejo, tus leyes, la sangre omeya que yo tanto he defendido.
En el otro, el caos, lo nuevo, el hierro sin fe, y un hombre que no conoce límites.
No pido la victoria para mí. Pido que tu voluntad se manifieste.
Elige, oh, juez supremo... Decide tú quién debe gobernar al-Ándalus.
Y permite que yo sea tu instrumento, o tu sacrificio.
Un cuerno estridente y luego otro rompieron el hechizo. El grito de los bereberes. Y la batalla comenzó como una rambla después de una tormenta. Caótica, desordenada, impredecible. Era el estilo de Abi Amir: violencia pura, inmediata, abrumadora.
Los primeros encontronazos fueron salvajes.
La caballería pesada cristiana de García Fernández se estrelló contra los lanceros bereberes, que cedían y los envolvían con agilidad de chacales.
Ramiro III intentó flanquear al enemigo por la izquierda, pero se topó con los eslavos, que combatían con una disciplina silenciosa y mortal.
En el centro, en el corazón de la batalla, las tropas andalusíes leales a Galib y las huestes personales de Abi Amir se enzarzaron en un duelo de hermanos.
Se reconocían en los gritos, en las armas, en los rostros apenas velados, y eso hacía la lucha aún más feroz, más cruel.
«¡Traidor!», «¡Rebelde!», gritaban. Nadie luchaba allí por Córdoba. Ni por el califa.
Abi Amir guerreaba en primera línea. Su espada, no la más diestra, pero guiada por una determinación feroz, encontraba un blanco tras otro.
Y hacía lo que mejor sabía hacer: ser el estratega del caos.
Movía reservas, tapaba huecos, enviaba mensajeros.
Su mente calculaba mientras su cuerpo sufría las heridas propias del combate.
Galib, por su parte, se había sumergido en la lucha como un torrente de furia veterana.
Donde cargaba su caballo, se abría un claro.
Sus gritos animaban a sus hombres, maldecían a los traidores, despreciaban a los mercenarios.
Aun así, por cada hombre que derribaba veía llegar diez más.
Y su alianza cristiana se resquebrajaba.
No muy lejos, García Fernández, al ver la carnicería, empezaba a pensar en la retirada para salvar a sus propias huestes.
Los bereberes, ellos sí, embozados, combatían entre gritos tribales como djinns del desierto y parecían volar a lomos de sus caballos.
Fue en el momento más cruento, cuando la batalla pendía de un hilo. Entonces, ocurrió.
Galib vio una brecha en el centro del enemigo y decidió llamar a sus guardias personales e intentar una carga desesperada que penetrara directamente en el corazón de sus tropas.
–¡Conmigo! –gritó, desesperado, en un lema que ningún cristiano defendería–. ¡Por el honor de al-Ándalus!
Espoleó a su poderoso caballo de guerra, un animal tan legendario como él, y cargó colina abajo, la espada alzada, en un último destello de la vieja gloria.
Y, entonces, el destino, Dios o la simple fatalidad del campo de batalla intervino.
Su montura, en pleno galope, pisó una roca suelta, oculta entre la hierba y la sangre.
Su pata delantera se dobló con un chasquido seco, audible incluso entre el fragor de la batalla.
El noble animal, herido de muerte, se desplomó hacia delante y lanzó un relincho de agonía.
Galib se vio arrojado sobre el cuello de su montura con una fuerza brutal.
Se oyó un golpe sordo. Y luego el silencio más aterrador se extendió a su alrededor.
Su cuerpo yacía inmóvil, el yelmo torcido, el cuello roto.
Había muerto al instante. No había tenido la suerte de caer bajo una espada enemiga.
El León hasta ahora invicto abandonaba este mundo por la traición de la misma tierra que había defendido a lo largo de toda su vida.
Lo encontró uno de sus aliados vascones, un hombre enviado por Ramiro, el hijo de Sancho, sorprendido de no hallarlo en la primera línea.
Llevaba aún la cintura ceñida por la faja blanquiverde de general omeya.
No tenía herida ninguna, ni lesiones ni desgarros, aunque sí, contó el hombre, los ojos desencajados de pánico, como si hubiese visto en su último instante la cólera de Dios.
La noticia voló como el viento. «¡Galib ha caído!»
. «¡El León ha muerto!». Un primer grito de triunfo surgió de las filas bereberes.
Luego otro. Y otro. Pero no se trató sólo de la victoria en la contienda.
Era algo más profundo, supersticioso, porque los soldados sabían que un hombre como él no podía morir así a menos que el cielo hubiera castigado su insolencia.
El viejo general le había pedido a Dios que eligiera bando, y había recibido su respuesta.
La batalla, de pronto, se convirtió en una desbandada. Los leales a Galib, muerto su símbolo, perdieron todo el ánimo. Los cristianos, sin motivo ya para luchar, dejaron a aquel Dios entenderse con los suyos e iniciaron una retirada desordenada. La derrota era absoluta.
Abi Amir, aún sobre su silla, jadeante, sufriendo por las heridas recibidas, no podía creérselo.
Miró hacia el cielo, al mismo al que Galib había suplicado.
Un escalofrío, una revelación aterradora, le recorrió la espalda.
Alá estaba de su lado. Y aquella certeza le resultó tan enorme que casi lo derribó de su caballo.
Uno de los capitanes bereberes se le acercó al galope.
En la punta de su lanza, ensartada, traía un trofeo macabro: la cabeza del viejo general, con la barba blanca manchada de polvo y sangre y los ojos abiertos, aún fijos en una furia eterna.
Los soldados, excitados por la violencia y la sangre, lo vitorearon.
Abi Amir los hizo callar y ordenó que bajaran la cabeza, le cerró los ojos abiertos y pidió un odre de vino agrio para lavar las barbas y los labios llenos de tierra reseca.
–Un último trago, baba –susurró, emocionado, dándole el título de padre–. Uno más, a estas alturas, no te llevará al infierno.
Luego, con una solemnidad repentina, se inclinó y, para el asombro de sus huestes, besó los labios helados de su suegro, su mentor y su enemigo.
–Lleváosla –ordenó, con un tono grave por la emoción y el esfuerzo–.
Llevadla a Córdoba. A mi esposa, Asma. Decidle...
, decidle que su padre murió como un león, y que merece una tumba digna de los califas a los que sirvió toda su vida.
No podrá enterrarlo, pero sí velarlo. Que lo haga con honor.
–Hizo una pausa, fijo en aquellos ojos sin vida–.
Decidle que, antes de convertirse en un traidor, él fue el último gigante.
Y que Dios, que es quien sabe, ha hablado.
El mensaje fue claro. No era un bárbaro ni un déspota. Era un vencedor piadoso que honraba a un gran enemigo. Un instrumento de la voluntad divina.
Eso sí, acusado de traición, el resto del cuerpo del antiguo general fue despedazado.
Esa misma noche, los partidarios de Galib se cambiaron de bando.
Con la furia propia de los recién conversos, persiguieron a sus aliados montañeses, a aquellos que no habían entendido que el dedo de Dios había señalado a Abi Amir, Almanzor el Victorioso, como el vencedor indiscutible de todas las batallas.
El nuevo líder de todos los ejércitos de al-Ándalus, pese a ser consciente de su fuerza, y quizá para evitar más sangre, pidió negociar.
Las huestes de Sancho de Navarra aceptaron las condiciones.
A partir de ese momento, la confederación de tribus vasconas, cántabras y astures se convertiría en vasalla del califa y en la marca fronteriza frente a los francos.
Como prueba de buena voluntad y de la recién nacida alianza, aquel mismo día, al atardecer, el anciano rey Sancho arrojó a los pies del caudillo andalusí a una muchacha de cabello pajizo y mirada encendida.
Su hija. Tenía quince años, y la misma expresión salvaje, la misma majestad silvestre y los mismos ojos selváticos e impenetrables que la norteña que había llegado al harén del califa un día, al despuntar la aurora, hacía casi veinte años.