La luz de Medina Córdoba, 366 H./ 976 d. C. #2
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Córdoba, 366 H./ 976 d. C. #2

Abi Amir entendió la jugada. Conocía a al-Mushafí. La «confirmación» no era un pergamino en el que estampar una firma. Era una espada, un veneno, una cuerda. Una orden de ejecución.

–No –logró decir–. Tiene que haber otra forma...

–¿Cuál? ¿Encerrarlo? –lo interrumpió al-Mushafí, despiadado–.

Cada día que siga vivo sería uno más como foco de rebelión.

Un reclamo para todos los que se pregunten por qué no reina él.

Hay que sofocar la revuelta antes de que estalle.

¿No es lo que has ido a hacer con tus bereberes en al-Magrib?

¿Acaso es más valiosa la sangre de un solo hombre que la de media Córdoba?

Juraste proteger al niño, Abi Amir. Y esto es exactamente protegerlo: matar al fantasma que podría devorarlo.

Subh se acercó, su perfume a azahar envolviéndolo en un aroma de perdición.

–Tiene razón, Abi Amir. –La mirada se le nubló, pese a todo–. Y lo sabes.

* * *

El trayecto a la almunia, de noche, sin luces y sin luna, fue un viaje al infierno.

Sólo el rumor del río los perseguía por la izquierda, como un testigo susurrando sus nombres entre las sombras.

Los sirvientes detectaron el galope de los caballos, y el príncipe al-Muguira recibió a los recién llegados en un patio lleno de rosales que aún estaban cerrados.

Vestía una sencilla túnica de lino, ni siquiera se había anudado el turbante, y los rizos despeinados indicaban que dormía hasta ese momento.

No era el rostro de alguien que se preparase para usurpar un trono.

Sonrió, sorprendido de encontrar allí a su amigo a esas horas, pero, al ver la expresión de su rostro y el gesto pétreo de los jinetes bereberes que lo acompañaban, lo entendió todo.

–Mi hermano ha muerto –constató.

–Sí, mi señor.

–¡Que Alá lo acoja! Y ahora yo soy el problema... –añadió, con una sonrisa triste y humilde–. Por eso te haces acompañar de tus bereberes. No has querido arriesgarte a que la guardia califal se ponga de mi lado.

–Vuestro hermano no ha tenido nada que ver con esto. Sólo quiso asegurar la proclamación de su hijo –se vio obligado a decir–. Renunciad por escrito a vuestros derechos, sayyidi –le pidió Abi Amir, devastado–. Aceptad el exilio. Convenceré al háyib.

–Soy leal al heredero, pero no rogaré por mi vida, Abi Amir.

–No tenéis que hacerlo. –Abi Amir lo agarró por el cuello de la túnica, saltándose todos los protocolos, como siempre había hecho con él–.

Lo haré yo. Yo rogaré por vuestra vida. Yo me humillaré ante el háyib.

Yo os conseguiré los medios, los barcos, los hombres, los contactos para instalaros en al-Magrib.

Protegeré a vuestra familia hasta que podáis reuniros.

Haré creer a al-Mushafí que estáis muerto hasta que...

–Basta, basta, habibi. No te esfuerces. Te pedirá mi cabeza.

No es tan fácil, lo sé. Y, además, ¿de verdad crees que lo haría?

¿Cómo podría renunciar a mi sangre omeya?

–preguntó con valentía–. ¿Y a la súplica de Córdoba si Hisham resulta estar...

incapacitado para gobernar? ¿Es mejor seguir vivo y contemplar cada día cómo mi sobrino, el hijo de mi hermano, es manejado como un títere por los que hoy te envían?

¿Sentir siempre el puñal suspendido sobre mi cuello?

No. Mejor acabar con todo ahora. –Puso una mano en el hombro de Abi Amir.

Permitió que una sonrisa flotara en sus labios–.

Pero hazlo tú. No quiero morir a manos de uno de tus sicarios bereberes o de un verdugo cobarde.

Abi Amir miró aquellos ojos claros, llenos de una paz aterradora, y sintió que algo se quebraba para siempre dentro de él, algo que ni las humillaciones ni la traición ni la batalla ni el desierto habían tocado aún. El amor, la lealtad simple, la luz. La humanidad, quizá. Asintió, incapaz de hablar.

–Cuida de mi familia, habibi –le suplicó al-Muguira con entereza–. Y pide que no... que no mutilen mi cuerpo, por favor. Deseo ir al paraíso con mi padre.

La mención del califa Abderramán fue una cuchillada directa al corazón de Abi Amir.

Quizá por ello todo sucedió aún con mayor rapidez.

Un abrazo sincero de despedida, un destello de acero en el lugar adecuado y un cuerpo que se desplomó entre sus brazos con una gracia innata, como si supiera que estaba ahorrándole un problema a Córdoba.

Abi Amir se arrodilló, abrazado a él, con la mano y la camisa ensangrentada, temblando.

No lloró. No podía. El dolor era demasiado profundo para las lágrimas; era un desierto nuevo, árido y eterno que se abría en su alma.

Pero gritó, un grito desgarrador que despertó a las mujeres, aterrorizó a los sirvientes que se apretaban vigilados por sus hombres e hizo entrar al capitán de su guardia bereber.

Al ver el cuerpo ensangrentado en el suelo, el soldado supo que la misión había culminado.

Abi Amir contempló su yanbia, su propia mano, como si fuera de algún otro, y se la limpió en las ropas con un asco infinito de sí mismo.

Alzó la vista hacia el dintel de madera del que pendía una lampara de aceite, una luz delatora que alumbraba la escena.

–¡Colgadlo! –ordenó, derrotado–. Diremos que se ha quitado la vida.

«No será creíble», pensó el soldado. Pero no estaba allí para pensar, y dio la orden para que dos de sus hombres lo ayudaran a fabricar una escena impostada.

–Quizás el háyib quiera su cabeza –opinó de repente.

Abi Amir lo miró con tanta furia que el hombre retrocedió, asustado.

–Pues que mueva su culo desde Medina Azahara y venga él a buscarla –escupió–. Porque yo se la cortaré con mis propias manos a cualquiera que se atreva a profanar este cuerpo.

* * *

Las campanas de las iglesias tenían prohibido llamar a la oración.

Pero aquel mediodía en Córdoba comenzaron a doblar, como en voz baja, tratando de no imponerse sobre el adhan, la llamada a la oración de los musulmanes.

Y quienes conocían los códigos lo entendieron: lloraban la muerte del califa.

Mientras en las salas de palacio se trataba de atar cabos y gestionar el futuro, el pueblo percibió la ausencia.

Ese tañido tan poco común fue su duelo, el eco fúnebre de las gentes.

Poco después, un segundo repique, confuso y apagado, al que siguió un rumor que corría de boca en boca: el príncipe al-Muguira también había muerto.

Decían que se había suicidado.

El viento arrastró el eco amortiguado de las campanas hasta el alcázar, y de ahí a la paz glacial de la biblioteca, donde trabajaba Lubna.

El primer repique le produjo una íntima tristeza interior, aunque fuera algo esperado.

Cerró los ojos y se santiguó en silencio.

Pero, cuando oyó el segundo, ese duelo extraño y mal sincronizado, supo que algo desgarrador e imprevisto acababa de suceder.

En el sendero que corría paralelo al río al-Kadir, por encima del chirrido constante de las norias, las voces de las lavanderas contaban aterradas que, antes del amanecer, se habían cruzado, en una procesión de vestiduras oscuras y rostros graves, con la columna bereber de Abi Amir, él al frente,

en el sendero de regreso a Córdoba.

El camino que volvía de la almunia del príncipe.

Lubna se llevó la mano a la boca, horrorizada.

Se lo imaginó todo con una claridad brutal.

Leyó entre líneas la crónica aún no escrita.

Entonces, se dejó caer de rodillas y lloró.

Lloró por el califa erudito que se iba. Lloró por el príncipe bueno y gallardo asesinado.

Lloró por el niño asustado, Hisham, condenado a ser un peón en un tablero sangriento.

Y lloró, con un dolor que le arrancó jadeos silenciosos, por Abi Amir.

Porque en ese momento, con el eco fúnebre de las campanas de fondo, supo que el hombre al que había amado en silencio, el alfaquí generoso de ojos brillantes y sonrisa seductora, el artífice de las palabras, acababa de irse también. Para siempre.