–VI–
De Lubna, la escriba
Córdoba, muharram del 363 H. (octubre, 973 d. C.)
Para el honorable cadí Abi Amir, que Alá proteja en su viaje y lo devuelva a nosotros con bien.
¿Cómo afrontas la experiencia militar?
Te escribo para darte las noticias que otras personas, que no poseen la libertad de escribirte sin centrar en ellas todas las miradas, desearían hacerte llegar.
Imagino que las cartas que se dirigen a los hombres que combaten en al-Magrib son abiertas cien veces.
Nadie querría arriesgarse a permitir comunicaciones que sirviesen a los fatimíes en caso de ser interceptadas.
Aquí las embajadas se suceden, y es como si el mundo acudiera a Medina Azahara para extasiarse en su grandeza o buscar un mediador ante sus conflictos.
Francos del norte, con ojos del color del cielo invernal, aguerridos leoneses de rasgos duros y cortesanos bizantinos con más brocados que las mujeres del harén pasean por nuestros salones.
Adulan la grandeza de nuestro señor, el califa, cuya salud, nos aseguran los médicos, es robusta como un roble.
Aunque hasta el más fuerte de los robles, a veces, puede verse afectado por una ráfaga de viento inesperada...
Pero no hay nada que temer mientras la savia siga fluyendo con fuerza.
Hay otros vientos de los que se murmura, más fríos y lejanos.
Vientos que nos traen naves con cabezas de dragón.
Algunos dicen que husmean, como lobos, sabiendo que el pastor está ocupado en otro pastizal en las tierras del sur.
Pero Córdoba tiene muros, y sus guardianes, aunque menos, velan por nosotros.
El cedro de la biblioteca guarda un silencio distinto desde tu partida.
Y ya no es el silencio pleno de la contemplación, sino el que deja tras de sí un río cuando cambia su cauce.
Fátima y yo hemos inaugurado la nueva escuela de cálculo en el arrabal de Saqunda.
Los niños, con los dedos manchados de tinta, trazan números como si desentrañaran los secretos del universo.
Y es un espectáculo más esperanzador que cualquier discurso.
Al final he perfeccionado, tras meses de ensayo, la fórmula del papel. Añadiendo una decocción de corteza de granado al engrudo, las hojas ganan una tersura que resiste mejor la humedad y ayuda a fijar la tinta. Es un avance pequeño, pero en él habita la promesa de que las palabras perduren aún más.
Cuídate del sol del desierto, cadí. Y, en los momentos de desesperanza, recuerda que hasta las dunas más áridas esconden, a veces, el brillo de un oasis inesperado.
Tu servidora en el conocimiento,
L.
De Abi Amir
Campamento de Mahalla al-Sebta, rabi del 363 H.(diciembre, 973 d. C.)
Para la sabia Lubna, mi faro en el mar de la ignorancia.
Tu carta fue un odre de agua fresca encontrada en mitad del hamsin, ese viento del sur que aquí vuelve locos a los hombres.
No hay desiertos aún, pero sí se adivinan estepas amplias y soledades.
Aquí, las palabras tienen el peso de la arena y se las lleva el viento si no se anclan a algo real.
Los bereberes cuentan historias en los fuegos nocturnos que me recuerdan tus cuentos y me devuelven a casa. Te envío una, anclada en esta tierra.
Cuentan los ancianos zenata que el viento del este y el viento del oeste se disputaban una duna dorada.
«Es mía, porque yo la moldeo», decía el este.
«Es mía, porque yo la enfrío», replicaba el oeste.
La duna, silenciosa, se dejaba llevar por ambos, cambiando de forma.
Hasta que, un día, una semilla de argán arrastrada por un pájaro cayó en su cresta.
La duna, entonces, se decidió. «Protegeré esta semilla», pensó, y se compactó contra el este y contra el oeste para dar a luz a un árbol que fuera sombra en el desierto.
La lealtad, Lubna, no debe nacer nunca de la sumisión al más fuerte, sino de la decisión de proteger lo que se elige proteger.
Siento que he cambiado desde que vine aquí.
Estos hombres a los que despreciaba desde la cómoda arrogancia de Córdoba son los mejores jinetes que he visto.
Su valor no es un discurso, es un hecho tan simple y brutal como el choque de dos lanzas.
Aprendo. Robo horas al sueño para que un veterano eslavo me enseñe a blandir una espada sin cortarme yo mismo.
Mis manos, que sólo conocían el peso de la pluma y el dirham, ahora se cubren de ampollas y tierra.
Duele. Duele todo. Pero es un dolor sacrificado, honesto.
Espero que Alá fortalezca las raíces del califa contra cualquier viento.
Y el pequeño brote que de él depende, el príncipe heredero, ¿crece recto y fuerte?
Quisiera que te aseguraras de que el jardín de palacio se cuida con una vigilancia extrema.
Ya sabes que llegó del norte y aún no se ha hecho al clima de Medina Azahara.
Espero que el háyib, siempre tan sabio, no descuide ni una mala hierba.
Desde este desierto, te envío el polvo de las estrellas.
A.
De Lubna, la escriba
Córdoba, yumada del 363 H. (febrero, 974 d. C.)
Para el viajero que aprende el lenguaje de la arena y el acero.
Tus palabras sobre la lealtad me hicieron llorar.
No de tristeza, sino por la belleza nítida de su verdad.
La biblioteca ha recibido un legado del emir de Sicilia: un códice de Arquímedes que desafía la gravedad con pura razón.
Lo estudio por las noches, y en sus márgenes veo las sombras de las dunas que describes.
El pequeño brote del jardín palaciego crece.
A veces, balbucea palabras que los tutores anotan con orgullo.
Otras, se queda quieto, mirando las abejas en los jazmines con una profundidad que desconcierta.
El príncipe al-Muguira lo visita a menudo.
Le lleva miniaturas de caballos y le habla de cetrería.
Es un bálsamo de normalidad en un mundo de protocolos.
Los vientos del norte han rozado nuestras costas.
Unas naves avistadas cerca de al-Yazirat.
No desembarcaron; sólo observaron, como quien mide la altura de un muro.
La noticia llegó al Consejo. El háyib le restó importancia.
«Al-Ándalus no se conquista con barcos de juguete», dijo.
Pero su rostro tenía la dureza de una cuerda de arco demasiado tiempo tensada.
Tu esfuerzo por transformar las ampollas en fuerza me conmueve. Recuerda que el arquero no sólo necesita un brazo firme, sino un ojo que calcule la distancia y el viento. Y tú siempre has tenido el ojo más certero de todos.
Que la sombra de tu tienda te sea fresca.
L.
De Abi Amir
Mahalla al-Fes, ramadán del 363 H. (mayo, 974 d. C.)
Para la geómetra del alma, Lubna.
El campo enseña la economía de la vida: agua, sombra, un fuego. ¡Qué gran lección, amiga mía! La inmensidad del cielo nocturno reduce todas las ambiciones humanas a su justa medida. Te envío otro cuento, encontrado junto a un pozo salobre para tu búsqueda incansable de historias:
Había un halcón herido que no podía volar para buscar el oasis.
Un escorpión se le acercó. «Llévame a la duna más alta», dijo, «y te mostraré un manantial oculto».
«¿Y cómo sé que no me picarás?», preguntó el halcón.
«Porque», le respondió el escorpión, «si te pico, ambos moriremos en la llanura, y yo nunca llegaré a ver la vista desde la duna».
La moraleja es que la necesidad mutua forja las alianzas más improbables.
He hecho de la intendencia un arte. He repartido dagas damascenas, rollos de seda y brocados de Almiriya entre los jeques zenata.
Me siento con ellos a conversar sobre hadices y adulo a sus esposas de rostros tatuados.
A cambio, ellos juran lealtad a Córdoba y me dan las posiciones de los campamentos fatimíes.
Galib, al principio desdeñoso, ahora me consulta sobre estos tratos.
Hasta él, siempre implacable, prefiere ahorrarse sangre si la información puede conseguirse de otro modo.
Siento que podría llegar a ganarme su respeto.
Una tarea ardua, pero que creo cada vez más necesaria.
El ramadán se hace más duro aquí. Los días son largos y las temperaturas altas.
Cabalgamos durante horas sin una gota de agua.
He sugerido a Galib que dispense a sus hombres del ayuno.
Necesitamos a los soldados en plena forma, y Alá sabrá entenderlo, pues nuestra lucha es por el auténtico califato.
Él se ha negado. Austeros por naturaleza, estos hombres abrazan el ayuno con alegría, en la esperanza de que nuestro sacrificio sea grato a los ojos de Dios.
¡Qué de lecciones, Lubna! He visto más fe en eslavos recién conversos que en algunos de los altos cargos de la corte a la que defienden con su sangre.
Preguntas por mi otra vida. Sé, por mercaderes que vienen desde el norte, que Abdalá da sus primeros pasos en el patio de Isbiliya, fuerte como un potro.
Su madre es una administradora prudente.
Los siento lejos, y no me refiero sólo al espacio.
Es un consuelo lejano y extraño, como ver tu reflejo en un espejo empañado.
Aquí soy otro. El riesgo es un vino espeso que embriaga más que el de Málaga, que he comenzado a beber.
Sé que Alá entenderá que lo hago para hermanarme con estos hombres, como estrategia y no como placer.
Planificar una emboscada, mover tropas y suministros como piezas en un tablero de shitranj...
He descubierto que mi mente sirve para esto tanto o más que para los presupuestos.
A veces, cuando cabalgo a la cabeza de un contingente, olvido que en un tiempo sólo cabalgué entre despachos y pasillos.
Espero que los vientos que hicieron vacilar al viejo roble fuesen sólo brisas pasajeras.
Háblame del hombre que vigila el jardín: ¿qué cambios debo esperar a mi regreso?
Desde la tierra del sol inclemente, anhelando la frescura de la noche.
A.
De Lubna, la escriba
Córdoba, shawwal, del 363 H. (julio, 974 d. C.)
Para el estratega que aprende a serlo.
Tu halcón y tu escorpión han generado un debate acalorado en la escuela.
Fátima sostiene que la fábula es una defensa del pragmatismo cínico.
Yo creo que habla de la trágica y hermosa interdependencia de todas las cosas.
Sin el halcón, el escorpión apenas podría avanzar.
Sin el escorpión, el halcón muere de sed.
¿No es acaso la base de cualquier alianza, de cualquier ciudad, de cualquier imperio?
El jardín palaciego está inquieto, empañado por las brumas del norte.
El roble ha sufrido otro... momento de languidez.
Breve, pero visible. Los médicos hablan de vapores, de desequilibrios de los humores.