La luz de Medina –I–
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–I–

Córdoba, 366 H. / 976 d. C.

La oración de la tarde se deslizaba cadenciosa por los tejados de Córdoba, como cada día.

Pero en realidad nada había vuelto a ser igual.

El invierno se mantenía gris y helado, cargado de silencios que ponían de relieve todas las ausencias.

Se echaba en falta la figura del califa al-Hakam, no tanto por su poder, en sus últimos años, más simbólico que real, sino por el orden que su presencia representaba.

Un orden hecho de erudición y protocolo que, ahora, Lubna entendía con claridad meridiana, había sido el dique de contención de muchas ambiciones.

Hisham fue proclamado en la mezquita. El bay’a, el juramento de fidelidad de sus súbditos dirigido por el mismo Abi Amir, evidenció la triste actuación de un niño balbuceante e incapaz de leer correctamente las suras en las honras fúnebres de su padre.

Por un instante, los ulemas, escandalizados, se miraron unos a otros preguntándose si nadie iba a acabar con esa farsa.

Sólo el cadí de Córdoba, el anciano Ibn al-Salim, el mismo que había detectado por vez primera el innato talento político del alfaquí de los arrabales, se atrevió a alzar la voz.

Se puso en pie y, con voz temblorosa, aludió a la sabiduría de los hombres allí reunidos para que convinieran en que aquel nombramiento no era grato a los ojos de Dios.

«¿De verdad nadie más puede verlo?», inquirió, e hizo un llamamiento a la responsabilidad y la profesionalidad, dirigiéndose a Abi Amir, el jurista a quien él mismo había formado.

Éste se debatía en silencio entre sus valores, su conocimiento de la ley islámica y aquel pacto demente que había refrendado.

Pero no habían llegado hasta allí, no habían derramado sangre omeya, para que las palabras de un anciano invalidaran el proyecto de gobierno.

Al-Mushafí, imperturbable, le hizo un leve gesto con la mirada, y Abi Amir, una vez más, como un subordinado intachable, obedeció.

Se acercó al anciano cadí y con gesto cariñoso pero firme se lo llevó a un rincón de la mezquita, lejos, donde sus voces no pudieran despertar las conciencias de nadie.

Los fieles vieron en su gesto el afecto de un pupilo para con un anciano al que empezaba a fallarle la cabeza.

Ibn al-Salim se aferró a su brazo con dedos sarmentosos, mientras trataba de justificar la imposibilidad de aquella proclamación, y Abi Amir se encomendó a Alá para que el háyib no le pidiera rematar el trabajo y verter la sangre de aquel hombre santo en las sagradas alfombras de la mezquita.

Sentía, pesado, el aleteo molesto de la conciencia y un sabor amargo en la boca.

Porque una vez, hacía ya muchos años, cuando Ibn al-Salim se había erigido en su protector, le había jurado que jamás lo traicionaría.

Cuando la bay’a finalizó, Córdoba había jurado fidelidad a un niño, pero el gobierno quedaba en manos de un puñado de adultos.

La transición se orquestó con cuidado. Los regalos y prebendas urdidos por Subh llegaron, gracias a Abi Amir, a las manos adecuadas para sustentar la legitimidad del nuevo califa.

Los eslavones, la vieja guardia de funcionarios afines a la dinastía, los que habían abogado por la opción de al-Muguira, fueron relegados de sus cargos.

Los mercenarios bereberes se convirtieron en la guardia secreta de Hisham, e incluso los poetas a sueldo de la corte «rescataron» un viejo vaticinio: al-Ándalus gozaría de prosperidad mientras el poder de los Omeya pasase de padre a hijo.

Con todo, pese a la prodigalidad del nuevo gobierno, pese a la derogación de impuestos como el del aceite, una medida pensada para atraerse el favor del pueblo, y pese a la aparente estabilidad política, una incertidumbre densa y fría se había instalado en el corazón del reino.

Y, de manera paradójica, la inquietud se tradujo una sensación de control férreo, omnipresente, que jamás antes Lubna había percibido.

Era el control del miedo bien administrado, de la verdad única que se impone no por su evidencia, sino por la desaparición sistemática de todas las demás.

Él entró en la biblioteca sin anunciarse, como era su costumbre en los últimos tiempos.

Ya no era el cadí de Isbiliya. Vestía la capa y el turbante distintivo del jefe de la guardia del califa, cargo que concentraba en sus manos la seguridad del palacio y, por extensión, de la narrativa oficial.

Se le veía más delgado, el rostro tallado por una responsabilidad que no admitía fisuras.

–Lubna.

Ella dejó el cálamo sobre la mesa. No se levantó.

–Sahib al-Haras, ¿buscáis algún documento?

Abi Amir se extrajo de la faja un rollo de papel manoseado y con los bordes sucios. Lo desplegó con un gesto seco sobre la mesa, tapando el tratado de astronomía que Lubna copiaba.

–Esto circula por la calle de los Perfumistas. Y por la de los Curtidores. Y en el zoco.

Lubna se inclinó para leer. Aquella copia burda, de letra tosca y apresurada, narraba, con una prosa directa y sangrienta, la muerte del príncipe al-Muguira.

No hablaba de fiebres ni de pesares. Mencionaba una visita nocturna, un brebaje, un cuerpo encontrado con el rostro lívido y una expresión de sorpresa.

Y, al final, un nombre: el del hombre que tenía enfrente. El ejecutor.

–Es una versión explícita –concedió Lubna, alzando la mirada hacia él–. Y falsa en los detalles. Al-Muguira no murió envenenado, como sin duda sabéis bien.

–Eso es lo de menos –la cortó, incómodo, señalando el papel con un dedo–. El papel. La tinta. ¿No son los mismos que se distribuyen desde los talleres del Alcázar para los decretos menores?

Ella tomó el papel, lo frotó entre sus dedos, lo acercó a la luz de la lámpara de aceite.

–El papel es de la fábrica de Xatiba de mi familia, efectivamente. La tinta, de hollín y agallas de roble, la más común. Cualquier escribano de medio pelo tiene acceso a ambas cosas. Controlar el papel y la tinta, sahib, no es controlar el pensamiento. Sólo el medio en el que, a veces, se vierte.

–El pensamiento que se vierte y se multiplica se convierte en verdad para los que lo leen –replicó él, su voz un hilo de acero–. Y, en estos tiempos, no podemos permitirnos verdades múltiples. Sólo una.

–¿Y ésa es...? –preguntó Lubna, con genuina curiosidad profesional.

–La que sostiene al califa. A este califa. A tu califa. La que afirma su legitimidad y la lealtad de quienes lo servimos.

Lubna dejó el papel sucio sobre la mesa.

–¿Córdoba es libre para pensar, entonces, o sólo para pensar lo que conviene?

–Córdoba es libre para ser –respondió él, sin pestañear–. Y para ser, debe estar segura. En un momento frágil como el que vivimos, la narrativa no es un lujo de sabios, es un pilar del Estado. Y debe servir para asegurarlo.

Ella asintió, lentamente. No aprobaba su razonamiento, pero comprendía su postura.

–Por supuesto –comenzó a decir, eligiendo cada palabra con la precisión de quien encaja una piedra en un mosaico–, daré instrucciones a las copistas del taller.

Las crónicas que salgan de este recinto hablarán de la trágica y prematura muerte del príncipe, abrumado por el duelo.

Se omitirán visitas, brebajes y nombres propios.

No dudes de que servirá a los intereses del califato.

Él pareció relajarse, pero ella no había terminado.

–Sin embargo, debo deciros algo más... Yo jamás calificaré de suicidio un asesinato político.

No en mis notas privadas. No en mi memoria.

Puedo silenciar la pluma oficial, pero no la voz de mi conciencia.

Y, para mi conciencia, lo que ocurrió con al-Muguira fue un crimen.

Un crimen útil, quizá. Pero un crimen, en definitiva.

El aire se cortó. Abi Amir no se inmutó.

–Tu juicio personal no construye ni destruye reinos, Lubna. Afortunadamente.

–No –aceptó ella–. Sólo los juzga. Para mí. Ése es el único poder que me interesa.

Por un instante, él pareció a punto de replicar, de imponer su autoridad, de recordarle su posición. Lubna le sostuvo la mirada, serena, sin desafío, pero con una firmeza absoluta. No pretendía rebelarse, tan sólo mostrar su integridad. Algo que Abi Amir respetaba.

–Encárgate de las crónicas oficiales.

–Lo haré.

–Es suficiente.

El pacto era amargo, pero no podía pedir más. Públicamente, ella refrendaría la mentira que él necesitaba para gobernar. A cambio, él aceptaría ser juzgado y condenado por la única mujer con la que sabía que podía medirse.

Nada, en efecto, volvería a ser igual.

* * *

El silencio del alcázar no era paz.

Era espera.

Una espera densa, cargada del olor a cera derretida y a miedo seco.

Las lámparas de aceite ardían en una llama baja, casi avergonzada, como si dudaran de su derecho de iluminar la derrota anticipada.

En el centro de la sala, al-Mushafí contemplaba el gran mapa desplegado sobre la mesa de ébano.

No veía fronteras ni ríos, sólo un cuerpo herido.

Sabía dónde dolía –allí, en el flanco norte, donde la tinta roja marcaba una brecha–, pero cada posible cura le parecía un veneno mayor.

–Han cruzado la Marca –anunció un secretario con un hilillo de voz que pareció quebrar la quietud–. No se han detenido a saquear los pueblos pequeños. Cabalgan hacia el sur, como si conocieran el camino.

Al-Mushafí no alzó la vista. Sentía el peso de todas las miradas clavadas en su nuca, aguardando un milagro imposible.

–¿Quién los guía?

–Leoneses. Con refuerzos castellanos. Llevan el pendón de Ramiro.

El nombre, Ramiro, quedó suspendido en el aire.

Un rey niño que desafiaba a un califa niño.

Los dedos de al-Mushafí tamborilearon sobre la mesa.

Los leoneses, que se sabían débiles ante la escasa legitimidad de un monarca de once años, habían decidido dar el primer paso, olvidando que había sido al-Hakam quien lo había ayudado a sentarse en el trono.

Ya no les importaba saltarse los pactos de vasallaje. Olían la debilidad.

Desde la penumbra de un rincón, una voz joven, demasiado ansiosa, se atrevió a preguntar:

–¿Y el general Galib? ¿No puede interceptarlos?

Al-Mushafí cerró los ojos un instante. Galib.

Ese nombre era un bálsamo y una espina a la vez.

Su mejor general, sí, pero estaba demasiado lejos en aquellos días cruciales.