–VII–
Córdoba, 364 H. / 974 d. C.
Volvieron de la otra orilla dispuestos a convertirse en leyenda.
Desde su atalaya en la biblioteca, Lubna dirigió la sinfonía de la propaganda.
Los cronistas, estratégicamente desplegados, capturaron cada destello: el fiero porte de los jinetes zenata, el polvo dorado que aún arrastraban sus ropas y que rodeaba, como en un halo, a los estandartes, desgarrados pero altivos.
Mientras el pueblo buscaba a los suyos, la historia se escribía, y un ejército de entrenadas copistas la multiplicaría para que alcanzara los más remotos rincones de su imperio.
Cada gesto sería embellecido, cada alianza exaltada.
Abi Amir teje la lealtad de las tribus. Córdoba extiende su sombra sobre al-Magrib. El general Galib y el intendente de las tropas, el cadí Abi Amir, regresan victoriosos.
Fue la primera vez que, por escrito, su nombre se asoció a aquel epíteto. Al-Mansur. Almanzor, «el Victorioso». Y fue ella quien lo hizo.
Porque las palabras, y Lubna lo sabía mejor que nadie, eran los primeros ladrillos del poder.
El califa se encontraba indispuesto. La sayyida, junto al príncipe heredero, recluida en sus estancias, daba gracias a Dios por el feliz regreso de la expedición.
En la tribuna de madera tallada con cedro de los bosques de Ifrane, sólo el háyib al-Mushafí daba la bienvenida al ejército con una sonrisa esculpida en hielo.
Lubna, archivera de las verdades ocultas, vio el espasmo en su párpado inferior, el temblor supersticioso de su mano al posarse en el amuleto oculto bajo la túnica cuando la comitiva se abrió.
Adivinó sus emociones contenidas. Supo que, pese a los informes oficiales, había confiado, hasta el último instante, en que Abi Amir no volviera.
Sin embargo, allí estaba. Herido, enfermo, pero más vivo que nunca.
Sin ser un caudillo militar, su sombra arrastraba las filas de un ejército de nuevos jinetes, un contingente de rostros curtidos que traían el eco de otros vientos, adornos antiguos y fíbulas de plata prendiendo las capas que ondeaban al viento.
Nuevos mercenarios al servicio de Córdoba que al-Mushafí tenía ya claro que sólo servirían a los intereses de aquel hombre que les había regalado la pertenencia a un califato próspero y los había engatusado con promesas de oro y de gloria.
¿Cómo no iba a ganarse la voluntad de los soldados si en apenas un año se había hecho con la del hombre más temido del ejército andalusí?
El viejo general cabalgaba a su lado, como un par, con el orgullo impostado de un padre.
El León de la Frontera, el defensor de la Marca Superior, el hombre que ostentaba el título de al-Sayf al-Dawla, la espada de la dinastía, el militar curtido en cien batallas, el que había debido encontrar el momento preciso para librarse de él,
alzó la voz para que el viento la llevara a la multitud:
–¡Mirad a vuestro intendente, al único burócrata capaz de hacerse soldado para ver desde la línea de fuego cómo se defiende Córdoba! ¡Al hacedor de palabras que ganó para nosotros más con su astucia que todo un ejército con sus lanzas! ¡Honrad a Abi Amir!
El público estalló en vítores mientras Abi Amir desmontaba con una humildad estudiada.
Una cicatriz nueva, un surco violáceo y perfecto que le cruzaba la sien izquierda hasta perderse en la raíz del pelo, brillaba bajo la luz.
No lo afeaba: lo transformaba. Borraba al joven ambicioso y presentaba al militar.
Su sonrisa era de gratitud, pero sus ojos, al posarse en al-Mushafí, tenían la quietud letal de un depredador que ya ha elegido su presa.
Lubna anotó su pose. Se había inclinado sólo lo suficiente como para que Córdoba no temblara con el terremoto que prometía ese reencuentro. Ni un milímetro más.
–Dicen que el desierto templa el carácter. –El háyib se acercó a él, destilando odio–. Veo que también disuelve los prejuicios. Parece que hasta has aprendido a amar el olor a caballo de los bereberes. O quizás a odiarnos un poco menos...
–De todo se aprende, háyib –respondió Abi Amir sin alterarse–. Incluso a qué huele la auténtica lealtad. Todos tenemos el derecho de equivocarnos y el deber de rectificar. Todos. Una lección humillante, pero verdadera.
El espectáculo del despliegue de bienvenida era perfecto. Demasiado. Y Lubna sintió más frío en los fastos que el que se desprendía de aquel día de otoño.
* * *
El regreso de al-Magrib había dejado en Abi Amir una nostalgia nueva, como la de una espada envainada tras su primera sangre.
Cuando el contingente militar estuvo convenientemente alojado, cuando todos los informes estuvieron presentados, no se fue como otros oficiales a su casa.
Tampoco se fue a celebrar el regreso a alguna taberna de mala muerte en el margen del río ni acudió al palacio del háyib en Medina Azahara ni suplicó una audiencia con el califa.
No se presentó en la ceca, donde acababan de readmitirlo en su antiguo puesto, como si jamás hubiese habido una sospecha de corrupción en su gestión...
Fue a la biblioteca. Necesitaba la calma. Llevaba demasiado tiempo bregando con tormentas.
La encontró en la galería de los códices griegos, de espaldas, con un rollo entre las manos. La luz de la tarde, filtrada por celosías, la cubría de un damasco de sombras y oro. Él cargaba con un volumen pequeño, envuelto en seda cruda.
–El desierto enseña la economía de las cosas –dijo suavemente. Ella no se volvió–. Pero olvidé que aquí se atesora el exceso más glorioso del mundo.
Entonces, Lubna sí se giró para mirarlo. En sus ojos, un reconocimiento profundo. Un momento esperado.
–El exceso es sólo un orden que no comprendemos aún –respondió, y una sonrisa le rozó los labios–. Bienvenido a casa, cadí.
Él extendió el paquete que traía para ella.
–De un mercader armenio en Tanja. Un Almagesto de Ptolomeo –le adelantó con ojos brillantes–. Con anotaciones al margen en siríaco que contradicen sus propias tablas.
Ella lo tomó, desató la seda con dedos que no temblaban y abrió el volumen. Su respiración se contuvo un instante.
–Es... inaudito. Aquí, en este glosado, sugiere que el epiciclo de Mercurio podría calcularse de otro modo... –Alzó la vista, encantada y agradecida–. Es un regalo peligroso. Me robará semanas de sueño.
–Mejor robado por la astronomía que por el insomnio de las intrigas palaciegas –dijo él, y por primera vez su mirada se posó en ella sin el filtro de la distancia o la tinta.
Era la inteligencia hecha rostro, la curiosidad como forma de belleza.
Se sintió, de pronto, torpe. Como el muchacho que fue, no el hombre que era.
Ella notó el peso del instante, y trató de espantarlo como a una mariposa nocturna. Lo tomó del brazo con la familiaridad de parientes y lo condujo entre las hileras infinitas, hasta llegar al catálogo principal, un volumen tan grueso como una piedra de molino, donde se registraba cada obra.
–Cuatrocientos mil volúmenes, y creciendo –exclamó con orgullo–. Tengo a un hombre en Bagdad que me avisa de cada subasta. Otro en Alejandría que copia en secreto lo que los fatimíes no quieren vender. Otro en Bizancio que soborna a monjes y...
–Y tu monja en el corazón de los francos... –le recordó él.
–Y mi monja –rio Lubna–. No me olvido de ella. Espero poder conocerla pronto. Inshallah. ¿No es magnífico? –Se volvió hacia él, radiante–. Córdoba es el centro, y cada libro, un hilo que tira de un extremo del mundo.
Él aprehendía sus palabras. En su entusiasmo latía la única verdad inmutable, la de la ciencia. Algo que no tenía precio en aquella corte de mentiras.
–Esta creación tuya, Lubna, es un imperio paralelo –murmuró–. Más duradero, quizá, que el de las espadas.
–Es creación del califa. Yo sólo soy quien consigue sus libros, quien cuida de que se traduzcan y se copien para que puedan ser compartidos –asintió con humildad–.
Es un imperio, efectivamente. Y los imperios de las ideas no caen –afirmó–.
Se transforman. –Hizo una pausa y bajó la voz, más íntima–.
Pero ¿qué hay de tu propio imperio, Amir? ¿Tu familia? ¿Tu hijo...?
La pregunta lo golpeó con una suavidad despiadada, y se vio obligado a volver la mirada hacia un vitral donde la luz se quebraba en colores. «¿Cuál de ellas?», se preguntó, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. Tenía dos familias. Una secreta, otra pública. Y se sentía igualmente lejos de ambas
–No tengo una familia, Lubna. Tengo una farsa. Una mujer a la que no le intereso. Un hijo al que apenas veo...
Lubna se dio cuenta de que podía referirse a cualquiera de las dos realidades.
–Hay personas a las que no vemos a menudo y que, sin embargo, ocupan un espacio propio en el corazón...
–Eso es muy cierto –convino él.
Lubna notó la cercanía de una presencia que no podía permitirse; cerró los ojos y se apartó imperceptiblemente.
–Cadí, podrías... Tú podrías tener a cualquier mujer de Córdoba, a quien desearas. La más bella, la más noble.
–¿La belleza? –Abi Amir se acercó un paso, traspasando la distancia que siempre había mantenido–.
La belleza se mira, se admira y se olvida.
Es un destello. Pero la inteligencia... –su voz se hizo casi un susurro–, la inteligencia es un fuego que atrae a otro fuego.
No se contempla. Dialoga. Y eso, Lubna, es lo más difícil de conseguir, porque no obedece a ninguna de las cosas que hago bien. Fingir, comprar, conquistar...
Sus ojos se encontraron. En los de ella, él vio el reflejo de sus propias palabras, amplificadas, comprendidas.
La tensión cubría el breve espacio que los separaba, un puente invisible de años de miradas cómplices, de cartas cruzadas con mares de por medio, de un entendimiento que trascendía lo que podían decirse con palabras.
Abi Amir alzó la mano, lentamente, como para apartar un mechón de pelo que el viento de una ventana alta le había descolocado. No lo tocó. Sólo midió la distancia.
Fue Lubna quien rompió el hechizo, retrocediendo un paso, como si el suelo se hubiera vuelto de brasas.
–Soy una esclava –dijo, y su voz sonó quebrada, casi resignada–. Una esclava con una misión: ser la memoria de una época cuyo tiempo quizá se acaba. Mi obra pertenece a un califa, y la tuya pertenecerá al siguiente. Nuestros caminos se cruzan, pero no pueden unirse. Nunca.
Él sintió la negativa como un vacío en el pecho. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, ella le puso un dedo sobre los labios.
–Y hay otra razón... Jamás podría interferir en el camino de alguien que sé que aún te ama...
No pronunciaron su nombre, pero él la entendió perfectamente. La sayyida. ¿Qué había sido de la pasión compartida? ¿La ternura? Los últimos nombramientos, quizá pensados para apartarlo de ella, no habían ayudado. Tampoco ella lo hacía. Se encogió de hombros para no dejar traslucir el despecho.
–No quiere verme –admitió–. Sus... sirvientes no me permiten acceder a ella. Ha rechazado todas mis propuestas. No ha contestado a ninguna de mis cartas. Se ha encerrado en su propio castillo.
–Lo ha hecho –admitió Lubna–, pero no por ti. Ni siquiera por ella...
Abi Amir la miró sin comprender
–Entonces, ¿por quién?
Ella lo miró fijamente, sopesando su respuesta.
Inspiró una bocanada de ese aire lleno de tiempo y de palabras, y tomó una decisión en ese mismo instante.
Era una de las pocas personas que conocía el estado de salud de al-Hakam.
Intuía que al califa se le acababa el tiempo.
Alguien tenía que actuar. O conocer las opciones, al menos.
Tomó el velo y se lo echó sobre el pelo suelto, dejándolo caer sobre sus hombros.
–Acompáñame. A mí sí me dejarán pasar.
* * *
Subh se ocultaba tras un muro. Un muro que no estaba hecho no sólo de piedras, sino de sirvientas, excusas y audiencias imposibles. Le dijeron que se había retirado a rezar, pero ella sabía que la sayyida, que en la intimidad seguía rindiendo pleitesía al ídolo crucificado, no rezaba.
La encontraron petrificada en un patio interior, con la mirada perdida fija en su hijo, con una desesperación tan densa que parecía material.
Hisham tenía nueve años ya, pero gateaba sobre la tierra, amontonando guijarros y balbuceando una monótona cantinela sin sentido.
A Abi Amir se le encogió el alma. A su misma edad había muerto el pequeño Abderramán, pero las diferencias no podían ser más patentes.
Un gorrión se posó cerca, y él se encogió y lanzó un grito agudo, un llanto de pánico animal que rasgó el aire.
Subh no se movió. Ni siquiera para consolarlo.
Sólo apretó los puños hasta que la piel se le puso blanca.
En sus gestos se vislumbraba una resignación extraña.
–Es... lento –murmuró dulcemente, sin mirarlos. A ninguno de los dos–. No todos los niños maduran a su tiempo. El califa lo cree así también.
Lubna calló por prudencia. No había hallado sabiduría suficiente en los libros que la hubiera preparado para mostrar a una madre la devastadora verdad: que el heredero del Occidente islámico era un niño atrapado en una prisión de miedos, que tartamudeaba y retrocedía ante su propia sombra.
Abi Amir comprendió con horror que no era cuestión de tiempo; que ese niño, aquel hijo engendrado del pecado, nunca tendría capacidad para gobernar.
Y que el trono de Córdoba era un precipicio.
* * *