–III– #2
Esta purga no es una ejecución, sólo un cautiverio necesario.
Y, como si no pudiera soportar más aquella mirada, abandonó la biblioteca. De él sólo quedó el rastro de su sangre sobre el mármol.
* * *
Durante un tiempo, nadie habló de que la biblioteca había sido purgada.
No hacía falta.
Córdoba aprendió muy pronto que había cosas que ya no se nombraban, porque, con ello, se hacía visible un hueco que dolía demasiado.
Al principio, la ciudad siguió su vida, como siempre.
Las aceifas continuaron trayendo oro fácil, las mezquitas se llenaban, la justicia se impartía con puntualidad, y el orden –ese orden que tanto se había prometido– parecía sólido e incluso admirable.
Sin embargo, algo empezó a desplazarse por debajo de esa superficie eficaz, una sensación tenue, casi indecible, como si el aire se hubiera vuelto más estrecho y cada respiración exigiera mayor esfuerzo.
Los hombres que sabían leer dejaron de citar ciertos nombres, no porque los hubieran olvidado, sino porque comprendieron que recordarlos en voz alta los convertía en sospechosos.
Los poetas comenzaron a elegir palabras más seguras, menos arriesgadas, y las metáforas se hicieron más obedientes, más previsibles, como si también ellas hubieran aprendido a no sobresalir.
En los patios, las conversaciones se acortaron, y la erudición se volvió cautelosa, privada, algo compartido sólo cuando la noche y la confianza lo permitían.
Lubna estaba entre esos que ahora escondían libros en las tinajas de la despensa, entre los que no citaban en voz alta versos, entre los que medían las palabras.
Córdoba no perdió el saber de golpe. Perdió, lentamente, la costumbre de preguntarse.
Y eso fue lo más grave.
La sensación de saber que los libros que habían enseñado a dudar, a comparar, a imaginar otros mundos posibles ya no estaban allí para recordar que incluso el orden también puede pensarse de otra manera.
«Vendrán otros...», había anunciado Abi Amir con un aliento de profecía.
Quizá, pensaba Lubna, si nadie lo dejaba por escrito, muchos años después, cuando los hombres hablaran de decadencia, no sabrían señalar el momento en que todo había empezado.
Mirarían a los cargos desplazados, a las guerras civiles, a los palacios en ruinas o a los califas depuestos sin entender que el horror se había iniciado mucho antes, cuando el saber dejó de ser un espacio compartido para ser un objeto vigilado.
Quizás alguien recordara que el día en que las estanterías quedaron vacías nadie se atrevió a protestar más allá de un llanto sofocado.
Y la escriba dejó de escribir, pero no de registrarlo.
Y relegó el papel a las comunicaciones oficiales de la cancillería.
Y decidió que usaría la memoria como último refugio, hasta que la sabiduría fuera de nuevo liberada.
* * *
Siempre quiso pensar que así nació Madinat al-Zahira.
En sus sueños más ocultos, los únicos a los que aún se atrevía, imaginaba a Abi Amir en la fría penumbra de aquellos almacenes privados donde se pudrían los libros, contemplando los montones de pergaminos purgados, silenciados.
En ese sueño, él acariciaba el lomo roto de Las mil y una noches y tomaba una decisión distinta: «Esto no merece las sombras. Merece un palacio, una ciudad entera que sea su relicario».
Y así, movido por un remordimiento secreto, por el último rescoldo de aquel hombre que una vez debatiera de filosofía y literatura en sus cartas, habría ordenado levantar la nueva ciudad palatina, no como bastión de su poder, sino como fortaleza para el saber proscrito.
Madinat al-Zahira, la Ciudad Resplandeciente, brillaría para ocultar, en sus entrañas, la luz robada.
Lubna sabía que era una mentira. Una ficción piadosa que su mente, agotada de tanto dolor, imaginaba para poder seguir mirando hacia el noreste, donde el polvo se levantaba en nubes perpetuas.
Pero la verdad era otra. La verdad llegaba cada amanecer. Con aquellos carromatos llenos de piedras. Y cautivos.
No había lugar para el arrepentimiento. Madinat al-Zahira surgía de una voluntad tan fría como la piedra de sus cimientos, allí, junto a un meandro del al-Kabir, lejos de la majestuosidad omeya de Medina Azahara; no para emularla, sino para sustituirla.
E iba apareciendo a una velocidad obscena, con una eficacia que helaba la sangre.
No se construían grandiosos arcos que costara décadas cerrar ni mosaicos que exigieran años de paciencia bizantina.
Al-Zahira era una ciudad funcional, geométrica, levantada con la lógica de un campamento militar ampliado a lo eterno.
Sus muros eran rectos, altos, desnudos. Sus calles, una cuadrícula perfecta para el movimiento rápido de tropas.
El palacio, en el centro, no buscaba el asombro poético, sino la intimidación.
En ella trabajaban los cautivos. Una marea humana gris y encadenada a la que Lubna observaba desde la lejanía con un nudo de horror en la garganta.
Eran el fruto de las aceifas, esas expediciones de saqueo metódico que ya eran el latido del nuevo régimen.
Desde la campaña de castigo contra los cristianos que habían osado profanar la Marca, hasta las incursiones relámpago de los últimos dos años –Zamora, Simancas, las tierras del río al-Duru–, cada verano traía una nueva remesa de condenados.
Hombres del norte, cristianos con la piel pálida marcada por el hierro candente, mujeres y niños destinados a servir en los talleres o en los hogares de los oficiales bereberes.
Ellos eran ahora los nuevos señores, y había quien ya los calificaba de jinetes del desorden o príncipes de la oscuridad.
Los esclavos eran los cimientos vivos de al-Zahira. Morían a docenas, sepultados por derrumbes, reventados por el esfuerzo, consumidos por las fiebres. Pero, por cada uno que caía, traían dos más. Una máquina de construcción alimentada con carne conquistada.
Fátima regresó al scriptorium donde Lubna trabajaba. Había estado en las orillas del río, recogiendo plantas para hacer tinta.
–¿La has visto? –preguntó con un hilo de voz–. La nueva ciudad del háyib. No es... no es hermosa. Es sólo... grande. Y crece tan rápido que parece haber hecho un pacto con Saytan.
–Es lo que él quiere –murmuró Lubna, sin levantar la vista de la cubierta que intentaba restaurar–. Algo que nadie haya tenido antes, construido a una velocidad que nadie antes haya podido imaginar.
–Cuando la vean los poetas –dijo Fátima con un amargo sarcasmo–, no sabrán qué cantar.
No hay alma que celebrar... –Hizo una pausa y bajó aún más la voz–.
Uno de los albañiles, un viejo mozárabe que trabaja en las conducciones de agua, me lo ha dicho hoy: «A esta ciudad no la llorará nadie cuando caiga. No guarda belleza. No es más que el capricho de un hombre. Y los caprichos... se desvanecen con el que los soñó.
Será muy fácil de destruir cuando llegue el momento. Nada sobrevivirá..., porque nadie querrá guardarse nada».
Las palabras del viejo albañil resonaron en el silencio del scriptorium como una profecía de barro y desprecio. Lubna miró por la ventana hacia la nube de polvo que era la cuna de un nuevo poder: algo útil, temible y vacío. Algo que sólo buscaba imponerse en el miedo del presente.
Por mucho que sus sueños continuaran, Madinat al-Zahira no sería la cuna de sabiduría.
Guardaría espadas, oro y el eco de las cadenas de quienes la levantaron.
Y el miedo del presente. Y Lubna supo, con una certeza que le secó la boca, que el viejo mozárabe tenía razón.
Tal vez, en su fría racionalidad, el háyib no lo había previsto.
Pero, si se construía sin amor, sin belleza, sin un fragmento de alma compartida, quizá nadie deseara nunca luchar por conservarla.