Córdoba, 366 H./ 976 d. C.
El precipicio comenzó a abrirse en la ciudad el día de Ramadán del año 365, cuando el califa sufrió un desmayo en su palacio de Medina Azahara.
De repente, se le demudó el rostro, se le paralizó.
Los libros que en ese momento estaba consultando cayeron al suelo como mariposas juguetonas.
Al principio, se achacó el desmayo al ayuno, pero pronto se descartó la hipótesis.
Perdió el conocimiento, y una vez recuperado éste, el habla.
El anciano Ibn Saprut, el médico judío que atendía a los Omeya desde el inicio del califato, había muerto poco tiempo antes, en una especie de mal presagio, y nadie sabía cómo tratarlo.
Los eunucos lo atendían con reverencia, aterrados ante la posibilidad de que el Príncipe de los Creyentes abandonara el mundo como un simple mortal.
Lo trasladaron, consumido y avejentado, al alcázar de Córdoba, pensando que el clima allí sería más benigno que el afilado frío de la sierra que barría Medina Azahara.
Recuperó un habla titubeante y una sonrisa torcida, pero aun así todos sabían que la muerte se había sentado ya en su cabecera...
La hora final llegó con la luna nueva el 15 de saffar de aquel año, el 365 de la Hégira, el año 976 de los cristianos.
Sintiéndola cerca, el califa reunió a los cuatro pilares de aquel mundo que se le desmoronaba.
Fueron convocados no como cortesanos, sino como testigos de un naufragio.
Subh, al pie del lecho, esculpida en cera.
Galib, recién llegado de la Marca, aún oliendo a tierra fría y caballo.
Al-Mushafí, grave como un ulema, quien veía en esa vida que se apagaba resquebrajarse la suya propia.
Y Abi Amir, que se sentía un impostor, el menos digno de todos ellos, en la puerta, a la espera.
–Creo que los días que la misericordia de Alá me ha concedido en la tierra llegan a su fin –entonó el califa con una sonrisa tibia, los ojos cerrados–.
Me voy dichoso. Mi padre, el gran Abderramán, sumó los días felices al final de su vida, tras cincuenta años de reinado, y no contó más de catorce.
Me reconforta decir que he podido disfrutar de muchos más.
Subh le acarició la frente. El califa abrió los ojos.
Pese a su aparente tranquilidad, no eran los de un gobernante en paz, sino los de un padre aterrado.
Conocía perfectamente la sharia. Un califa no podía ser nunca menor de edad.
Por mucho que intentara apurar el tiempo, su hijo tenía sólo once años.
–Subh, querida..., pídeles que se acerquen. –Su voz era un roce de hojas secas.
No había sirvientes, ni eunucos, ni esclavos. Nadie que pudiese guardar memoria de esa noche.
Ella los guio, uno a uno, hasta el borde del lecho. Los cuatro se arrodillaron a su lado. El califa alargó una mano, que temblaba como un pájaro herido, y Subh la atrapó al vuelo. La sombra de un llanto sincero se posaba en sus párpados.
–Subh, mi aurora... –sonrió con melancolía–, a ti no tengo que pedirte nada. Tú eres su madre y sé que lo protegerás hasta el último aliento. Apóyate en Hind si tienes dudas... Galib –vaciló, y su mano lo busco en el aire–. ¿Dónde está Galib, mi mejor espada...?
El hombre más duro de al-Ándalus apretó los párpados para no mostrar su dolor.
Tomó la mano de al-Hakam entre las suyas, al tiempo que una piedra se posaba en su alma.
Sabía, como el califa, que se empeñaban en darle validez a un hecho que no podía ser contemplado por la ley islámica, pero ¿podía acaso negarle su lealtad a un moribundo?
–Mi espada está aquí, al servicio del heredero de mi señor –gruñó. Una lágrima surcó el surco de suciedad de su mejilla. No lloraba por el niño que quedaba, sino por el hombre que yacía allí. Por ese mundo que era también el suyo y ahora se acababa.
La mano del califa, húmeda y fría, se posó sobre la cabeza de al-Mushafí.
–Yafar..., habibi... Tú lo has sido todo... ¿Qué podría pedirte que no me hayas dado ya? Eres mi mejor estadista. Sé que no tiene la edad necesaria, pero tienes que ayudarlo. Sé que lo harás, estoy seguro. Sé el padre que necesita, Yafar. Sostén a mi hijo.
Al-Mushafí bajó la cabeza para ocultar el llanto. Se llevó la pálida mano del califa a los labios y le besó los dedos apretados. Incluso Abi Amir se compadeció de la inmensidad de su dolor.
–Lo juro, mi señor.
La mirada vidriosa del califa se deslizó sobre todos ellos hasta encontrar a Abi Amir. Un destello de lucidez final iluminó su rostro.
–El alfaquí del harén... El joven que hace suspirar a todas mis mujeres y a algunos de mis hombres –susurró, con un hilo de voz, casi divertido–.
El más listo..., el más frío. El más necesario.
–Hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, pero fracasó, y en lugar de tomar su mano se aferró a su túnica con furia desesperada–.
Eres un hombre de leyes, conoces la sharia mejor que yo.
Estoy seguro de que encontrarás los argumentos necesarios para proclamarlo –susurró–.
Los encuentras siempre. Pero escucha: cuando jures lealtad, no lo hagas a los Omeya ni al califato.
Júrasela a él. A Hisham. Protégelo. ¿Me oyes?
Pon esa guardia bereber que te rinde pleitesía a su servicio.
Lo que el califa le pedía atentaba contra la ley islámica que él había estudiado, contra su vocación de servicio a la dinastía, pero aquello no era la orden de un gobernante, sino el ruego primario de un padre que sabe que deja a su cachorro indefenso entre lobos.
Subh también posó en él una mirada suplicante.
–Lo juro, mi señor. –Tomó aquella mano entre las suyas–. Hasta el último aliento. Protegeré al príncipe Hisham con mi sangre. Seré su muro.
Aún no podía saberlo, pero su juramento sería el más auténtico y monstruoso de todos.
Firmaron aquel pergamino que los ligaba a una mentira y salieron tan clandestinamente de las estancias del califa como habían entrado.
En el húmedo corredor, el dolor les pudo, y por un instante, olvidadas las rencillas, Abi Amir y al-Mushafí se abrazaron.
Avergonzados por su debilidad, se separaron, casi culpables.
Porque todos sabían que, en cuanto enterraran al califa, con él quedaría bajo tierra la última brizna de legitimidad del califato.
* * *
Aquella noche, un meteoro cruzó los cielos, y la madrugada sorprendió a Córdoba huérfana.
Los fata, los eunucos que componían el servicio doméstico del califa, encontraron su cuerpo desmadejado y cerraron aquellos ojos sabios entre lágrimas de pesar.
Ellos eran los intendentes de su casa, pero conocían perfectamente las intrigas políticas que se sucederían y las posibilidades de atajarlas.
Córdoba había amado a su califa, pero no permitiría un heredero que no cumpliera con los preceptos islámicos.
Hicieron llamar al háyib, ahora el hombre más poderoso del reino, para buscar la fórmula que asegurara la continuidad.
Al-Mushafí agradeció sus desvelos, fingió atender sus sugerencias, les sonrió educadamente y convocó al improvisado Consejo de Regencia conformado por el propio califa en su lecho de muerte.
–Rechazan a Hisham. Proponen a al-Muguira –expuso al-Mushafí, sin preámbulos–.
Afirman que es el único adulto omeya con derecho y prestigio y que, si es proclamado, nadie se rebelará.
Era el favorito de Abderramán III, toda Córdoba lo sabe.
Proponen hacerle jurar que regentará hasta la mayoría de Hisham, para luego abdicar.
–¿Y crees que lo cumplirá? –El tono de Subh era un cuchillo de hielo–. Cuando tenga el poder en sus manos, ¿querrá soltarlo?
Abi Amir tragó saliva. Había visto crecer a al-Muguira, le había dado puñados de dátiles a escondidas, le había limpiado las lágrimas y lo había malcriado como un hermano mayor.
Le había enseñado a volar halcones, habían visitado casas de dudosa reputación y habían montado a caballo mil veces juntos.
Al-Muguira no era ninguna amenaza; vivía felizmente casado, con su esposa y sus concubinas en una almunia junto al río, a las afueras de Córdoba.
–Al-Muguira es un buen hombre –advirtió–. Probablemente la única persona íntegra de la corte.
–¿Y crees que una persona íntegra dejaría la dirección del califato en manos de... Hisham? –preguntó al-Mushafí–. No necesitamos hombres buenos, Abi Amir. Son peligrosos. Necesitamos hombres leales a sus compromisos.
–Proclamemos a Hisham de todas maneras... –propuso Subh, esperanzada–. Tú eres el háyib. Nadie se opondrá.
–Los ulemas podrían oponerse –precisó Abi Amir–. Contradice el derecho islámico.
–Si al-Muguira tiene valedores y una facción del ejército lo apoya –advirtió Galib–, podría ser fatal. No todas las tropas leales al califa están en Córdoba. Contaríamos con la guardia, y quizá con los mercenarios bereberes...
–¿Y si lo consultamos con la princesa Hind? –propuso Subh–. El califa sugirió...
–Es inteligente. Demasiado –la aconsejó al-Mushafí, como si fuera un insulto–. Y hermana de al-Muguira. Impredecible.
Abi Amir tomó aire. La trama empezaba a tomar un giro inesperado.
–¿Y el exilio? –propuso, tratando de encontrar una alternativa–. Lejos. En al-Magrib. Con riquezas, pero lejos de aquí.
Al-Mushafí se volvió hacia él y lo miró con la fría y paternal autoridad con la que años atrás le ordenaba callar en una audiencia.
–¿Qué exilio? Olvida tus emociones personales, Abi Amir. Al-Muguira es la semilla de una guerra civil. Una guerra en la que Hisham no sobrevivirá. Tu juramento, el que le hiciste a su padre cuando se moría, no era uno de tus ejercicios de retórica. Era una instrucción que cumplir.
El aire olía a pánico, y el fuego en la chimenea era incapaz de calentar aquella sala. Abi Amir buscó refugio en Subh. Encontró el mismo mandato en ella, envuelto en un dolor que la hacía implacable.
–No puede haber alternativas. ¡Ni dudas!
–insistió al-Mushafí, los ojos inyectados–.
Los abasíes en Bagdad, los fatimíes en Egipto, los condes cristianos...
¡Todos verán la grieta! No, no podemos arriesgarnos.
–Una sombra cruzó su rostro, pero no titubeó.
Se volvió hacia Abi Amir–: Irás a su almunia y le comunicarás personalmente la muerte de su hermano.
Y traerás la... confirmación de su lealtad al nuevo orden.