–IV–
Castillo de Atienza, Marca Media, 370 H. / 980 d. C.
Pese a que ya había oscurecido, el calor en el castillo de Atienza era pesado, cargado con el polvo de la meseta y el olor a aceite rancio de las lámparas.
El ambiente propio de un cuartel general en la frontera polvorienta del norte.
Galib, sentado tras una mesa cubierta de mapas, parecía una parte más de la fortaleza, una roca vestida de lino sucio.
Llevaba bebiendo aquel vino seco y recio desde por la mañana.
Con los años, sus borracheras eran cada vez más agresivas, y todos lo sabían.
Frente a él, Abi Amir aguantaba su presencia con una paciencia impensable en un hombre como él.
La conversación había comenzado como cualquier otra. Provisiones. Tributos. Y la leva de nuevos contingentes bereberes.
–Mis hombres no son infinitos –gruñó Galib, dando un nuevo sorbo–. Los gastas con la facilidad con que gastas el oro de la ceca. ¿En qué? ¿Estás formando tu propio contingente para hacerte con Córdoba?
–Córdoba ya es mía –replicó Abi Amir con una calma que irritó al veterano–. Los gasto en victorias. Victorias que aseguran tu frontera y mi gobierno. Es una simbiosis, general.
–¿Gobierno? –Galib soltó una risa seca–.
Gobernaba el califa. Gobernaba el háyib.
¿Te has oído? ¡Córdoba ya es mía! –remedó su tono–.
No has tenido agallas para disputársela en una lucha digna a al-Mushafí.
¡Lo has enviado a pudrirse en una celda hasta que su pueblo lo olvide!
Un hombre viejo y resentido es un peligro.
Aplaudo la prudencia... –Sus ojos, pequeños y agudos como los de un jabalí, se clavaron en los de Abi Amir–.
Pero, cuando un hombre juzga y encarcela a todos los que ayer fueron sus pilares, uno empieza a preguntarse: ¿quedará algo para el mañana?
¿O todo será él, y sólo él, sosteniendo un techo demasiado pesado para sus hombros?
El ambiente se tensó.
–¿Me hablas tú de lealtades? ¿Hacia al-Mushafí? –le preguntó, sin inmutarse, casi con sorna–. ¿Tú, que cambiaste de idea y me diste a la hija que habías prometido con su hijo casi el día de la boda?
Galib golpeó la mesa con el puño. Las copas saltaron.
–Es lícito y prudente cambiar de lealtades, pero hay una línea, muchacho. Una línea entre servir al Estado o servirte de él. ¡Yo no me meto en el lecho de la reina madre para erigirme en la sombra de Dios!
Abi Amir se inclinó hacia delante.
–Cuidado con la lengua, general –siseó en un hilo de acero–. Podría pedir a tus propios hombres que te la cortaran por difamar la honra de la sayyida. No te valgas del nombre de una mujer para inflamar a los soldados. ¿Quisieras que alguien se preguntara en que emplea la dulce Asma sus noches?
El nombre de su hija fue la chispa. Galib se levantó de un salto, el rostro congestionado.
–¡No la nombres aquí! ¡No la uses como moneda en esta partida!
Te la di para sellar una alianza, no para que fuera el precio de mi silencio mientras tu ambición no conoce freno.
¡La das por sentada, como lo das todo! ¡Como diste por sentado que yo, el León de la Frontera, me arrastraría detrás del carro de tus conquistas mientras tú haces del califato tu alquería!
¡Basta de saquear condados cristianos para conseguir oro y esclavos que levanten tu burla de ciudad palaciega!
¿En eso empleas a mis hombres? ¿En arrojarnos a una espiral de violencia contra los reinos del norte mientras yo sujeto la puerta para que no entren a masacrarnos?
–¿Eso piensas? –Abi Amir también se levantó, desafiante. Ya no había espacio para la diplomacia–. ¡Te he dado más gloria y más riqueza de la que jamás hubieras imaginado! ¡Sin mí, serías sólo el guardián polvoriento de una muralla olvidada!
–¡Prefiero mi polvo a tu oro manchado! ¡Sabes perfectamente que Córdoba no será tuya hasta que yo esté muerto! ¡Ven a cobrarte mi vida, háyib!
Con una agilidad sorprendente para su edad, Galib saltó sobre la mesa y, en un movimiento fluido, animal, su mano voló hacia la espada corta que llevaba al cinto.
Era un arrebato de ira, pero meditado con el tiempo, a lo largo de muchas noches de vino y rabia, cristalizado en un solo instante.
El viejo lobo llevaba tiempo adivinando que el lobo joven venía a robarle su manada.
La hoja brilló en la penumbra. Abi Amir, que no esperaba aquello, no al menos del hombre con cuya hija compartía lecho, retrocedió.
Pero no había espacio. La pared del salón estaba a su espalda.
La espada se le clavó en el esternón y cayó al suelo.
Fue entonces cuando intervino el caíd de Saraqusta, hombre de ley, no de guerra, que se sentaba a la derecha de Galib.
Movido casi por instinto, se lanzó sobre el anciano general, impidiendo que lo rematara.
–¡Galib! ¡Es tu yerno y el háyib de Córdoba!
–lo conminó mientras lo sujetaba. Sus gritos animaron a intervenir a comensales y esclavos, a quienes aquello también los había pillado por sorpresa–.
Somos invitados a la mesa del caíd de Atienza, y no bárbaros peleando por una línea de tierra.
¡No nos matamos entre musulmanes! ¡No sin una acusación y un juicio!
¡Hay otra manera de solucionar vuestras diferencias!
Si las había, Abi Amir no se quedó a escucharlas.
Sus ojos, duros como la roca, mostraron por primera vez esa noche algo diferente: puro instinto de supervivencia.
Sin mediar palabra, se levantó y corrió hacia el ventanal abierto que daba a la terraza de la muralla.
Más allá, la negrura de la noche y un salto imposible.
–¡A él! –rugió Galib, con la espada en la mano–. ¡Acabad con él!
Pero Abi Amir ya estaba en el pretil. Miró atrás una última vez. Galib, ensangrentado y terrible, avanzaba hacia él. No había tiempo para más.
Saltó hacia la rama desprendida de un viejo ciprés que crecía pegado al muro, una rama que había memorizado a su llegada, como lo memorizaba todo.
La madera crujió y se quebró bajo su peso, pero amortiguó la caída.
Cayó y rodó por inercia por el talud pedregoso, fuera de la muralla, sintiendo un dolor agudo en el costado y el chasquido seco de un par de costillas al romperse.
Jadeante, dolorido y manchado de tierra y sangre, se arrastró hacia las sombras.
Un silbido, previamente acordado, surgió de sus labios.
De entre las rocas, como fantasmas, aparecieron cinco de sus hombres, bereberes de rostros impasibles.
Un pequeño contingente de seguridad que dejaba siempre como vigilancia.
–A la puerta sur –logró escupir Abi Amir, con la boca llena de polvo y hierro. Era el punto más alejado de los destacamentos–. ¡Ahora!
Con total sangre fría, se refugiaron en Madinat Salim, la plaza de Galib, que aún no sabía que su señor había intentado matar al háyib .
Nadie los buscaría allí. Abi Amir sudó la fiebre de la herida toda la noche, y al alba, con su autorización expresa, sus hombres, convertidos en una partida de lobos enfurecidos, asaltaron por sorpresa a la guarnición de la ciudad.
El combate fue breve, sucio, inesperado.
En el alcázar, tuvieron que despertar a Galib de su borrachera para informarlo de que su plaza había caído.
Cuando tomó conciencia de las noticias, aulló, desesperado, y mandó venir al caíd de Saraqusta.
Entonces, sin mediar palabra, lo atravesó con su espada.
Por haberle impedido terminar lo que había empezado.
Y, sin más, seguido por sus hombres más cercanos, huyó por los caminos que llevaban al norte.
Uno de los oficiales bereberes trasladó las últimas noticias a Abi Amir:
–Háyib, la plaza es nuestra. Pero Galib ha huido y está reuniendo a sus leales. Se atrincherará –le advirtió, preocupado–. Es el León. Nunca ha perdido una batalla a campo abierto.
En los ojos de Abi Amir, el brillo de la fiebre se mezclaba con otro fuego, más antiguo y peligroso: el ansia del cazador.
Sentía algo desconocido: miedo. Porque no había marcha atrás ni diplomacia que arreglase lo sucedido.
Ni Galib ni él volverían a estar a salvo mientras el otro siguiera respirando.
Córdoba acababa de fracturarse en una guerra civil.
–Que lo haga –susurró, con los labios agrietados–.
Que se atrinchere. Que llame a todos los que aún creen en su leyenda –trató de tomar aliento; un dolor lacerante en el costado lo doblaba a cada tanto–.
Una vez me dijo que a veces un zorro vale más que un león...
–recordó–. Quizás ésta sea su primera derrota.
O la mía. En cualquier caso –miró a su capitán con ojos enfebrecidos–, ¿qué precio no pagarías tú por el alma de al-Ándalus?
* * *
Torrevicente, 371 H. / 981 d. C.
Durante casi un año prepararon la campaña.
El lugar elegido por el destino fue la llanura pedregosa junto al castillo de Torrevicente, un erial barrido por el viento que separaba los ríos al-Duru y al-Tay.
No era una campa heroica, sólo una franja de tierra de nadie ganada a aquella frontera volátil.
Un lugar tan malo como cualquier otro para morir.
En la ladera sur, el ejército de Galib, el León de la Frontera, ya cano pero erguido como una encina, comandaba el núcleo duro de sus tropas regulares andalusíes, leales a él desde hacía décadas.
A su derecha, ondeaban los desconcertantes estandartes de sus aliados cristianos: García Fernández, conde de Castilla, y Ramiro III, rey de León.
Era una alianza contra natura, tejida por el odio común hacia el advenedizo que quería devorarlos.
Los cristianos no miraban a Galib con afecto; lo aceptaban sólo como un mal necesario, la espada más afilada para eliminar a la mayor amenaza.
Galib, por su parte, los toleraba con desprecio.
Eran la prueba de hasta dónde había tenido que llegar para enfrentarse a su propia creación.
En la ladera norte, el nuevo ejército, las huestes de Abi Amir.
Una legión de mercenarios bereberes recién traídos de al-Magrib, hambrientos de oro y tierra, y de eslavos de las guardias palatinas, hombres sin lealtad más allá de su paga.
No era la guardia tradicional de los Omeya, pero bajo el estandarte del califa cabalgaba Abi Amir con el rostro pálido y los ojos hundidos por la fiebre de la herida mal curada.
El costado le quemaba, cada respiración era una puñalada.
Pero en sus ojos ardía algo nuevo: la fría convicción del jugador que lo arriesga todo a una sola partida.