–VI– #3
Regresa pronto. Necesitamos que alguien recuerde cómo era el fuego antes de que el invierno de las intrigas lo apague del todo.
Esperando tu regreso,
L.
De Abi Amir
En el puerto de Arcila, a punto de embarcar,muharram del 364 H. (septiembre, 974 d. C.)
Para la tejedora de fuegos, Lubna:
Tu carta me llegó cuando ya creía que ninguna palabra más de Córdoba podría alcanzarme.
La ironía de la princesa Hind es más afilada que las espadas de diez regimientos.
La historia de la monja es tan fascinante que también yo desearía conocerla.
Ve y tráete sus historias. Quien controla el relato del pasado controla el rumbo del futuro.
Te contaré algo que no he puesto en ningún informe oficial ni revelaré en mi hogar: el día que estuve a punto de morir.
Fue en el oasis de Siyilmasa. Una emboscada idrisí, los aliados de los fatimíes, nos desbordó.
Nuestra vanguardia, de mercenarios zenata, se quebró.
Vi el pánico, ese animal viscoso, contagiándose entre los hombres.
Daban media vuelta a sus caballos. Galib, en el centro, maldecía tratando de contener la desbandada.
Y supe que, si la línea cedía, seríamos masacrados.
Mi caballo cayó, atravesado por una lanza.
Me levanté tambaleante, con el mundo convertido en un caos de gritos y polvo.
A mis pies, el estandarte de los Omeya, de seda blanca con la shahada, yacía en el barro, roto y pisoteado.
No lo pensé. Sentí una rabia fría. Entendí las crónicas de los romanos capaces de morir por recuperar las insignias de sus legiones.
¿No era ése el insulto supremo? Que aquel símbolo, por el que tantos vivían y morían, acabara cubierto de estiércol y derrota.
Arranqué la lanza de mi caballo muerto con una fuerza de la que no me sabía capaz.
Con manos que no temblaron, me desenrollé el turbante, empapado de sudor y polvo.
No era ni blanco ya. Mientras el mundo combatía a mi alrededor, yo lo até a la punta de mi lanza.
No era hermoso: sólo un trapo sucio en un asta.
Pero entonces, corriendo hacia la línea de huida, interponiéndome entre los míos y la vergüenza, alcé aquel mástil improvisado.
No grité «¡Por el califa!». Eso hubiera sido premeditado y heroico.
Grité lleno de rabia, casi entre sollozos, con toda la fuerza de mis pulmones, algo que surgió de lo más hondo, de un lugar que ni yo conocía: «¡Mirad! ¡Mirad lo que pisoteáis al huir! ¿Vais a dejar que vuestro miedo sea la última bandera que ondee en esta tierra?» .
Alguien se detuvo. Luego otro. Un jinete fatimí alzó su espada sobre mí, pero un bereber al galope, volviendo atrás, lo interceptó.
Un capitán zenata giró su montura, miró el improvisado estandarte, me miró a mí, sangrando y empapado de rabia, y escupió al suelo.
Pero no huyó. ¡Volvió grupas! Rugió como un volcán, y una docena de hombres lo siguieron.
Fue un contagio inverso. La vergüenza es, a veces, un carbón más ardiente que el valor.
Recuperamos la línea. Ganamos aquel día.
Galib me encontró sentado sobre un montón de escudos ganados a los enemigos.
Tenía una herida en el costado y el canto de una espada tatuado en el filo de la oreja.
Temblaba. Aún empuñaba la lanza con la que pretendía enarbolar el color de los Omeya.
Me miró muy serio. «La elección no es ni un segundo en la mente de un hombre. Si al caer hubieras empuñado una espada en lugar de este trapo, no habrías salvado a tantos. Quizá ni siquiera a ti mismo».
Sentí que había respeto en su voz, y no pude contestarle para que no se quebrara la mía.
El viejo general, que empieza a comprender la fuerza de las palabras, ni siquiera es consciente del orgullo, la lealtad y el valor que me insuflan las suyas.
He pensado mucho en mi madre, Lubna. Tan orgullosa de sus ancestros de Yemen, la mujer que me crio con las historias del profeta y de los primeros emires de al-Ándalus.
Ella soñaba con que su hijo fuera parte de los Omeya.
Nunca imaginó cómo. En sus sueños me veía como un guerrero victorioso al servicio del califato, pese a que jamás había enarbolado una simple espada.
«Al-Mansur», me llamaba. Si pudiera verme ahora, uniendo mi destino al de la dinastía...
, creo que hablaría de maktub. De lo que ya está escrito.
Embarcamos. Quizás esta carta y yo te alcancemos al mismo tiempo.
El mar que me separa de Córdoba es menos ancho que el abismo que he cruzado dentro de mí.
Regreso con cicatrices, historias que volcar en tu libro sobre el califato de Occidente, lealtades salvajes y un turbante menos.
Pero con una certeza: los símbolos son vacíos hasta que un hombre decide llenarlos con su propia carne, su sangre, su voz.
Pronto estaré allí. Echaré de menos esta libertad de escribir sin saber si leerás mis palabras ni si tendré la dicha de tu respuesta.
En Córdoba hay demasiado que aparentar, demasiados matices y demasiados ojos que nos observan.
Quizá por eso me ha atrapado esta libertad turbia e incierta, la de los caminos anchos y los objetivos militares, certeros y precisos; el destino que un hombre puede conquistar a lomos de un caballo.
Espero que acortar distancias, como suele ocurrir, no acorte el torrente de palabras y emociones que siento que nos guardamos dentro.
Hasta el reencuentro,
A.