–VI– #2
El príncipe al-Mughira asiste a algunas audiencias, y su presencia serena calma las aguas.
El pequeño brote es aún demasiado tierno para dar sombra.
Nuestro implacable jardinero parece nervioso, siempre mirando al cielo en busca de tormentas.
Tu transformación me asombra. No el hecho de aprender a luchar, sino el deseo de hacerlo.
El joven alfaquí que devoraba libros de táctica en esta misma biblioteca ha encontrado por fin su campo de juego real.
Temo por ti, pero también te envidio. Aquí, las batallas son de tinta y susurros. Y, a veces, más sangrientas.
Los al-Mayus, esos hombres que navegan en barcos con cabeza de dragón, no eran un simple rumor.
Saquearon Lisboa. Fue rápido y brutal. Un recordatorio de que nuestro celoso jardinero no siempre acierta en sus pronósticos, y de que los pastores del sur deberían volver pronto, antes de que los lobos prueben a saltar la valla.
Regresa, Abi Amir. Córdoba necesita a su halcón. O quizá sólo yo lo necesito. Hay muchos libros aquí que aún no has leído.
L.
De Abi Amir
Sebta, preparando el regreso, du l-Qa‘da del 363 H.(agosto, 974 d. C.)
Para Lubna, que sabe ver el universo en un grano de arena.
Creo que ésta será la última carta antes de embarcar.
La campaña ha terminado. Los fatimíes se repliegan hacia el este.
Los hombres de al-Magrib se inclinan ante el estandarte omeya.
He dejado aquí una red de lealtades tejida con oro y palabras.
Galib me ha dicho, con su ronca voz de veterano: «Eres un mal soldado, pero un excelente zorro. Y en esta tierra dura, el zorro sobrevive más que el león».
He cambiado, sí. Pero el núcleo, el cálculo, la ambición..., eso lo traje de Córdoba. Quizás es que aquí ha encontrado su elemento verdadero. Echaré de menos estas campañas. Aquí el aire libre no huele a jazmines, sino a tomillo salvaje y sudor de caballo. Y me gusta.
Gracias por recoger mis palabras. Son mi verdadero diario, el único lugar donde no tengo que ser el cadí, el intendente o el aliado. Contigo soy sólo la mente que piensa, que duda, que no tiene que ser calculadora, que no tiene que estar afilando el cuchillo de sus respuestas.
¿Sabes? Es curioso, pero siento que te tengo más cerca cuando estamos más lejos
Regreso. No al mismo lugar. El hombre que se fue no cabe ya en los salones que dejó. Quizá los jardines de palacio, con sus robles vacilantes y sus brotes tiernos, necesitan un nuevo tipo de jardinero. Uno que sepa que, a veces, para salvar un árbol, hay que podar las ramas más antiguas.
Guarda estas cartas. O quémalas. Son el mapa de un viaje que nadie más debe conocer. Te veré pronto. Y espero que podamos mirarnos a los ojos y decirnos lo que sólo nos atrevemos a contarnos sobre las impecables resmas de ese papel de Xatiba que Alá quiso que te trajera hasta Córdoba.
Para el faro que alumbra el regreso,
A.
De Lubna, la escriba
Córdoba, du l-Hiyya del 363 H. (septiembre, 974 d. C.)
Para el zorro que aprendió a recorrer tierras extrañas, pronto de regreso.
El otoño ha teñido los patios de oro viejo, y una noticia extraordinaria ha llegado a la biblioteca, como una semilla arrastrada por un viento improbable.
De una embajada venida del norte de los Pirineos, he sabido de una mujer en un monasterio más allá del reino de los francos.
Una monja, dicen, que compila con pluma febril los relatos de aquellos que murieron por su fe aquí, en nuestra tierra, hace ya más de un siglo.
Escribe sobre los mártires cordobeses, pero afirma, sin conocerla, que Córdoba es, sin duda, la perla de Occidente.
Es curiosa su admiración por ese reino al que culpa de la muerte de sus hermanos de fe.
He comenzado a intercambiar correspondencia con ella.
Me cuenta que no busca perpetuar el odio, sino entender en qué difieren nuestros credos y la luz que guio sus sacrificios.
He solicitado permiso para un viaje. Al-Mushafí me lo denegó, por supuesto.
«La sabiduría de las mujeres», me dijo con su sonrisa de hielo, «no debe viajar más allá de donde alcanza la sombra de su velo».
Pero la princesa Hind ha intervenido. Con esa ironía que desarma, le dijo al háyib: «Si los francos nos envían embajadas para conocer cómo ensamblamos nuestras cúpulas en la mezquita, ¿no deberíamos nosotros enviar a alguien para conocer... qué creen saber de nosotros?»
. Su argumento, perverso y brillante, ha abierto una grieta.
Quizás en primavera. Es una idea peligrosa y necesaria: cruzar la frontera no para guerrear, sino para entender cómo nos ven desde fuera.
Para robar, de sus propias crónicas, la medida de nuestro reflejo.
De esos mismos confines del mundo llegan otras historias. Éstas las han recogido de unos prisioneros de los al-Mayus que ahora trabajan en las atarazanas. Te la regalo:
Cuentan que, en su lejano norte, el invierno es un gigante de hielo que todo lo aprisiona.
Una vez, el gigante capturó al último fuego del mundo y lo encerró en un corazón de cristal.
La tierra se congeló, y los hombres olvidaron el calor.
Sólo una mujer, una tejedora, recordaba su sensación.
Cada noche, con hilos hechos de su propio cabello blanco, tejía en su telar la imagen del fuego.
No producía calor, pero quien miraba el tapiz sentía un ardor en el pecho.
Y, con el tiempo, el recuerdo tejido fue tan vívido que no hizo falta el fuego para que los hombres sintieran calor.
A veces pienso que nosotras, aquí, en esta biblioteca, somos como esa simple tejedora. Tejemos con palabras, con números, con fe, el recuerdo de algo que podría perderse para siempre. ¿No aspiramos a que el mundo conozca la luz de Córdoba?