–II–
Córdoba, 369 a. H. / 979 d. C.
No llegaron de noche, con capa y sigilo, sino a pleno mediodía. En una demostración de poder, de posesión del tiempo y de la luz.
En el patio de recepción de su casa, al-Mushafí desayunaba higos y queso fresco.
Diez hombres de la shurta, la policía de la ciudad, entraron con paso firme.
Eran soldados nuevos, de rostros duros y desconocidos para el háyib, con el distintivo del prefecto en sus brazaletes.
Por detrás de ellos, con un rollo de pergamino en la mano, apareció Abi Amir, ahora sahib al-Madina y háyib en todo menos en el título oficial.
Vestía de lino gris, sobrio, y su rostro era una máscara de pesar.
Al-Mushafí se preguntó, para su propia sorpresa, qué debía haber sentido el príncipe al-Muguira al verlo aparecer, repentinamente, en su patio. Mantuvo la calma y, aún sentado, tomó un sorbo de agua. Sus ojos, hundidos en sombras de insomnio, se clavaron en los de su antiguo pupilo.
–¿Tan urgente es el asunto que irrumpes en mi desayuno, prefecto?
–Lo siento, háyib. Es una orden del Consejo de la Regencia.
–Abi Amir desplegó el pergamino y leyó en alto, con voz clara, para que sirvientes y guardias pudieran escucharlo bien–: Por cargos de malversación de fondos públicos, desvío de tributos y conspiración contra la seguridad del califato, se ordena tu arresto inmediato,
la requisa de tus bienes y tu reclusión en la prisión de la Dar al-Qadi, a la espera de juicio.
Las palabras resonaron en el patio. «Conspiración contra el califato». El mismo califato que él había ayudado a construir. Al-Mushafí soltó una risa seca que sonó como un crujido de hojas muertas.
–¿Conspiración? ¿Contra el niño que yo he puesto en el trono? ¿Contra la mujer a la que yo he convertido reina metiéndola en la cama del califa? Qué cómica es la gratitud, Abi Amir.
–No es cuestión de gratitud –rectificó él, plegando el documento–.
Es cuestión de cuentas: las cuentas de la administración de la guardia durante tu mandato, las de los talleres y las caballerizas de Medina Azahara, las de los astilleros de Almiriya...
No cuadran. Y, en tiempos de inestabilidad, la falta de...
exactitud bien podría obedecer a una traición.
Era la misma trampa que al-Mushafí había tendido para él años atrás, pero ahora perfeccionada, inapelable.
Las pruebas, falsas o exageradas, serían incontestables.
El califa, un niño, y la regente habían firmado el decreto que decidía su destino.
Era el golpe final, y al-Mushafí sintió que le faltaba el aire.
–Te ha permitido que me vendas... –masculló, casi para sí–. ¿Para qué? ¡Yo no soy el peligro! ¿Para proteger al niño? ¿Para protegerte a ti?
–Para proteger al califato –lo corrigió Abi Amir, con una frialdad que no admitía matices–. Tú mismo me enseñaste que un individuo no es nada ante la institución.
Hizo un gesto leve. Dos guardias se adelantaron hacia al-Mushafí y lo prendieron, impersonales.
No hizo falta ponerle grilletes. Su propia incredulidad era una cadena más pesada.
Al pasar junto a Abi Amir, se detuvo un instante.
Lo miró a los ojos, buscando un rastro del joven al que había sacado del arrabal, del cómplice de tantas estrategias.
–¿Esto era necesario? –preguntó, y en su voz hubo un último destello de su vieja autoridad.
Abi Amir le sostuvo la mirada. En sus ojos oscuros pareció vibrar algo complejo, un eco de todo lo aprendido, de todo lo traicionado.
–Sí –respondió al fin, sin triunfalismo, con la fatiga de quien ejecuta un destino escrito por ambos–. Lo es, háyib. En la mezquita, los pilares viejos hay que cambiarlos antes de que se rompan y se derrumbe todo el techo.
* * *
La celda donde lo encerraron en Dar al-Qadi era una estancia pequeña, seca, con una ventana alta que dejaba ver un rectángulo de cielo nocturno. Una prisión para un noble, una humillación calculada. Y tampoco podía quejarse del trato, sólo de la aniquilación moral.
Allí, el silencio era absoluto. Un silencio distinto al del alcázar, siempre lleno de poder, de susurros y tensión.
Aquí era el silencio del olvido, de la irrelevancia.
Al-Mushafí sólo podía sentir desprecio. Por sí mismo, sobre todo.
Por haberse aferrado a los protocolos y lo aprehendido, cuando el verdadero poder se estaba transfiriendo a las calles, a la ceca, a los cuarteles bereberes.
Había sido el administrador brillante de un mundo que se desvanecía.
Aún confiaba, sin embargo, en un rincón de su mente, en que aquello sólo fuera una jugada más.
Que apareciera Abi Amir por la noche, que le explicara el plan maestro, que todo fuera un teatro para engañar a otros enemigos.
Pero la puerta no se abrió. El único que lo visitó fue el carcelero, con un cuenco de agua y pan.
El pan era blando, fresco, como correspondía a su posición. Otro detalle deliberado.
Finalmente, en la oscuridad profunda de la noche, le llegó la verdad, lúcida y desgarradora.
Abi Amir no lo había destruido por odio.
Era, sencillamente, pura geometría del poder.
Su caída no era personal; era estructural, necesaria.
Al-Mushafí cerró los ojos y lanzó un suspiro.
Era, en el fondo, un consuelo amargo: había creado a un político perfecto.
Un monstruo eficiente, libre de los lastres del afecto y la lealtad que, a él, al final, lo habían hundido.
De alguna manera también él ganaba: había sido el maestro del hombre que cambiaría la historia.
Y ningún juicio ni ninguna celda podrían arrebatarle eso.
* * *
De al-Mushafí
Shawwal, 368 H. (abril, 979 d. C.)
A quien corresponda:
El preso Yafar al-Mushafí ibn Uthman, háyib en otro tiempo, solicita audiencia formal ante el Consejo de Regencia o, en su defecto, ante el prefecto y háyib Mohammed ibn Abi Amir, para conocer los cargos en su contra y ejercer su derecho a defensa.
La justicia, incluso en días aciagos, ha de conservar sus formas.
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
De la secretaría del califa
Shawwal, 368 H. (abril, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al preso al-Mushafí:
Su solicitud ha sido recibida. Los cargos, detallados en el decreto de arresto, están siendo investigados por el qadi al-Jamaʿa. Se le notificará en su momento la celebración de la audiencia pertinente, según el calendario judicial.
Por orden del háyib.
De al-Mushafí
Dhu al-Qa‘dah, 368 H. (mayo, 979 d. C.)
Para el háyib Abi Amir:
Debo reconocer la elegancia del golpe. Desarmar a un hombre no con ejércitos, sino con sus propias cuentas, es de una perversidad magistral.
Fui tu maestro en muchas artes, pero no creí haberte enseñado nunca la deslealtad.
Mi enhorabuena. Ahora, como discípulo aventajado, ¿no crees que debes al menos mirar a los ojos a tu viejo instructor?
Una reunión. Una explicación... No pido clemencia. Pido... reconocimiento.
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
De la secretaría del califa
Dhu al-Qa‘dah, 368 H. (julio, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al preso al-Mushafí:
El háyib recibe numerosas peticiones de audiencia. Las cuestiones judiciales deben seguir su curso a través de los canales establecidos. Se le reitera que será informado.
Por orden del háyib.
De al-Mushafí
Dhu al-Hijjah, 368 H. (julio, 979 d. C.)
Abi Amir:
El silencio es un arma que yo también empuñé.
Sé lo que significa. Pero este silencio...
hiere más que cualquier acusación. ¿Recuerdas la primera vez que te presenté al príncipe al-Hakam, a quien Dios acoja?
Temblabas como un junco. Te corregí la inclinación, y susurré: «La cabeza alta, pero los ojos bajos».
Aprendiste demasiado bien. Ahora tus ojos están tan altos que no me ven a mí.
El invierno aquí es húmedo. La tos antigua ha vuelto.
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
De la secretaría del califa
Dhu al-Hijjah, 368 H. (julio, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al preso al-Mushafí:
Su queja sobre las condiciones de la celda ha sido trasladada al administrador de la prisión. Se proveerán mantas adicionales.
Por orden del háyib.
De al-Mushafí
Muharram, 369 H. (agosto, 979 d. C.)
Amir, habibi:
¿Puedo llamarte así aún? ¿O el hombre que fuiste ya no existe?
Escribo estas líneas y veo tus manos. Las manos del joven que trazaba columnas de números con obsesiva precisión.
Yo las miraba con orgullo, como si las hubiera creado, y pensaba: «Estas manos construirán o destruirán».
¡Ah, la necia prepotencia del creador! No supe que sería lo segundo.
Ni que me destruirían a mí. Y a los míos.
No voy a pedirte compasión, sólo la diligencia de que sueles hacer gala.
Me niego a creer que mi experiencia sea inútil, que mi conocimiento haya dejado de servir al califato.
Y me niego a creer que tú, precisamente, no te des cuenta.
No te guardo rencor. Repártete el poder con tu suegro, si eso es lo que deseas.
A mí no me hace falta, pero no reniegues de todo lo que aprendiste de mí.
Me ofrezco como tutor de tus hijos. Prometo enseñarles todo lo que sé.
Si no deseas que vuelva a pisar los salones del alcázar o las estancias de Medina Azahara, acaba ya con esto.
Enfréntame en un juicio o mátame, pero no me permitas seguir vagando en la incertidumbre.
Tu maestro, que lo quiso ser.
De la secretaría del califa
Muharram, 369 H. (agosto, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al preso al-Mushafí:
El háyib está absorto en asuntos de Estado de la mayor urgencia. Se ruega que las comunicaciones a esta oficina se ciñan a los trámites oficiales.
Atentamente,
Lubna bint Hakam,
escriba de la secretaría del califa
De al-Mushafí
Saffar, 369 H. (septiembre, 979 d. C.)
Para la oficina del háyib:
He soñado con la biblioteca. Contigo y con la escriba Lubna a su cargo.
La misma Lubna que llegó andando desde Balansiya para mostrar al califa un trozo de papel.
¿No fue ella quien juntó nuestros destinos?
A veces nos resistimos a ellos. Aquella niña cristiana lloraba cuando la llevaron al harén, pero yo le di una vida entre libros, como a ti te di una vida entre palacios.
A los dos os di un mundo. Y ahora los dos, desde vuestros puestos de poder, me dejáis pudrirme en la oscuridad.
¿Es éste el precio de la creación? ¿Crear monstruos tan perfectos que devoran al creador?
De Lubna
Saffar, 369 H. (septiembre, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al preso al-Mushafí:
Su comunicación ha sido recibida. El háyib no está en la ciudad. Ha partido a inspeccionar las fortificaciones del norte.
Te envío, por mi cuenta, un nuevo cuaderno y una pluma con un trazo más firme. La que usas debe estar ya gastada.
Atentamente,
Lubna
De al-Mushafí
Rabi al-Awwal, 369 H. (octubre, 979 d. C.)
Lubna:
Gracias por la pluma. Escribe con fluidez, como si recordara su oficio. Dices que él no está. Lo dudo. El silencio es su forma de estar en todas partes ahora.
Pregúntale qué pasó con el muchacho que temblaba ante mi presencia el primer día, parapetándose tras el cadí Ibn al-Salim como un escudo.
Olía a miedo y al jabón negro del hammam.
Aún lo recuerdo. ¡Qué increíble la memoria!
Tú olías a limón y a tinta. Y yo..., yo olía a poder.
Ahora todos esos aromas han desaparecido.
Sólo existen el frío y la humedad, y hacen que vuelva una tos maldita que creía desterrada.
De Lubna
Rabi al-Awwal, 369 H. (octubre 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al-Mushafí:
Recuerdo el olor a limón. Me frotaba las manos con sus hojas en los jardines de Medina Azahara. Recuerdo el entusiasmo de tu voz cuando me pediste que le contara todo sobre el papel al entonces príncipe al-Hakam. Ése fue el día que me trajo a este presente.
No le transmitiré tu mensaje. Él ya lo sabe. Lo sabe cada vez que estampa el sello que un día fue tuyo.
Te envío unas hojas de menta. Ayudan con la tos. Y un pequeño tratado de astronomía, para que, al menos, tus noches tengan estrellas.
Lubna
De al-Mushafí
Rabi al-Thani, 369 H. (noviembre, 979 d. C.)
Lubna:
Las hojas de menta huelen a jardín. A vida. Es un acto de cruel bondad. El tratado lo estoy leyendo. Las estrellas, desde este rectángulo de ventana, son las mismas que sobre la biblioteca. Es un consuelo saber que algo, al menos, permanece inalcanzable para sus designios.
¿Recuerdas los cánticos que componíamos para que nuestra pequeña fantasía, aquella Subh transformada en hombre, los susurrase al oído del califa?
Nunca te lo dije, pero eran las composiciones más bellas que había escuchado nunca.
Al califa nunca le revelé tu autoría. Imagino que me daba miedo que le gustasen más que las mías.
He dejado de escribir a nuestro común amigo.
Escribirte a ti es como escribir a la única parte de mi pasado que no se ha corrompido.
Tú eres la cronista. Guarda esto, entonces, para cuando la historia juzgue estos días.
Creo que no me odia. Yo no lo odio, al menos.
Esto es más terrible. Es la lógica pura, el fruto maduro de la semilla que planté.
La herencia es un espejo, y en él sólo veo a un anciano que ya no importa.
Cuida de tus libros. Y cuídate de él. No por maldad, sino por esa lógica suya que todo lo consume.
Durante un tiempo quise que me amara. ¿Puedes creer la triste confesión de un pobre viejo?
Me daba rabia que ni siquiera fingiese hacerlo.
Ahora creo que tampoco es capaz de amar.
Por lo mismo. Su mundo no son las emociones; es el orden.
Espero que Alá, el Clemente, el Misericordioso, tenga más piedad de él de la que él ha tenido conmigo. Y que te la tenga a ti, que aún eres capaz de enviar menta a un enemigo.
Tuyo, en el crepúsculo,
Yafar al-Mushafí
De Lubna
Rabi al-Thani, 369 H. (diciembre, 979 d. C.)
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
Al-Mushafí:
Guardo tus palabras. No en el archivo oficial, sino en el lugar donde guardo lo que la historia no registrará pero la memoria debe retener.
Los libros están a salvo. Al menos de momento. Yo, no lo sé. La lógica es un río que arrastra. Yo sólo trato de no ahogarme y de salvar lo que puedo del naufragio general.
Tu celda mira al norte. La mía, de papel y tinta, mira hacia todas partes y hacia ninguna a la vez. Quizás en eso no seamos tan distintos.
Nunca has sido mi enemigo. Recuerdo nuestros poemas. Cuando yo empecé a componer los míos, los tuyos ya figuraban en los libros. Fue un privilegio aprender a tu lado. Y el califa al final recibía el eco de un corazón que lo amaba.
Que la paz, al menos, te encuentre inmerso en tus estrellas.
Lubna