La luz de Medina –V– #3
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–V– #3

¡Córdoba son los bereberes en las montañas, los eslavos en la guardia, los cristianos en los talleres y los judíos en el maristán!

¡Córdoba es la única tierra bajo el sol donde a un hombre como yo, un simple burócrata de origen árabe, se le permitiría aprender a pelear de la mano de los mejores guerreros del mundo!

Extrajo una moneda de su bolsa, una de las que llevaban su sello, y la alzó. Con la otra mano agarró por la hoja, en una muestra de fortaleza, la espada curva que uno de los soldados afilaba con aire distraído

–¡Ésta es la fórmula! –gritó, disimulando el dolor del filo de la espada en la palma de la mano–. ¡El oro de Córdoba y el acero de Tulaytula luchando en al-Magrib! ¡Y juntos forjaremos un escudo que ni los fatimíes ni los francos ni los hombres venidos del norte podrán romper jamás!

Su tono no era grandilocuente, sino íntimo y convencido.

Hablaba de oportunidad, no de gloria. De aprendizaje conjunto, pero no de dominio.

Algunos dejaron de sonreír con sorna. Otros lo escuchaban con curiosidad.

Ninguno, salvo quizá Galib, se dio cuenta de lo absolutamente medido de su discurso, para remansar el olor de la violencia y fomentar la camaradería.

–Bonitas palabras, concubina –saltó uno de ellos–. Pero aquí el valor no se mide en palabras, sino en los palmos de tierra que eres capaz de defender con tu vida. –Y escupió cerca de sus pies.

Abi Amir sintió la humillación antigua, la de sus primeros años de estudiante, la que excitaba a al-Mushafí, la que creía haber enterrado bajo capas de poder.

No estaba dispuesto a soportarla más. Se levantó, con estudiada lentitud, y se dirigió a ese hombre, que era dos veces él mismo, sin romper el contacto visual.

–¿Mi vida? –preguntó con una calma que sorprendió incluso a Galib.

Lanzó la moneda a los pies del gigante, mensaje de que correspondía a su desprecio con oro–.

Mi vida es esta moneda. ¿Y sabes a qué la he apostado?

A que un guerrero como tú, que desprecia a un funcionario como yo, es precisamente la pieza que falta para que el califato sea invencible.

Porque tú sabes luchar, pero yo sé por qué luchamos.

Y la mayoría de las veces el porqué es más importante que el cómo.

Se volvió hacia los demás con los brazos abiertos.

–Queremos convencer a los fatimíes de que nuestro califato es el verdadero.

Queremos convencer a las tribus zenatas de que se unan a luchar con nosotros.

Pero ¿quiénes somos nosotros? ¿Qué es lo nuestro?

He venido hasta al-Magrib a contároslo. A ellos, y a vosotros.

¡A deciros que, si caemos hoy, no lo haremos como árabes, bereberes o eslavos!

¡Caeremos como cordobeses! ¡Y el mundo recordará que aquí, en el fin de la tierra, un puñado de locos creyó que la hermandad podía ser más fuerte que la sangre!

Era un discurso visceral, sangrante. Habló del califato como una idea tan vasta que tenía sitio para todos ellos, los desheredados de la guerra, los mercenarios, los ambiciosos.

Y se incluyó a sí mismo, y aquellos hombres sintieron que las élites cordobesas no sólo pagaban sus salarios, también comprendían sus esfuerzos.

Cuando al fin calló, el silencio era absoluto, roto sólo por el gemido del viento.

Aunque permanecía inexpresivo, incluso Galib parecía impresionado.

Algunos hombres asintieron con la cabeza, otros se estrecharon en un abrazo, algunos otros aplaudieron, y los menos se levantaron para tocarlo como a un mesías.

Lo palmearon en los hombros y la espalda y murmuraron un gracias.

Algunos, incluso, tenían los ojos húmedos.

El ojo entrenado de Galib observó la sangre que goteaba lentamente en el suelo desde su puño cerrado.

–¿Qué pasa? –preguntó.

Abi Amir abrió la mano. Un tajo abierto le cercenaba la palma. Se aflojó el turbante con la mano izquierda para tratar de detener el fujo de la sangre.

–Me he cortado con la hoja –reconoció, avergonzado–. Como veis, soy mucho más ducho con las palabras que con las armas.

Galib estalló en carcajadas, y pronto lo siguieron todos los demás. El general tomó el pellejo de vino que pasaba de mano en mano y le volcó un chorro ácido y espeso en la palma abierta. Abi Amir se aguantó un improperio. Su rostro se contrajo.

–¡Bebe! –ordenó el anciano, golpeándolo en el pecho con el pellejo. Una salpicadura escarlata manchó sus vestiduras blancas.

–No, gracias... –consiguió articular–. Yo no bebo...

Galib alzó el odre por encima de la cabeza del joven, lo apretó fuertemente y dejó que su contenido le chorreara por la cara.

–¡Aquí sí! –gritó, divertido–. Aquí el vino quema las heridas por dentro y por fuera. ¡Aquí bebemos como cordobeses!

Un coro de risas acompañó sus palabras. Con ojos chispeantes, Galib le dio una palmada en la espalda que le hizo avanzar dos pasos y lo invitó a entrar en su tienda.

–Sé que me arrepentiré de decirte esto –advirtió–, pero me has impresionado. El manejo de la espada puede aprenderse, pero el valor se tiene o no. Y tú lo has demostrado. No daba medio dirham por ti. En realidad, pensaba que iban a hacerse una silla de montar con tu pellejo.

–Yo también –reconoció Abi Amir, muy serio. Pese a ello, en sus ojos brillaba una chispa de diversión.

El general rio entre dientes. Le gustaba aquel joven sincero y temerario. Lo sabía por experiencia propia: los hombres que se atrevían a enfrentarse a sus miedos eran capaces de alcanzar las cotas más altas de poder. Si no morían antes, claro.

–Ahora estos hombres no te verán como a un intruso, sino como a una idea. Y las ideas son mucho más difíciles de matar que los hombres. Jamás reconoceré esto ante nuestro común amigo el háyib, pero tengo la impresión de que te ha subestimado.