–I– #3
Abi Amir, que había permanecido en un silencio estudiado, se acercó entonces. Miraba a al-Mushafí sin desdén, casi con pena.
–El cargo de prefecto requiere de control absoluto.
Dudas y lealtades divididas son un lujo que Córdoba no puede permitirse.
Tú lo sabes mejor que nadie, háyib. –Se volvió ligeramente hacia Subh e inclinó la cabeza–.
Agradezco a la sayyida su confianza. Y a ti, general –dijo, mirando a Galib–, el honor de unir nuestro destino.
Protegeré a tu hija con total dedicación. Como protegeré esta ciudad.
Bajo esas palabras impecables, resonaba la verdad: «Yo tengo el control de las calles. Yo tengo el favor de la regente. Y ahora, tendré el ejército».
–La decisión está tomada –habló Subh, clara y fría, cortando cualquier posible réplica–.
El bien del califato y de mi hijo así lo exigen.
El háyib al-Mushafí ha servido con lealtad durante años, y su consejo seguirá siendo escuchado.
–Era la fórmula de un destierro educado.
Lo apartaba del poder real, pero le dejaba el consuelo hueco del protocolo.
Al-Mushafí miró a uno y a otro, entendiendo la alianza de acero que se había forjado ante sus ojos: la astucia despiadada de Abi Amir, la fuerza bruta de Galib y la voluntad férrea de Subh. Él ya no era parte de esa ecuación. Era un resto, una variable eliminada.
–¡No podréis controlarlo! ¿No os dais cuenta? –Ni él mismo notó el tono desesperado de su voz–. ¡Ya ha enseñado los dientes! ¡Nos devorará a todos!
Nadie le contestó. Como si ya no existiera. Sin una palabra, con una dignidad quebrada, mucho más trágica que cualquier arrebato, el háyib les dio la espalda y abandonó la sala.
* * *
Lubna podía recordar perfectamente el día en que Córdoba cambió de dueño.
Lo tenía perfectamente documentado.
La celebración de la boda de Abi Amir fue un despliegue de lujo y poder. Los poetas la compararon con las celebraciones abasíes del Nouruz, aunque en Medina Azahara no había primaveras persas, sólo un invierno helado en el Salón Rico.
Asma entró del brazo de su padre, Galib.
Más que una novia parecía un estandarte vivo, enfundada como iba, gracias a los desvelos de Subh, en un vestido azul noche con plata bruñida en los bordes, como filos de espada.
Miraba a su alrededor serena y calculadora.
Su dote eran caballos de guerra y lealtades bereberes.
Un calculado regalo para Abi Amir. Hierro, no flores.
Él la esperaba en pie, erguido, con su túnica blanca de pureza forzada y un manto carmesí que hablaba de sangre y dinastía. Lubna leyó en sus ojos. En ellos no había ninguna emoción nupcial. Sólo la evaluación de un trato cerrado.
En un rincón, al-Mushafí trataba de sostener los restos de su dignidad.
Invitado, pero despojado de todo. Habían arrancado el título de prefecto de sus manos.
Le habían arrebatado a la prometida de su hijo, y el que ahora iba a ser su esposo la evaluaba con el ojo de un tratante de caballos.
Él lo observaba ya sin ira, sólo aún con incredulidad.
Impotente, pues, en ese mismo instante, su alumno más perfecto estaba destruyendo su obra maestra.
La ceremonia fue un contrato leído en voz alta. «Qabiltu», dijo sin titubeos Asma, aceptando el enlace, la mirada fija en su padre, no en el que ya era su marido. Galib asintió, orgulloso, y él sí miró a Abi Amir. Un pacto entre soldados.
Después vinieron los murmullos, las risas, las canciones y el vino.
En un momento, Abi Amir se alejó de la celebración para ir hacia las sombras. Al rincón donde aún permanecía al-Mushafí. Había guardado para él una copa de vino dulce de Málaga. Su favorito.
–Háyib, gracias por acudir. Imagino que no ha sido un trago fácil –deslizó–. Y por eso mismo tu presencia me honra.
La voz de al-Mushafí fue un susurro áspero:
–Mis más sinceras felicitaciones, «prefecto». Un logro doble el tuyo. Y eficaz. Mis hijos aprenden hoy una lección amarga sobre la lealtad y el poder.
–Las lecciones más duras forjan el carácter –respondió Abi Amir con falsa cordialidad–. Tú me lo has enseñado.
–Veo que ahora bebes vino... –advirtió al-Mushafí.
–Hago muchas cosas que no hacía antes ...
El háyib no respondió. Sólo un temblor en el párpado delató su terremoto interno. Abi Amir se volvió, sin más, y dejó que la luz lo bañara de nuevo.
Lubna, oculta entre las columnas, sintió un nudo en el estómago.
El duelo la asolaba. Duelo por el hombre soñador e idealista que la había recibido en la ciudad, el mismo que le escribía desde los campamentos de al-Magrib.
Vio a Asma intercambiar una mirada rápida con su nuevo esposo.
No había calor entre ellos, ni siquiera cariño.
Dos piezas de shitranj alineadas perfectamente en el tablero.
Aquella boda no unía dos corazones. Consagraba una maquinaria de poder.
Fría. Implacable. Y, entre el aire invernal que se colaba por el Salón Rico, Lubna se juró que su crónica, la oficial, hablaría de «un día de gran alegría para al-Ándalus»; pero, en los márgenes de su memoria, escribiría la verdad: que aquél fue el día en que Córdoba cambió de dueño.
Y ese mismo día el nuevo dueño enterró para siempre su último vestigio de piedad.