La luz de Medina –I– #2
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–I– #2

Llegaría cuando el humo de los incendios ya se hubiera disipado, cuando todo, la geografía del poder, la lealtad de los hombres, hubiera cambiado para siempre.

–Mover las tropas regulares ahora –midió lo que decía– es un riesgo que no podemos permitirnos. Abriríamos una segunda brecha. Sería el fin.

Un nuevo silencio, más profundo, consumió sus palabras.

–No moverse también lo es. –Una voz clara, metálica, los sorprendió desde la puerta.

Todos volvieron la cabeza. Abi Amir era una silueta erguida en el umbral; no parecía ocupar espacio, sino redefinirlo. Y no había pedido la palabra. Su sola presencia declaraba que los turnos eran una ficción caduca.

Al-Mushafí lo miró fijamente. Pero lo hizo lento, como quien dirige su atención hacia un instrumento que, de pronto, ha empezado a vibrar con sonido propio.

–Hablas como quien no va a cargar con las consecuencias de su consejo.

–Hablo como quien ha calculado esas consecuencias –replicó Abi Amir, sin avanzar un paso–.

Si esperamos tras nuestros muros, los cristianos volverán a sus tierras nevadas contando que Córdoba tembló y miró para otro lado.

Si salimos y nos enfrentamos a ellos, aunque no los aniquilemos, volverán contando que Córdoba aún tiene dientes y los ha mostrado.

La diferencia no está en la batalla, háyib. Está en el relato.

–Tú no eres un general –repuso éste con desdén, incapaz de disimular el filo de su voz. Era el desprecio del maestro hacia el alumno que le robaba las herramientas.

–No –admitió como respuesta, con una calma que resultaba más insultante que un grito–.

Pero sé reunir hombres, sé pagarles con la plata de la ceca que administro, sé hacer que marchen hacia el norte antes de que la luna alcance su cenit.

Y sé que esos hombres, si los lidera alguien con determinación, lucharán como demonios.

«Ah, la experiencia en al-Magrib...», suspiró al-Mushafí, «me va a costar cara».

–¿Y ese líder con determinación serías tú?

–Salvo que queráis ser vos...

El silencio que los envolvió en ese momento consumía el aire, la luz, las respiraciones de los presentes.

Abi Amir se postulaba él mismo, pero le permitía elegantemente apropiarse de la victoria.

O del fracaso. Al-Mushafí comprendió, con un frío súbito en el estómago, que el peligro real no galopaba desde las sierras leonesas.

Estaba allí, en esa sala, vestido con los ropajes del jefe de la guardia califal, ofreciendo soluciones que eran, en sí mismas, una declaración de poder.

–Lo que propones no es una aceifa disciplinada –masculló finalmente–. Es una apuesta demasiado temeraria.

–Todo es temerario –concluyó Abi Amir–. Incluso quedarse quieto. Sobre todo –subrayó–, quedarse quieto.

Antes de que al-Mushafí pudiera articular réplica alguna, un rumor de sedas y un perfume familiar precedieron a la presencia que irrumpió en la sala.

Subh entró sin prisas, con el porte propio de una soberana.

Aun así, la urgencia desesperada bailaba en la profundidad de sus ojos verdes. Prescindió de saludos.

–¿Es cierto? –preguntó, y su voz, aunque baja, llenó el espacio–. ¿Han profanado nuestra tierra?

–Sí, sayyida –respondió el háyib, incorporándose–. Pero la situación es compleja, aún no...

–Aún no han puesto cerco a Córdoba –lo interrumpió, clavando en él una mirada que ya no buscaba consejo, sino acción–. Y no deben hacerlo jamás.

Su movimiento entonces fue tan elegante como definitivo. Sus ojos buscaron los de Abi Amir. No lo miró como a un subordinado ni como a un amante. Sabía que era el instrumento necesario, tal vez el único capaz de torcer el brazo del destino.

–¿Puedes detenerlos?

Él guardó silencio unos instantes, serio. No podía prometerle la gloria ni jactarse de sus arrestos en la batalla. Pero en su mirada, sostenida, lucía la lógica fría del cálculo de posibilidades.

–Puedo obligarlos a dar media vuelta. Puedo hacer que su victoria les sepa a derrota y que su retirada no sea un paseo triunfal.

Subh asintió. Una sola vez. Un movimiento de cabeza en el que se condensaban el miedo de una madre, la determinación de una regente y el reconocimiento de una jugada necesaria.

–Entonces, ve. Hazlo.

Al-Mushafí abrió la boca. Las palabras, las razones de Estado, los mil «peros» y «sin embargo» acudieron a sus labios, pero de repente, ante la expresión de Subh y la figura ya imparable de Abi Amir, supo que cualquier sonido sería el quejido de un mundo que se acababa.

Cerró la boca. Que él se equivocase solo.

–Que Dios te juzgue por lo que hagas –consiguió decir, y la frase sonó a maldición remota.

Abi Amir se inclinó en un gesto de respeto, que, con todo, pareció un desacato.

–Que Dios nos juzgue a todos por lo que hemos tardado en hacerlo –respondió.

Ni siquiera usó la fórmula de respeto, «háyib», ni esperó a que le dieran permiso para retirarse. Se dio la vuelta y desapareció por el corredor, seguido por su guardia. Con urgencia. Como si tuviera un mundo que salvar.

* * *

Los mensajeros llegaron al amanecer, dos semanas después. Venían cubiertos del polvo gris de la sierra y salpicados de una sangre que no era la suya. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una luz febril.

–Se retiran –anunció el más adelantado, sin aliento–. Les cerramos el paso en el desfiladero de al-Hamma. No fue una gran batalla, fue... una carnicería. Dejaron botín. Dejaron muertos. Y, sobre todo, dejaron de avanzar.

La noticia, seca y brutal, se regó por Córdoba como la primera lluvia tras la sequía. El mismo Abi Amir se encargó discretamente, a través de Lubna, de que se multiplicara. Un murmullo de alivio, áspero y creciente, nació en las calles.

Al-Mushafí recibió el informe en sus estancias privadas, en ese momento bañadas por una luz matinal que le pareció grotescamente alegre.

Escuchó en silencio. Sabía, con una certeza que le helaba la médula, que nada había terminado.

Al revés, el verdadero juego por el gobierno de al-Ándalus acababa de empezar.

* * *

Córdoba, 368 H. / 978 d. C.

La sala del trono, vacía del califa, rezumaba un poder más tangible que el ceremonial. El aire olía a cera de abejas y a la humedad fría de la piedra, pero, por debajo, se percibía el aroma metálico de la sangre política recién vertida. No había festín, no había músicos.

Al-Mushafí, de pie junto a una columna, parecía haber encogido.

Su túnica de brocado, antes una armadura de autoridad, ahora colgaba de sus hombros como una piel demasiado grande.

Observaba la escena con la expresión de un hombre que asiste, atónito, al desmontaje de su propio mundo. No podía creerlo. No quería creerlo.

Frente a él, Galib ibn Abderramán, el viejo León de la Frontera, plantado como un roble, conversaba en voz baja con Abi Amir.

El contraste era estudiado: el general, curtido, con la cicatriz de una vieja cimitarra cruzándole el rostro; el antiguo cadí, a punto de ser nombrado prefecto de Córdoba, impecable en su túnica nueva, con una cicatriz fresca en la sien como marca de una nueva conquista: la de la acción.

Subh, sentada a un lado en un sitial cercano al trono, presidía sin pronunciar palabra.

Su luto por al-Hakam era discreto, un velo sutil, pero sus ojos, ardientes y calculadores, no dejaban de moverse entre los tres hombres.

Se permitía una evaluación fría. Tras el asesinato de al-Muguira y la rápida, brutal eficacia con la que Abi Amir había desbaratado la incursión cristiana, ella sólo veía una cosa: el muro.

Un único muro lo suficientemente alto y fuerte para proteger a su frágil Hisham.

Todo, absolutamente todo, valía la pena por consolidarlo.

Un heraldo golpeó el suelo con su bastón.

–Por voluntad de la sayyida Subh, regente del califato, y en reconocimiento a los servicios esenciales prestados para la seguridad de Córdoba y del trono Omeya, se confirma a Abi Amir Muhammad ibn Abi Amir en el cargo de sahib al-Madina, prefecto de la ciudad,

con autoridad sobre la shurta y el orden público.

–El heraldo hizo una pausa, casi imperceptible, para dar paso al golpe de efecto–.

Y, para sellar la lealtad entre la espada que defiende las fronteras y la mano que guarda el corazón del reino, se anuncia el matrimonio entre el dicho Abi Amir y la hija del general Galib, Asma bint Galib ibn Abd al-Rahman.

Al-Mushafí palideció. Un temblor le recorrió las manos, que apretó contra los pliegues de su túnica.

Aquél era el cargo que tenía reservado para su hijo Muhammad, y la boda, la premeditada para su otro vástago, Uthman.

Asma iba a ser su nuera, el eslabón que iba a unir su linaje con el del general más prestigioso del reino, garantizando su influencia en el ejército. Todo se lo arrancaban de cuajo.

Y nadie lo había informado. A él. Al háyib. Nadie había pedido que estampase su rúbrica en ningún documento. Al parecer, la propia Subh era quien había refrendado el nombramiento y aprobado la boda.

Galib se volvió para mirarlo, calmo, sin triunfo ni disculpa. Sólo la pragmática frialdad del soldado que elige el terreno más firme para plantar su tienda.

–Háyib..., las circunstancias cambian. Los aliados de ayer pueden ser los lastres de mañana. Las alianzas se pactan para fortalecer el reino. Ahora veo más fortaleza aquí –dijo, con un gesto de cabeza hacia Abi Amir.

Al-Mushafí encontró por fin la voz. Apenas un susurro ronco, cargado de un veneno que ya ni siquiera podía matar.

–Prometiste tu hija a mi hijo. Tu palabra, Galib. La palabra de un hombre de honor.

–Mi único honor –replicó el general, sin inmutarse– es servir al califato.

Y al niño que está en ese trono. Abi Amir ha demostrado entender lo que nuestro reino necesita: mano firme en la ciudad y lealtad inquebrantable a la regente.

Mi espada defiende las fronteras. Su... «ingenio» parece defender el centro. Es una alianza natural.