La luz de Medina –III–
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–III–

Alcázar de Córdoba, 370 H. / 980 d. C.

–¡Lubna! ¡Los soldados! ¡Están dentro!

El aviso de Fátima era innecesario. Los gritos los anunciaban, las botas resonaban en las losas del suelo, las espadas repiqueteaban en los cintos, y los anaqueles de madera temblaban a su paso.

En el taller, el pincel de Lubna erró el trazo, manchando de rojo cinabrio el rostro de Hipatia. Se recogió los pliegues de la túnica y corrió a la sala principal.

El caos era una bestia viva. Hombres con el emblema del háyib en el hombro vaciaban las estanterías con eficacia y fuerza bruta.

Los volúmenes, esos cuerpos inertes de piel y tinta, caían con golpes sordos, formando un montón aberrante en el suelo de mosaico.

Algunos, al chocar entre sí, se abrían como para mostrar sus entrañas de letras heridas.

Las copistas gritaban, forcejeaban, y trataban de aferrar con sus dedos manchados de tinta los lomos de cuero que les eran arrancados de las manos, como madres tratando de salvar a sus hijos.

–¡Deteneos! –La voz de Lubna cortó el aire, cargada de una autoridad implícita. Todo se detuvo al instante–. ¡Este lugar está consagrado al saber, no a la barbarie!

Un capitán de rostro curtido se encaró con ella.

–Orden del háyib. Se deben retirar las obras contrarias a la ortodoxia, y también todas aquellas de materias frívolas que sólo sirven al entretenimiento y no a la ciencia.

–¿Qué ortodoxia osa llamar herejía a Aristóteles y frivolidad a la poesía? –escupió Lubna.

–La que sostiene el trono –respondió a su espalda una voz glacial.

Abi Amir, vestido como era habitual en él de un blanco inmaculado, traspasó el umbral y se quedó observando, en un cálculo helado, el desorden de los anaqueles.

Se detuvo junto al montón de libros desparramados y, con una mano, la misma que había escrito aquellas cartas desde Fes, la capital de los idrisíes, tomó un volumen.

Abu Nawas, el libro que él le había donado cuando era cadí de Isbiliya.

Leyó en voz alta: «Su cintura es un árbol joven, con el rostro de una luna, y la belleza de su mejilla sonrosada...»

. Un titubeo. Un parpadeo. Algo se estremeció bajo la máscara.

Al instante siguiente, su gesto se endureció.

–Pasión que distrae del amor a Dios –decretó, y lo arrojó al montón. El golpe resonó como un hueso quebrado.

–¡Es el sueño del califa al-Hakam! –trató de recordarle Lubna–. El trabajo de toda una vida.

–El califa al-Hakam ya no gobierna en Córdoba –respondió él, inflexible.

–¡Tú trajiste algunos de estos volúmenes! ¡Los has leído!

–Todos hacemos cosas que luego lamentamos.

Lubna vio que tomaba otro libro: las Metamorfosis de Ovidio. «Fábulas paganas», gruñó. Al suelo. Un tratado de medicina de al-Razi que describía la circulación de la sangre. «Especulación que contradice los designios divinos». Al suelo.

–¿Y qué queda? –gritó Lubna, desafiante–. ¿Sólo libros de leyes secas y sermones? ¿Sólo el Corán? ¡Estáis matando el alma de Córdoba!

Abi Amir guardó silencio. Miraba un códice de piel oscura, con incrustaciones de nácar.

Aquella cubierta que semejaba el cosmos...

Las mil y una noches. La copia de Bagdad.

La que ella había traído. La que al-Hakam leía en voz baja, noche tras noche, para sobrellevar el peso del poder y la pérdida de su padre.

Abrió el volumen. Su boca, por un instante, pareció querer formar algunas palabras. Luego, con un gesto de repulsión violenta, lo arrojó al suelo. El nácar se astilló. Las páginas se desprendieron.

Algo en Lubna se rompió por dentro. Y, sin siquiera pensárselo, se lanzó sobre él.

Fue un ataque. Con rabia. Sus dedos encontraron el estilete de hueso que siempre llevaba en el cinturón para corregir pergaminos.

Lo alzó en el aire, en un movimiento rápido, ciega de furia.

La punta afilada rasgó la túnica blanca inmaculada de Abi Amir y se hundió en la carne de su antebrazo, justo donde la manga se recogía.

Fátima se tapó la boca, horrorizada.

–¡Lubna! ¡NO!

Dos soldados se echaron sobre ella como perros de presa.

La agarraron por los brazos, la separaron de él y la derribaron sobre el suelo de mármol.

El estilete rodó a su lado, tintineando.

Quedó inmovilizada, con los brazos a la espalda, el rostro congestionado contra el suelo, las ropas alzadas burdamente.

–¡Soltadla!

Un gesto de incredulidad de los hombres siguió a la orden.

–¡Soltadla, os digo!

Fátima la ayudó a levantarse y la refugió en sus brazos. Lubna, aún furiosa, miraba a Abi Amir con ojos hirvientes y el pecho jadeante. Uno de los soldados desenfundó su espada y las señaló, amenazador, anticipando sus movimientos.

El háyib permanecía inmóvil. No había hecho un solo gesto para defenderse ni para detener la sangre de la herida.

Sólo miraba la línea roja y delgada que aparecía en su antebrazo, el blanco del lino virgen manchándose lentamente de carmesí.

Al fin, levantó la mano, y la sangre goteó en el suelo.

Luego miró a Lubna. Sus ojos no mostraban ira, sino una terrible claridad.

–¿Ves? –Su voz fue apenas un susurro, y sin embargo llenó la sala–.

Aquí tienes la explicación de todo. No soy un Quraysh de La Meca.

No vengo de la familia del profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz.

Mira mi sangre. No es omeya. Es la sangre de un hombre que ha llegado hasta aquí desde la nada –enunció–.

Y para que un hombre así sostenga el peso y la legitimidad de un califato, su piedad no puede ser cuestionada.

Debe ser una roca. Una roca que todos vean, que los ulemas malikíes puedan tocar y bendecir.

Señaló el montón de libros con el brazo herido, en un gesto sacrificial.

–Esto, Lubna..., esto es una ofrenda. Una ofrenda necesaria.

Les doy las fábulas de los griegos, las batallas de los romanos, las sagas de los bárbaros del norte, los martirios de los niños cristianos...

–Hizo un gesto amplio, abarcando los volúmenes caídos a sus pies–.

Les doy lo cuestionable, el pensamiento...

¡La herejía! Que permanezcan la palabra de Dios y la ciencia.

–Hay ciencias que cuestionan la palabra de Dios... –le recordó ella, y supo que había sonado peligrosamente pagana.

–Pues ésas –respondió él con calma– deben desaparecer.

Fue entonces cuando Lubna comenzó a declamar.

No lloró. No gritó. En voz alta, para sí y para el mundo, empezó a recitar versos irreverentes y fábulas increíbles de animales que hablaban.

Los soldados la miraron, indecisos, como si fuese una hechicera, un djinn que les lanzara algún abominable conjuro.

Ella clamaba con inflexiones, en tono claro, a veces trémulo, como en un conjuro contra el olvido.

Citó a Platón. Recitó un verso de Safo en griego antiguo.

Nombró los teoremas de Euclides. Era la memoria hecha voz, desafiando al silencio que se avecinaba.

Eso fue la señal. Como en un último acto de resistencia desesperada, las demás mujeres reaccionaron.

Cada una seleccionó un párrafo oculto en su memoria.

Un cuento oriental, un verso de la Ilíada, una receta contra el despecho, una quiná judía, la historia de una esposa adúltera, de un ladrón o de un príncipe malo...

Y se alzó una oración colectiva, diversa y pagana, en varias lenguas, componiendo bajo la cúpula de la sala central un salmo bellísimo e irrepetible.

Abi Amir no pudo más que escucharlas fascinado.

Fátima, que lloraba y declamaba a la vez, se escondió un pequeño libro de poemas de al-Mutanabbi bajo la túnica, retando a los soldados con una mirada a que se atrevieran a buscar entre sus ropas.

Otra copista envolvió un tratado de astronomía en su velo.

Otra más escondió un códice de historias persas bajo su falda, una cuarta deslizó un libro que hablaba de Zaratrusta y los adoradores del fuego en su escote...

Fue un motín silencioso, un robo sagrado.

–Háyib...

Los soldados, confusos, imploraban a su señor. Estaban listos para usar la fuerza, para alzarles las ropas y arrancarles los bultos con violencia, pero necesitaban una legitimación para sus actos.

–¡No las toquéis! –La orden de Abi Amir fue un latigazo–. Que se lleven lo que han escondido. No rocéis ni una brizna de hilo de sus ropas. Estas mujeres no son el botín de una aceifa, sino funcionarias de la cancillería, al servicio del califato...

El capitán de la guardia, tan perplejo como el resto de sus hombres, paseó la mirada por el montón de libros en el suelo, deseoso de acabar su trabajo en ese cubil de brujas.

–Háyib, deberíamos sacarlos fuera para quemarlos. Junto al río. Aquí el fuego podría extenderse al resto del alcázar.

Abi Amir contempló el tesoro condenado, y luego deslizó su mirada por los rostros aterrorizados de las mujeres.

Lubna lo contemplaba fijamente, incrédula.

Le había hablado del olor a papel quemado del molino; le había contado que se había jurado a sí misma que jamás permitiría que nada escrito se perdiese en el fuego para siempre.

Abi Amir leyó en sus ojos el odio. Un odio puro, mil veces más abrasador que cualquier hoguera. Respiró hondo.

–No habrá fuego –declaró–. El viento podría extenderlo, –Recuperó su práctica frialdad–. Recoged todos estos volúmenes, y con el mayor cuidado posible. Los transportaréis a los almacenes privados, bajo mi residencia. No quiero que se pierda ni una página.

–¿A... vuestros almacenes, háyib? –El capitán no entendía.

–Sí. No serán destruidos –decidió–. Serán... custodiados.

Entre las miradas heridas de las escribas, los soldados comenzaron su trabajo.

Algunas sollozaban al identificar libros que ellas mismas habían traducido o copiado.

Lubna, sin embargo, ya en pie, se mantuvo íntegra, aun sintiendo que el sueño de al-Hakam se disolvía bajo sus pies como en uno de esos remolinos que acompañaban la aparición de los djinn en las fábulas orientales.

–Guarda lo que has salvado, Lubna –le concedió Abi Amir–.

Yo también me comprometo a guardarlo. Ahora crees que me odias.

De hecho, estás segura de ello. Pero, si no lo hago yo, vendrán otros.

Con más celo, con menos memoria, con los hadices en la mano.

Otros patearán lo que yo custodio, romperán lo que yo preservo, y prenderán fuego a todo lo que huela a un mundo más amplio.

No me odies, Lubna –suplicó, como si no pudiera aceptarlo–.